28.11.23. Sobre la formación "clerical". El Papa al episcopado español: ¡firmes!

El Papa ha mandado a los obispos de España que vayan a Roma, para rendir cuentas y estudiar con él la planificación de los seminarios (formación de clérigos). Se trata de fijar  identidad y servicios (ministerios, misión y presencia) de la iglesia en un país que ha sido hasta ayer confesional y legalmente católico. Algunos afirman que el Papa quiere poner firmes a los obispos de España. De Francisco cualquier cosa

Los seminarios de España eran ejemplares para el conjunto de la Iglesia (así los de Vitoria y Pamplona, Toledo y Santiago, Sevilla, Valencia y Barcelona, por poner unos ejemplos) con grupos sacerdotales (claretianos, operarios…) especialmente dedicados a la formación de seminaristas.

Pero las cosas han debido cambiar con nuevos movimientos (Opus, “Kikos”, Legionarios etc.) que, según dicen, agradan menos al papa. Eso, con la “caída” del número de seminaristas y el tipo de formación que se imparte (al parecer) en ciertos seminarios, ha hecho que salten las alarmas en el Vaticano y que el Papa llame a “capítulo” a los obispos de España, una medida absolutamente excepcional. En ese contexto me atrevo presentar las reflexiones que siguen 

Imágenes de la visita de los obispos españoles al Papa

1. Principio apostólico.

El Credo  confiesa que la Iglesia  es una, santa, católica y apostólica: fundada en la fe y misión de aquellos transmitir (testimoniar) su fe, la vida cristiana. En sentido restringido llevan ese (apóstoles) los enviados y misioneros de la primera generación cristiana, donde se incluyen mujeres y parientes con los once (cf. Hech 1, 13-14) o los testigos a que alude Pablo en 1Cor 15, 3-9 (Pedro, los Doce, apóstoles, Santiago, muchedumbre de hermanos...). Los cristianos posteriores apóstoles (formamos la iglesia apostólica)  como herederos de aquellos primeros creyentes y enviados, que aceptaron el testimonio de Jesús, tanto en Galilea (profetas itinerantes) como en Jerusalén.  

 2. Todos apóstoles (enviados), y algunos con ministerios especiales (obispos, presbíteros…)

Originalmente, los Doce y los demás compañeros y amigos de Jesús fueron testigos del mensaje de Jesús. Pero el mismo despliegue del Espíritu (la marcha de la historia) cambió su modelo de iglesia de manera que   fueron muriendo y/o desaparecieron. Pues bien, de forma lógica y sorprendente, la tradición posterior les ha recordado como compañeros de Jesús, modelo de creyentes para todos los tiempos y grupos posteriores.   El simbolismo y tarea de los Doce y de los restantes discípulos, compañeros y amigos de Jesús   pervive en los enviados posteriores y  de un modo especial en los obispos, presbíteros y servidores de la iglesia posterior, hasta el día de hoy.

Jesús no creó una jerarquía espacial para siempre (no dejó las cosas bien atadas, sino abiertas, al impulso del Espíritu Santo). La misma falta de una institución jerárquica eterna hizo que la iglesia antigua expresara diversos ministerios mesiánicos, al servicio de la misión eclesial : apóstoles y profetas, carismáticos itinerantes y servidores comunitarios (diáconos), exorcistas y predicadores, taumaturgos y responsables de la acogida doméstica, ministros de las mesas y presidentes de comunidades, expertos en lenguajes extáticos e intérpretes de lenguas, creyentes y escribas etc. etc. Los diversos gestos y modelos de animación y carisma social han sido ensayados en la iglesia . Es claro que nadie había planificado esta abundancia, sino que ha brotado de un modo natural, como expresión de la vida de las comunidades. Pero Pablo y otros como él se han sentido obligados a organizarlos (no a controlarlos), para que sirvan mejor al bien  (=amor) de la comunidad (cf. 1Cor 12-14). Así debe suceder en nuestro tiempo. La institución oficial de la iglesia podrá "moderar" esos carismas y servicios, para bien del amor universal, pero no controlarlos de un modo uniformador y casi dictatorial, como suele hacerse ahora.

3. Año 2023, un camino abierto. A partir de lo que existe

El problema no lo hemos inventado nosotros. El tiempo nos ha puesto en una encrucijada y debemos tomar una decisión, pues dejar las cosas como están, manteniendo el sistema actual, parece la peor, al menos desde el punto de vista de occidente. No se trata de romper con violencia lo que existe. Tampoco Jesús derribó el templo, sino que lo hicieron celotas y romanos luchando por el control del sistema; pero aquel templo estaba ya vacío, muerto, antes que ardiera en las llamas de la guerra. Un tipo de religión oficial desaparece, pero hay nuevos caminos abiertos, con agua de evangelio. Lo había previsto de algún modo M. Weber, a principios del siglo XX, recordando la voz suave (pianissimo) de los grupos juveniles empeñados en recrear las iglesias. Hoy aquella voz se ha hecho más fuerte. Así quiero evocarla en esquema, recogiendo también temas anterior:

  Algunos sienten prisa: les gustaría que llegaran nuevos romanos imperiales (como el 70 EC) para destruir la sacralidad externa de la iglesia actual. Otros sostienen es tiempo apocalíptico: acaba la iglesia, termina el cristianismo, pero acaba también la vida sobre el mundo. En contra de eso, pienso que las cosas tienen un sentido y  que es mejor apoyarse en lo que existe, pues mucho de ello es bueno: fruto de un largo proceso de fe y sufrimiento, camino esperanzadamente abierto. Lo que a veces parece simple iglesia en ruinas (visión de Francisco de Asís) contiene elementos que deben aprovecharse y restaurarse, según el ejemplo de aquel que no quiso quebrar la caña cascada, ni apagar la mecha humeante (cf. Mt 12, 20). Aquí debe aplicarse la paciencia histórica, hecha de ternura ante lo que parecen ruinas.

 4. Camino católico, con Pedro (=Papa), garante de unidad de la Iglesia.

El obispo de Roma en cuanto tal no es necesario, pues no lo hubo hasta entrado el II dC (aquella iglesia estaba dirigida por presbíteros), pero de hecho ha realizado una función de pacto y unidad, sintiéndose vinculado a Pedro (y Pablo), cuya memoria y confesión  mantiene Roma. La mejor aportación de esa iglesia es que empiece siendo una entre otras, dejando que esas otras exploren y busquen su camino, en clave de evangelio. Eso significa que debe abandonar un tipo de funciones actuales de sistema, no con la tristeza de haber sido derrotada, sino por fidelidad al evangelio.

Así lo pone de relieve el mismo Francisco Papa, al iniciar el camino sinodal. Tiende a desaparecer un tipo de  Curia Vaticana, pero queda el Obispo de Roma, con una tarea básica de guiar y animar su comunidad, en diálogo con las restantes iglesias, tomando como referencia especial a Pedro, signo de unidad en el conjunto del Nuevo Testamento. Se abre así un modelo distinto de unidad en comunión, que no sea un simple retorno a la historia más antigua (con sus reuniones, sínodos, concilios y encuentros comunes), ni tampoco una continuidad de lo que ahora existe (dirección unificada de la administración de las iglesias), sino experiencia de comunión dialogal entre iglesias hermanas y autónomas, dentro de un mundo unificado, a otro nivel, por el sistema. En esta comunión aún no explorada deberá decir su palabra de recuerdo, de impulso en caridad y de concordia en la fe el obispo de Roma, como signo personal (histórico, presente) de comunicación entre las comunidades. Por eso me pronuncio a favor del Papa.

 5. Creatividad comunitaria, camino sinodal.

Ciertamente, la iglesia es lugar donde nacemos a la fe y aprendemos a vivir; pero sobre todo es casa donde compartimos el pan y dialogamos, como hermanos-hermanas y madres (cf. Mc 3, 31-25), en madurez humana y búsqueda comunitaria. Este ha sido y será un camino difícil. Ciertamente, ella  ha dejado resquicios de autonomía creadora, que han explorado genialmente los grandes místicos como Juan de la Cruz, que muchas veces han debido exilarse interiormente para expresar sus experiencias; pero en general ella es una institución obsesionada por la seguridad y control de sus fieles. La iglesia es casa de todos. Ha sido y es una  institución venerable, que acoge a muchos pobres y ofrece espacio de amor para millones de personas, pero tiene miedo de la creatividad comunitaria y del diálogo leal entre los fieles. Por eso debemos cambiarla, por amor al evangelio.

El evangelio es un camino de comunión, que nadie puede recorrer por otros; así nadie puede darnos soluciones hechas, sino que debemos buscarlas, amarlas, conversarlas, en comunión y  conservando por lo menos el derecho a equivocarnos. Allí donde la jerarquía sabe, dice y decide, mientras los demás callan y obedecen (sin tener ni siquiera el derecho a equivocarse), está en riesgo la misma verdad de la iglesia. No se trata de dejar a los creyentes solos, cada uno ante su Biblia, como han hecho algunos grupos protestantes, sino de potenciar comunidades, capaces de explorar y tantear, de crear y ofrecer caminos de evangelio (en libertad y comunión), en este tiempo nuevo en que la mayoría parecemos  amenazados por un sistema de poder exterior que nos domina

6. Hogar contemplativo, libertad creadora.

Muchos que somos ya mayores (entre los 60 y 90 años) hemos recorrido un camino de compromiso que ha venido marcado por diversos acontecimientos: Vaticano II, reforma litúrgica, adaptación pastoral un tipo de teología de la liberación etc.  Lo que entonces sentimos y dijimos continúa siendo válido. Pero ahora, pasados los años, con la nostalgia de un fracaso (los problemas siguen, el sistema resulta imparable) y, sobre todo, con más honda experiencia de Jesús, queremos destacar el aspecto contemplativo de la iglesia, que es hogar de misterio, casa donde se comparte el pan de la plena humanidad, especialmente la palabra que brota de la boca de Dios (cf. Mt 4, 4), en un camino donde destacamos tres palabras.

Queremos que la contemplación sea expresión de la más honda autonomía,  sin imposición de varones sobre mujeres (o viceversa), sin dictados impuestos desde fuera. Queremos que la contemplación sea un aspecto central de la vida cristiana, de manera que haya lugares y momentos donde creyentes puedan reunirse para compartir la experiencia de fe, en silencio o cantando, de un modo temporal o para siempre, ofreciendo al conjunto de la iglesia el testimonio de la experiencia fundante de Cristo. En esa línea, la iglesia futura debe ser un espacio y camino de amor contemplativo, si no quieren que el sistema le destruya. Pues bien, le contemplación cristiana ha de encarnarse y ofrecer su testimonio en los lugares donde el ser humano está más estropeado, es decir entre los excluidos del sistema, en gesto de plena gratuidad

 7.Sembrar evangelio, porque viene (=para que venga)  el Reino

El Reino viene y nosotros los adelantamos… Pero no viene sólo porque nosotros lo adelantamos, sino porque rogamos y pedimos “ven señor Jesús”, haciendo que venga en nuestra vida.

Unos suponen que el ciclo cristiano termina: esto se acaba, resistimos un tiempo, mantenemos algunas estructuras, luego Dios dirá; somos los últimos de una larga historia, de mil años de tradición cristiana occidental, cuando acabe todo cerramos la casa y nos vamos.

Otros tienen miedo y defienden el sistema: se creen llamados a mantener el orden y guardas las estructuras, en plano de dogma y disciplina, como si Cristo les necesitara para mantener la iglesia; normalmente se fijan en cosas secundarias (hábitos y rezos exteriores, estructuras caducas).

Pues bien, en contra de unos y otros, pienso que este es un tiempo de bellísimo para sembrar  evangelio. No se trata de hacer y programar, en línea de sistema, como si todo dependiera de nosotros, sino de dejar que la Palabra de reino penetre de nuevo en nuestra tierra (Mc 4). Esto es lo que importa: no tener miedo y explorar formas de vida cristiana, desde el evangelio, en comunión cordial con el conjunto de la iglesia, pero sin estar esperando las directrices directas de una jerarquía, que normalmente llega tarde. Se trata de ser iglesia, de acoger la voz del evangelio y de crear vida cristiana, con autonomía, en la línea de todo lo que he venido diciendo en este libro. 

8. Servicio voluntario, primacía del carisma

Debemos pasar con toda urgencia del ministerio-honor, entendido en clave ontológica, sacral y jerárquica (como valioso en sí, con independencia de la comunidad), al ministerio-servicio,  integrado en una comunidad, de la que depende y a la que sirve, en gesto de animación (ministros que surgen de la comunidad y en ella permanecen) o creación (ministros-misionerosque crean comunidades nuevas).

A partir de una visión más pagana que cristiana, la iglesia ha desarrollado una visión ontológica y jerárquica del ministerio-honor (válido en sí mismo, independiente de la comunidad) y lo ha vinculado a la primera burocracia de occidente, creando así uno de los mejores sistemas de organización sacral del mundo(con mística de fondo cristiana y orden social romano). Pero el tiempo de esa burocracia y ese orden ha pasado, no sólo por razón externa (ha triunfado y se ha impuesto en el mundo otro tipo de sistema estatal/económico, con su burocracia total), sino también y sobre todo por una causa interna: la visión ontológica de los ministerios (como algo absoluto, vinculado a la persona en sí) ha pasado, de manera que las mismas comunidades han de ser espacio y camino de surgimiento de los ministerios. Estas son sus dos tareas principales: 

 9Ordenar el carisma: Ministerios de amor mutuo, crear/cuidar comunidades.

 Los ministerios cristianos surgen del amor comunitario (de la vida eclesial, expresada en la vida de cada uno) y tienen finalidad la finalidad de cuidar/animar ese amor comunitario. No tienen una finalidad puramente finalidad administrativa, ni de poder social. No valen por sí mismos, como si tuvieran un poder u honor distinto al de otros fieles; valen en la medida en que son signo de animación y trasparencia comunitaria, promoviendo (suscita, celebrando) el amor en la iglesia.

Tan pronto como un ministro eclesial  eleva y destaca por  sí mismo, como persona  superior y no aparece como signo de envío y amor comunitario pierde sentido cristiano.

Este es su grandeza: un ministro eclesial sólo tiene autoridad en la medida en que su autoridad individual desaparece, apareciendo como mediador del "nosotros" de la comunidad, es decir, el amor mutuo de todos los creyentes, en Cristo. Por eso es normal que pertenezca a la comunidad, siendo elegido por ella, por un tiempo o para siempre. Es secundario que sea mujer o varón, soltero o casado: lo que importa es que sea persona de transparencia y animación eclesial. Quizá no es bueno que sepa hacer todo, pues podría impedir el despliegue de aquellos carismas eclesiales, de que hablaba 1Cor 12-14; pero debe ser persona de amor y concordia.  

/10. Animar la oración, principio evangélico.

El ministro (mujer o varón) ha de ser al mismo tiempo un animador de fe y experiencia contemplativa, al servicio de la comunidad. No es la comunidad para el ministro, como a veces a pasado, sino el ministro para la comunidad. Puede llegar un caso en que no sea el ministros para la comunidad, sino la comunidad para el ministro. Algunos tienen la impresión de que la iglesia la forman una serie de jerarcas (obispos, presbíteros) a los que se debe "colocar" (encontrar un lugar donde ejerzan), pues no se les puede "quitar" su ministerio.

En contra de eso,  l ministro cristiano ha de ser un hombre de fe y experiencia de evangelio; pero, al mismo tiempo, siendo elegido por la comunidad y hablando desde su propia experiencia creyente, ha de presentarse como portavoz de una llamada y una gracia que le desborda, tanto a él como al conjunto de la comunidad.

Ha de ser hombre o mujer de oración,alguien que ofrece su ejemplo de oración, acompañando a los demás en la plegaria.

Ha de ser hombre o mujer de comunidad, Debe estar al servicio de ella,  pero sin imponerse sobre ella, sin tener su ministerio como un "orden" valioso en sí mismo, sino como un servicio que se emplea mientras sea necesario o conveniente, y que luego cesa.

Estos dos rasgos (amor mutuo y oración) resultan inseparables y no se aprenden o adquieren con estudio en los actuales seminarios, sino en la escuela de Jesús y en la vida concreta de las comunidades cristianas, en contacto con los excluidos del sistema. Hasta ahora, el ministerio ha parecido una carrera y profesión, un modo de vida, lleno de honor, vinculado a un reconocimiento social externo (de carácter sacral pagano más que evangélico) y a una estabilidad económica. Pues bien, ha llegado el momento de abandonar esa visión del ministerio-oficioy su vinculación con una forma de estabilidad social.

Conclusión.  Pienso que en esta línea irán algunas recomendaciones del Papa a los obispos de España, pues los seminarios nuevos, tipo Opus Dei o Mater Ecclesiae resultan insuficientes y a veces contraproducentes, como ha dicho en otras ocasiones el Papa

(seguirá tras la reunión de los obispos con el Papa)

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