(Pablo 21) Todo saber y poder sin amor es nada. Tentaciones de Pablo (1 Cor 23, 1-3)

El blog de X. Pikaza
04 mar 2009 - 19:50

Ayer presenté la canción de amor en su conjunto (1 Cor 13). Hoy, y en los días que siguen, presentaré de una manera más precisa cada una de sus estrofas. La primera se puede titular “amor sin amor”: si tengo todo, pero me falta amor, no tengo nada; si puedo todo, pero sin amor, no puedo nada; si todo lo sé, pero sin saber amar no he sabido nada. Pocas veces se han dicho cosas más certeras sobre el riesgo de un amor que no es amor y que, al no serlo, es nada. Éstas son las palabras más hondas de la Biblia sobre el engaño de amor; son el pecado de los que creen (creemos) ser todo y no son (somos) nada porque no amamos. Estas palabras exponen el evangelio en estado puro, las tres tentaciones de Pablo.

Las tres tentaciones de Pablo

Estas palabras no parecen un texto autobiográfico de Pablo, algo que él ha inventado; su origen puede rastrearse en la literatura del entorno. Pero es evidente que reflejan la experiencia de Pablo y expresan sus tres tentaciones, comparables a las de Jesús en Mt 4 y Lc 4.

Las tentaciones de Jesús estuvieron vinculadas al pan/riqueza, al poder/dominio y al milagro/religión.

Las tentaciones de Pablo están vinculadas a las tres apariencias o falacias de un amor falso, es decir, de un triunfo de la vida sin amor.

1)Tentación del milagro religioso sin amor: hablar lenguas, tener éxtasis... sin amr

2)Tentación del milagro profético/escatológico: vaticinar y poder todo (mover montañas, conquistar imperios)... sin amor

3)Tentación del activismo ascético y del sacrificio: hacerlo todo, darlo todo en "santidad absoluta"... sin amor

Es evidente que entre las tentaciones de Jesús y las de Pablo hay una continuidad, hay relación... Unas y otras pueden ser y son "tentaciones de Iglesia", como sabía el sabio pintor de Salamanca y de otros lugares, cuando puso a un "fraile" tentando a Jesús. No le tienta el diablo en sí, le tienta un eclesiástico... Pero tanto Jesús como Pablo vieron sus orejas y sus patas, como en el cuento.

1: Tentación del éxtasis y la sabiduría

falacia griega)

Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles,

si no tengo amor,

sería como metal que resuena o címbalo que retiñe

La primera ideología o falsedad del amor es la vinculada a una perfección mística, que parece importante, pero que es sólo una palabra vacía, propia de aquellos que dicen conocer y hablar las lenguas de los hombres (en plano de mundo) y de los ángeles (en plano de perfección espiritual). Estos son los que todo lo hablan, dominando los lenguajes, con apariencia de verdad y superioridad, para sentirse a sí mismos perfectos, dejando en un segundo plano a los demás, pobres hombres de la baja tierra, que se sienten incapaces de comunicarse.

Estos 'hablantes de lenguas' son hombres y mujeres poderosos, en sentido psicológico o social. Pablo nos discute en ningún momento sus capacidades, pero nos diría que ellas pueden interpretarse con medios psicológicos, para-psicológicos (de penetración mental), e incluso demoníacos (de posesión diabólica).

Estos 'expertos en lenguas' escuchan y hablan de un modo distinto, llegando incluso a creerse lo que dicen (son 'creídos' en el sentido radical de la palabra). En nuestro tiempo se podría afirmar que controlan las redes informáticas, los grandes canales de la propaganda, como si fueran dueños de la palabra que debe escucharse. Y en algún sentido lo son: la voz de sus falsas campanas parece la única que suena en todo el mundo. Pero es palabra de pura propaganda, al servicio de sí mismos. En realidad están vacíos, no tienen nada que decir, son como puro metal que suena sin contenido humano verdadero, o con el contenido de la violencia dominadora (del bronce de campana hecho cañón para la guerra).

Este no es un peligro que Pablo condena en el mundo exterior del paganismo, aunque es evidente que existe a ese plano, sino que lo ha visto y condenado dentro de la misma iglesia, que debía ser institución de transparencia. Es claro que en la iglesia hay otros pecados, que Pablo ha puesto de relieve a lo largo de sus cartas, pero aquí ha destacado el de los buenos, es decir, de los mejores: de aquellos que dominan y dirigen la palabra, queriendo controlar la iglesia desde su oración más honda. Este es el peligro de la falsa mística, propia de aquellos que se creen haber recibido arriba, por visión, la esencia de las cosas, sin haber entrado en la dinámica del amor, que es encarnación de vida, entrega mutua, diálogo humilde de personas, en la línea de Jesús.

2: Tentación profética, gran poder

(falacia judía)

Y si tuviera profecía

y viera todos los misterios y toda la gnosis,

y si tuviera toda la fe, hasta para trasladar montañas,

si no tengo amor, nada soy.

(1 Cor 13, 2)

Posiblemente, esta segunda oposición trataba, en principio, sólo de la profecía, pues de ella y de las 'lenguas' en la iglesia se ocupa todo el capítulo siguiente (1Cor 14). Pero Pablo, o la fuente que él emplea, ha ensanchado el sentido del tema, construyendo desde aquí un espléndido retablo de 'virtudes' o poderes superiores que se pueden convertir en vicios y vacío (son nada, me hacen nada) si es que en ellas falta el amor. Los motivos son tres (como en otros casos) y están muy bien ensamblados, formando un tríptico armónico:

a. Si 'yo' tuviera profecía... En sentido externo, la profecía es algo que 'se tiene', como cualidad que adviene, sin identificarse con la propia persona. Por eso, acabará diciendo el texto, "el que tiene profecía y no ama no es persona", es una profecía ambulante, pura máscara sin interioridad.

Es evidente que los verdaderos profetas (como Jeremías o Juan Bautista, y el mismo Pablo, por no hablar de Jesús) habrían protestado, diciendo que no podían separar su entrega profética y su vida: para todos ellos, la profecía no era más que amor hecho persona. Pero Pablo sabe también que puede haber, y hay con frecuencia, una profecía separada de la vida, hecha negocio sin amor, como se ha dicho desde antiguo al hablar de los 'falsos profetas', condenados con gran fuerza por el evangelio (cf. Mt 7, 1; 24, 11 par) .

b. Y si 'yo' viera todos los misterios y toda la gnosis... La profecía, especialmente en los apocalípticos (como en los libros de Daniel o Henoc apócrifo) está llena de revelaciones, de tal forma que, en tiempos de Jesús, los profetas eran consideramos videntes que penetraban en los misterios (que expresan lo que ha de ser al fin de los tiempos) y en la gnosis (que es, en el fondo, el conocimiento del Dios escondido).

En el Nuevo Testamento el vidente por excelencia es Juan, autor del Apocalipsis, que ha visto y ha dicho los misterios y conocimientos más hondos, centrados en el Cordero Sacrificado. Pues bien, Pablo dice no sólo que ha visto a Jesús resucitado (cf. 1Cor 15, 3-7), sino que ha sido raptado al tercer cielo donde ha visto y escuchado palabras indecibles (2Cor 2, 1-11). Por eso puede hablar en primera persona, pues ha contemplado los misterios y la 'gnosis', es decir, la realidad más honda de lo cognoscible. Pero, al mismo tiempo, sabe que esa visión sin amor es 'nada' (como destacó Juan de la Cruz)

Pablo es absolutamente radical. Por un lado, admite la posibilidad de conocimientos arcanos (visiones, revelaciones). Por otro, afirma que sin amor son engaño, pura destrucción, de manera que convierten al vidente en nada (outhen eimi). El humilde amor es y hace ser al creyente; las visiones, en cambio, pueden convertirse en ideología y destruirle.

a'. Si 'yo' tuviera fe hasta para trasladar montañas... Pasamos de nuevo del ver (misterios, gnosis) al tener, aplicado ahora a la fe. Estrictamente hablando, este lenguaje no parece propio de Pablo, que no concibe la fe como algo que se tiene (posesión de la que uno puede estar orgulloso), sino como un modo de ser en Dios, en gratuidad y donación de vida. Pero aquí, lo mismo que en 1Cor 12, 9, Pablo habla de fe (pistis) como de un don especial, propio de algunos que pueden hacer cosas milagrosas, en el sentido de aquella fe que mueve montañas, de la que trató el mismo Jesús (Mt 17, 20 par). Pues bien, esa fe puede vaciarse de sí misma, siendo pura realidad externa sin amor, como sabe el mismo evangelio (cf. Mt 7, 22). Sólo se podría hablar del gesto externo de las montañas que cambian de sitio y de milagros diabólicos (de los que trata el relato de las tentaciones: Mt 4 par), sin amor. Pues bien, un milagro sin amor no sirve nada, sino que es destructivo.

Algo así está sucediendo en nuestro mundo. Los hombres tienen técnicas, poderes que no antes no podían ni siquiera imaginarse. La misma iglesia ha sabido crear medios, instituciones de diverso tipo, de manera que viene a presentarse como poderosa. Pues bien, todo eso es nada (outhen) y menos que nada, pues destruye al hecho que ha sido creado para el hombre y sin amor se niega a sí mismo.

3: Tentación del activismo mesiánico (

falacia cristiana)

Y si repartiera todos mis bienes

y entregara mi cuerpo para ser quemado,

si no tengo amor, nada sirve

De las lenguas (mística) y de la profecía (visiones poderosas) pasamos al nivel de la comunicación económico-personal. Muchos piensan que todo se arregla en el mundo con dinero, desde la guerra de Afganistán, hasta la delincuencia de Estados Unidos o el terrorismo de Euzkadi. Es claro que en parte tienen razón, como la misma Biblia sabe cuando pide que demos a los pobres aquello que tenemos, para que así puedan saciar sus necesidades (cf. Mc 10, 17-22; Mt 25, 31-46).

Pero el simple 'dar' material no es suficiente, como saben los textos anteriores: hay que dar como Jesús (cf. Mc 10, 17-22), iniciando un camino que lleva no sólo a la mesa común sino a la acogida de los extranjeros y a la liberación de los encarcelados (Mt 25, 31-45). En el fondo del relato de las tentaciones parece expresarse un Diablo 'panadero y político', es capaz de convertir las piedras en pan y de organizar el mundo según ley (sistema), pero en contra del amor, con el fin de tener a todos mejor sometidos (Mt 4; Lc 4).

En esa línea se sitúa este pasaje, que lleva hasta el límite el engaño del dinero, que destruye el amor, pues sólo se busca a sí mismo bajo apariencia de bien, y el engaño del martirio, cuando se convierte en modo de auto-elevación, forma de satisfacción egoísta a costa de los otros. Este es el lugar de la patología del amor, el lugar del engaño supremo de los que parecen emplear medios mejores y más desprendidos (costosos) para así imponerse por encima de los otros.

− Don y riesgo de patología económica:'si repartiera todos mis bienes...'. Pablo emplea aquí una palabra muy precisa (psômisô), que significa entregar las posesiones (ta hyparkhonta) para alimentar a los necesitados, quedando así sin nada, en pobreza absoluta. Se ha dicho que el hombre es 'lo que tiene' y que la vida ha de expresarse en forma de 'generosidad económica', superando las leyes de un sistema como el de este tiempo (neo-liberalismo), que tiende a la ganancia de sí mismo y de sus privilegiados, mientras una tercera parte de la humanidad está sufriendo en el límite del hambre y de la muerte. ¿No sería bueno que aquellos que tienen lo dieran todo para bien de los necesitados? ¡Evidentemente! Pero en el fondo de ese gesto puede esconderse una trampa: un deseo de dominio más alto, un egoísmo

Así lo ha descubierto la tradición de la Unción de Betania (Mc 14, 3-9 par), donde los apóstoles critican a la mujer porque ha derrochado un dinero que podía haberse dado a los pobres, mientras Jesús la defiende: "pobres los tendréis siempre entre vosotros, de manera que podréis hacerles siempre el bien...".

Hay cien maneras de dar a los pobres humillándoles, haciéndoles sufrir su propia carencia o inferioridad, para sentirnos así nosotros 'mejores' al darles. La caridad se convierte en una forma de dominio más sutil y más duro, que puede realizarse incluso desde dentro del mismo sistema, para mantener la propia superioridad moral o ideológica. Este peligro puede ser especialmente agudo en grupos como los de la iglesia, que se sienten 'bien' al dar y que dan 'para así asegurar su propia salvación'.

Pues bien, en contra de eso, Pablo sabe que el dar verdadero, en un nivel de humanidad mesiánica, sólo tiene sentido cuando es gratuito, sin más finalidad que el dar y compartir y dialogar, en igualdad y amor.

− Don de la vida y riesgo de patología martirial: "y si entregara mi cuerpo para ser quemado.". El libro de Job ha destacado ya la diferencia entre tener o perder unos bienes externos y dar la propia vida. Pues bien, Pablo ha querido destacar ese motivo, realizando uno de los análisis más poderosos del amor que nunca se hayan hecho. Se ha dicho desde antiguo que el martirio es la prueba suprema de fidelidad: 'nadie tiene más amor que el que da la propia vida por sus amigos' (Jn 15, 13) y aún más 'por sus enemigos' (cf. Rom 5, 10; 8, 32). Pero en el fondo de ese 'don de la vida' puede haber y hay a veces un engaño más alto, allí donde uno se sacrifica con el fin de mostrar su propia razón o su superioridad, no por el bien de los demás, en amor gozoso, abierto a todos. Esta patología martirial es más común de lo que se cree y así aparece en los penitentes que se buscan a sí mismos en su penitencia. Este es el sacrificio de aquellos familiares-funcionarios que viven de manera austerísima, pero luego pasan factura de aquello que han hecho y humillan a los receptores de sus beneficios...

Pablo nos ha dejado casi sin aliento, al buscar y descubrir así los riesgos de una vida eclesial sin amor, en esos tres campos privilegiados de la mística, la profecía y la acción social. Todo se puede corromper, pero la corrupción de lo mejor (que es el amor) viene a ser lo peor, como sabe la tradición antigua. Y así culmina la parte negativa del argumento de Pablo, que nos ha estado hablado del amor como si hablara de Dios (y de eso hablaba); por eso lo ha presentado de manera negativa, pues de Dios sabemos mejor lo que no es que lo que es. A partir de aquí hablará del amor en forma positiva.

Conclusión teórica.

Para el que tenga tiempo sobrante;

Es muy distinto hablar del amor en un frente de batalla o en la alcoba matrimonial, en la casa familiar o la fábrica, en la calle o en la iglesia. Los psicólogos suelen distinguir cinco tipos básicos: paterno-materno, filial, erótico-matrimonial, de amistad y fraterno, es decir, entre padres, hijos, amantes, amigos y hermanos. Podemos añadir, sin duda, otros matices: amor de camaradas, compañeros, aliados de estrategia o guerra etc. Por otra parte, desde un contexto de historia de la cultura y religiones, se pueden precisar aspectos como la compasión (budismo), la identidad cósmica (tao), la identificación mística (hinduismo), la misericordia (judaísmo e islam), entrega personal (cristianismo) etc.

Dentro del cristianismo podemos distinguir aspectos y motivos. Quizá los más importantes son el amor de carácter social, abierto de un modo exigente y creador a los enemigos (mensaje de Jesús en el Sermón de la Montaña: Lc 6; Mt 5-7), y el amor teológico (de Dios), que ha sido formulado básicamente por Pablo y Juan ("tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito": Jn 3, 16; Rom 8,32). Entre esos dos amores, situándose relativamente cerca de todo el mensaje de Juan (que destaca el amor mutuo, e interpreta la iglesia en forma de comunión de amigos), se encuentra este pasaje(1Cor 13). No podemos tratar quí, de un modo directo, del amor al enemigo (esencial en Lc 6, 27-36 par), ni de las afirmaciones sobre el amor de Dios, o el Dios-amor, más propias de Juan (1Jn 4, 8.16), ni tampoco explicaciones sobre el contexto o consecuencias sociales del amor, en plano económico o social, laboral o político.

Como hemos dicho ya, Pablo se ocupa del constitutivo esencial de la iglesia y, desde ese fondo, evoca las cualidades del amor. Así responde a los problemas que existen en Corinto (a las preguntas que le hacen), pero no limita a contestar, sino que eleva, sobre todos los problemas, una teoría y visión general del amor que cada generación de creyentes debe aplicar a sus circunstancias, en plano social y familia, eclesial y político. Como indica el esquema del texto que he traducido, la preocupación básica de Pablo está en relacionar el don de lenguas y la profecía (de ello tratará más en concreto 1Cor 14); a ello se añade el tema de la entrega de la vida.

Muchos cristianos han pensado que lo principal es la experiencia extática (hablar en lenguas); de esa forma se sienten superiores a los otros, que no logran hablar como ellos, en palabras que provienen del mundo de los ángeles. Otros, en cambio, valoran la profecía y la colocan en el centro de la vida de la iglesia, como expresión de plenitud y perfección definitiva. De esa forma, unos se enfrentan con los otros, corriendo el riesgo de convertir la iglesia en campo de disputa en torno a la perfección de unos y de otros. En este contexto, hay otros que piensan que sólo importa la entrega externa de los bienes y la vida. Estos también han convertido la vida cristiana en una especie de carrera por la perfección. Pues bien, Pablo descubre que todos ellos corren el riesgo de perder lo más importante, la experiencia del amor.

Pablo nos sitúa así ante las tres grandes falacias de un amor aparente, que toma en la iglesia formas de bien para engañar mejor a los creytens. De esa forma realiza un ejercicio fuerte de sospecha (nos enseña a descubrir lo malo que se esconde en aquello que parece bueno), para ir advirtiendo no, no, no (como hará después San Juan de la Cruz, de manera también impresionante en la Subida al Monte Carmelo: nada, nada, nada). Pablo no combate así el mal de los malos, aquello que se ve a primera vista como perverso, sino el mal de los buenos, el riesgo de apariencia ideológica de aquellos que aprovechan las 'formas exteriores" buenas para hacer mejor lo malo.

Las tres unidades están construidas de una forma retórica semejante.

Comienzan con una frase concesiva de carácter aparentemente muy positivo (si hablara lenguas, si tuviera profecía, si diera mis bienes...),

para afirmar después que, si falta el amor, todo eso nada. E

Este descubrimiento del mal que se enmascara en formas buenas, para así engañar a los ingenuos y a los pobres se llama hipocresía, y ha sido el pecado que Jesús más ha combatido, no solo al enfrentare con las formas de 'judaísmo de la apariencia', que parecía triunfar en el entorno, sino al condenar una iglesia del engaño, presente de aquellos que dicen ¡Señor, Señor! para hacer así lo malo, como ha destacado el evangelio de Mateo, precisamente al final del Sermón del amor (cf. Mt 7, 21-23). Pablo sabe que el mismo Diablo se ha metamorfoseado en Ángel de la luz para engañar a los incautos (2Cor 11, 14).

Pablo no le tiene miedo al pecado, pues quiere que la iglesia sea lugar donde se acoge (como hacía Cristo) a los pecadores y excluidos de la tierra, sino al engaño del amor, que se disfraza de obra buena, para destruir a los creyentes. Desde este fondo podemos volver ya a nuestro texto, para evocar más en concreto sus tres unidades principales.

Pablo las analiza de un modo muy preciso, acudiendo a la primera persona, de manera que todo su discurso aparece como encarnado en su propia vida: si 'yo' hablara, si 'yo' tuviera, si 'yo' diera... Este yo de Pablo es, evidentemente, un yo literario y eclesial, como aparece, por ejemplo en un famoso capítulo de Romanos: "yo vivía fuera de la ley...; yo no hago lo que quiero, sino aquello que no quiero..." (Rom 7, 9.20). Es como si Pablo no se atreviera a hablar de otros, sino de su propia experiencia y riesgo de cristiano. Por eso, cuando condena el riesgo de los demás, está hablando en el fondo para sí mismo, está realizando el más hondo examen de conciencia sobre su amor de apóstol, dentro de la iglesia.

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