2021 una apuesta por la paz y nuevo nacimiento Para 2021: Perdonar, nacer de nuevo (con H. Arendt)

En la línea de postales anteriores, ofrezco este programa de Navidad y Año Nuevo 2021, con Hanna Arendt (1906-1975),la más aguda analista política y socióloga del siglo XX, experta en violencias y totalitarismos, abierta a un futuro de natalidad y perdón universal desde el judaísmo.

Natalidad. El hombre es Navidad, no está condenado a repetir eternamente el ritmo de la naturaleza (como el año solar), sino que puede y debe renacer desde sí mismo, como indica el signo de Jesús-Navidad.

Perdón: No está condenado a llevar para siempre la culpa a sus espaldas, en un eterno retorno de odio y venganza, sino que puede y debe romper su pasado de lucha y violencia, a través del perdón.

Sólo así podemos superar el destino de un tipo de nazismo y de capitalismo,que nos siguen dominando el siglo XXI y que no sólo llevan a la muerte, sino que son en sí la muerte.

      H. Arendt,  que era judía de “raza” y amante joven de M. Heidegger (cristiano des-castado y mal-paganizado), sigue ofreciendo a mi juicio la mejor pre-teología de la Navidad, como he desarrollado en La Palabra se hizo carne   y en Cristianismo y construcción de la paz

Rosh Hashaná: el año nuevo judío se celebra en medio de la pandemia : : El  Litoral - Noticias - Santa Fe - Argentina - ellitoral.com : :

Empezar con el Perdón.

El pensamiento de H. Arendt ha crecido desde el fondo del nazismo (con M. Heidegger, heraldo de la violencia infinita de los poderosos), para descubrir desde su raíz judía la esencia de la Navidad cristiana, que es el perdón. Ella dice así que el primer requisito para alcanzar la paz, en las condiciones de una humanidad violenta, entre fascismo y capitalismo, dividida por la imposición de unos, la revancha de otros y la angustia de todos ante la muerte, es el perdón,  el único poder que rompe el círculo del eterno retorno de la muerte.

El descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso y lo articulara en un lenguaje religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular (La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, 258).

 El perdón rompe la “lógica” de la venganza (del talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente); de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y permite que su vida trascienda el nivel de la ley, donde nada se crea ni destruye, sino que sólo se transforma. Sólo el perdón nos sitúa en un nivel de gratuidad creadora.  El perdón es gracia (novedad creadora) y  de esa forma supera el pasado y abre un comienzo de vida allí donde la vida se cerraba en sus contradicciones y luchas de poder[1].

Hannah Arendt, la filósofa judía que encubrió el nazismo de Heidegger por  amor

H. Aredt con M. Heidegger

El perdón, un nuevo nacimiento   

            Sólo el perdón capacita a los hombres para superar la fatalidad de aquello que vuelve siempre de forma necesaria (como puro destino), haciéndoles responsables y creadores de un futuro que, por un lado, les desborda (es don de Dios) y que, por otro, ellos mismos puedan realizar de una manera humana, renunciando a la imposición y a la arbitrariedad.

Nietzsche entendió la capacidad de prometer como el carácter específico de un hombre, que (en contra del animal, prendido a un antes y después que no son suyos), puede asumir de manera personal su futuro, dándole un sentido; pero él no supo sacar las consecuencias, y siguió condenando al hombre al eterno retorno de una voluntad de poder que desemboca en la muerte de todos.

En contra de eso, H. Arendt ha mostrado que, más que voluntad de poder y eterno retorno de lo mismo, el hombre es persona porque puede prometer y nacer de esas forma de nuevo, trazando  un futuro de vida, que puede y debe ser presencia de paz[2].

  Los hombres pueden liberarse de la esclavitud del pasado (perdón), abriendo un camino de futuro distinto  (promesa, pacto) porque son creados y nacen: no están hechos desde siempre o fabricados (como cosas), definidos de antemano. Ellos se definan, más bien, a sí mismos como seres natales, que no están fijados de antemano, sino que pueden trazar su trayectoria y ser distintos, lo que ellos mismos quieran:

LA CONDICION HUMANA (Estado y Sociedad) (Spanish Edition): Arendt, Hannah:  9788475098555: Amazon.com: Books

 Sin la articulación de la natalidad estaríamos condenados a girar para siempre en el repetido ciclo del llegar a ser, sin la facultad para deshacer lo que hemos hechos y controlar parcialmente los procesos que hemos desencadenado[3](La condición humana 262-264.)

            Nacer significa ser creado y vivir por encima de una ley de eterno retorno de la ira y la venganza, que nos ata a lo que ha sido y debe ser, definiéndonos desde fuera, en un todo que nos determina. Todo nacimiento se define como creación: Es el surgimiento de un ser autónomo, que puede asumir su propia realidad (su destino) y realizarse de esa forma, de manera distinta, autónoma.  Por eso, cada nacimiento es una promesa de vida

  1. Arendt ha conducido así las tradiciones de Israel hasta el lugar donde ellas pueden volverse más fecundas, de un modo mesiánico, vinculadas de manera intensa con la raíz del cristianismo (es decir, con el nacimiento de Dios en la vida de los hombres). Ella piensa que el futuro de la paz, es decir, de vida humana (porque una nueva guerra mundial puede llevarnos a la destrucción de todos), sólo es posible en coordenadas de gracia, esto es, allí donde los hombres superan el nivel de la pura ley y de la guerra del sistema, abriéndose al milagro de una vida que es don de Dios y que puede ser distinta de aquello que ha sido en las eras pasadas y en el nazismo y capitalismo actual.

La paz es posible si brota, según eso, del milagro del perdón y de la palabra de promesa de los hombres, que sitúan su vida en un nivel donde los gestos primordiales son la fe y la esperanza. 

Hannah Arendt sigue pensando | Babelia | EL PAÍS

  • En un plano de sistema económico-social hay un tipo de violencia necesaria para mantener el orden del conjunto. Pero en sí misma ella resulta insuficiente y al final destructora, porque cierra a los hombres en aquello que siempre es lo mismo, en la batalla incesantemente repetida por los poderes de la vida, dentro de un todo de violencia. Esto significa que los hombres no viven sólo de lucha por el poder (nazismo) o por el dinero (capitalismo) ni pueden resolver recrear su vida en ese plano, que en si mismo (sin nuevo nacimiento de perdón) nos lleva a la muerte. 
  • Más allá de la imposición del poder (nazismo antiguo o nuevo) y del capital ha de abrirse por la “navidad” (nuevo nacimiento) espacio de comunicación superior, vinculada al perdón, a la palabra de promesa, a la natalidad. Éste es el sentido de la nueva humanidad, que los judíos antiguos buscaron y que los cristianos siguen formulando en su signo de la Navidad (nacer de nuevo en amor originario, al servicio del amor abierto a todos). 

Por eso, para que sea posible la vida de los hombres como tales, para que exista un futuro para ellos, tenemos que pasar del plano del puro poder (simbolizado en el nazismo de fondo en que seguimos viviendo, en un tipo de falsa derecha o izquierda)  y del tener de la idolatría del Dios capital. Sólo en ese contexto (de fe y esperanza personal), es posible el despliegue del perdón, que capacita a los hombres para regalarse gratuitamente la vida, superando el orden del destino,  abriéndose a la promesa de una vida que puede y debe ser diferente, como evoca el mesianismo judío (Isaías) y como confiesa el símbolo cristiano (Nacimiento de Dios en los hombres).

Un fragmento de “Sobre la violencia”, un texto de Hannah Arendt – América  2.1

Nacimiento de Dios: La paz del hombre, sobre el puro poder y el capital

   Los viejos y nuevos imperios del año 2020 (un nazismo omnipresente y un capitalismo opresor) están encerrando al hombre en la “caja de hierro” en sus pretendidas conquistas sociales y económicas, que acaban destruyendo su existencia. En contra de esos imperios, la esperanza mesiánica (vinculada al Jesús que es Dios naciendo al descampado)   nos abre a la paz de la vida compartida (del don de la vida) se expresa y despliega en un nivel más alto de vida compartida en amor, de nuevo nacimiento  perdón.

Esa paz mesiánica no puede establecerse ni asentarse sobre bases de imposición, sobre un tipo de racionalismo ontológico, como el que ha venido dominando en Occidente sobre claves de poder político y económico. La paz mesiánica de la Navidad   sólo es posible allí donde los hombres, superando la racionalidad instrumental del sistema, con la pura ley de acción y reacción, dejan que su vida se ilumine y se vuelva creadora en claves de perdón y de promesa, es decir, de fe y de esperanza.

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 Esta fe y esperanza en el mundo encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: «Os ha nacido hoy un Salvador»[4].

 Esta nacimiento mesiánico del Salvador, como expresión de paz suprema, puede interpretarse como cumplimiento de una esperanza, pero desborda el nivel de los cálculos legales, todas las estructuras del sistema.  Desde este fondo, asumiendo los elementos básicos del judaísmo, podemos precisar ya algunos momentos o rasgos esenciales de la paz, que  después reformularemos desde una perspectiva cristiana:

Paz es don de Dios, regalo de trascendencia... No es un producto del Todo del nazismo o de capialismo, ni se identifica con el orden del Sistema, porque en ese caso ella seguiría vinculada a las leyes del talión, donde cada parte ha de ponerse al servicio del conjunto, sin que nadie tenga autonomía. Pues bien, en contra de eso, debemos afirmar que el Infinito (=Dios en Jesús) no es un simple Todo a cuyo servicio han de ponerse los hombres y mujeres, como si fueran subordinados suyos. Al contrario, Dios desborda todos los esquemas de totalidad, todos los modelos, imágenes y formas de la historia (como sabe el mandamiento originario: “No te harás imágenes, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra...” (Éx 20, 3-4) .

Por eso decimos que la paz  sólo se entiende como expresión de la presencia Infinita de Dios, en forma de gracia, don que se ofrece, el mismo Dios que se nos regala y vive en nosotros, como principio creador, siendo infinito en nuestra propia vida. Esa Paz radical y final nos desborda, de manera que en el fondo tenemos que identificarla con la misma presencia de Dios en nuestra vida. La paz es un regalo de trascendencia, el descubrimiento de que nuestra vida es que aquello que vivimos. Por eso, siempre que queremos imponerla o la manipulamos, ella deja de ser paz y se convierte en orden de un sistema.

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Dentro de la historia, la paz sólo puede entenderse y realizarse a partir de los pueblos y grupos marginados...Ella no se funda en el poder que algunos tienen para imponerse, en la defensa de los intereses del sistema. Por eso, allí donde los gobernantes representan los estratos ricos de la población, la paz verdadera resulta imposible, pues el mismo orden social del Estado (que debería representar a todos los ciudadanos) queda sometido a los intereses de algunos (o del capital).

La auténtica paz sólo es posible allí donde las necesidades de los más pobres (no sus valores o posibles virtudes personales) vienen a situarse en el centro de la vida de todos, en gratuidad, no a través de alguna forma de imposición. Por eso, una paz que se consigue con armas no es paz, sino dictadura de los triunfadores; un orden que se logra sometiendo a los posibles disidentes no es propio de Dios, sino estructura o reflejo del sistema. Eso significa que la paz no se impone ni negocia, sino que se crea, precisamente allí donde los hombres renuncian a imponerla; por eso, ella emerge desde la pobreza esencial que define al ser humano. Lógicamente, ella es siempre una sorpresa, como un don que se nos da, regalo eterno de cada día.

La paz está vinculada a la pacificación de amor, es decir, a un tipo de erotismo convertido en gozo de la gracia, un erotismo entendida en sentido extenso como encuentro gratuito y gozoso con los otros, como gesto creador de vida. Por eso, en el principio de las relaciones humanas, junto a la llamada del pobre, no encontramos el enfrentamiento del amo con el siervo, del dueño con el esclavo, del rico con el pobre, sino la experiencia suprema de una gratuidad compartida en la que el Otro (el Amado) me hace ser. De esa forma, un pobre especial (aquel que no puede ni quiere imponerme cosa alguna) viene a elevarse ante mí como Amado. Por eso busco en él algo de aquello que me falta, pero no en la línea de necesidad (porque le obligo), sino de la donación gratuita, siempre inesperada y gozosa (dejando que él me ofrezca, si quiere, su existencia). Si en un momento dado, uno de los amantes quiere imponer su paz sobre otro, para asegurarse de ella (o del otro) pierde la paz y se pierde a sí mismo, destruyendo el amor.

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Por eso decimos que la paz surge allí donde un hombre o mujer se deja encontrar por otro, de manera que ambos se descubren a sí mismos (cada uno en el otro) y de esa forma brota entre ellos el amor... Esta es la línea de paz que ha sido evocada por el Cantar de los Cantares y que Rosenzweig, filósofo judío, ha destacado en el centro de su propuesta social y religiosa[5]. La pacificación personal más honda surge del encuentro gratuito entre personas y se identifica con el amor: la única paz es la experiencia de comunión y surge allí donde unos hombres y mujeres se encuentran a sí mismos en los otros, afectivamente gozosos, en la confianza mutua, pero sin imposiciones de uno sobre otro. 

La paz sólo es posible como natalidad, es decir, como despliegue generador de vida, allí donde la existencia se renueva y son creados nuevos seres, capaces de empezar una historia distinta. La paz se expresa allí donde uno regala su vida a otro, siendo distinto y haciéndole distinto, sin trazarle de antemano condiciones o exigencias. En ese sentido, la paz se identifica con la creatividad y la libertad: hacer que otro sea es darle paz, su propia paz, abrirle un camino para que él mismo lo trace y lo recorra.

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Cada hijo es portador de la paz de Dios, como el judaísmo ha proclamado en sus testimonios básicos, es decir, en las profecías que en Nuevo Testamento  ha entendido  de forma mesiánica, como expresiones del supremo don de Dios (cf. Is 7).  Las guerras, que buscan e imponen un tipo de paz no son nunca pacificadoras, pues dejan que los hombres sigan  sometidos a la dialéctica de lucha, de acción y reacción o de imposición de los más fuertes. La paz nunca se conquista, ella se crea.

 Por eso, en  contra de la lógica de la guerra, la paz sólo es posible allí donde unos hombres renuncian a imponer su ley a otros por la fuerza, reglándoles, más bien, un camino de vida en libertad, dejando que ellos sean y decidan por sí mismos y dejando que Dios mismo se revele a través de sus decisiones. En ese sentido, cada niño que nace por regalo de gracia es una promesa abierta de paz sobre el mundo. En ese aspecto añadimos: trasmitir la vida significa transmitir la esperanza de la paz.

La paz está vinculada a la mortalidad, entendida como entrega de la vida, es decir, como gesto donde culmina y se cumple el nacimiento. Como hemos venido señalando con el signo del chivo expiatorio, hay una muerte violenta, que no crea paz verdadera, sino que ratifica la imposición de unos sobre otros; esa paz del chivo se consigue matando a los demás e imponiendo sobre el mundo un orden de violencia. Pues bien, en contra de eso, los que prefieren morir ante que matar, los que regalan de un modo gratuito su vida a los demás, para que sea, pueden mostrarse como creadores de paz.

Habilidades para la paz: el perdón y la reconciliación

Desde ese fondo, lógicamente, a los muertos se les desea que descansen en la paz, es decir, que Dios les acoja en su memoria de Vida y que vivan  en el recuerdo fecundo de los vivos y en el futuro generoso de aquellos que han de nacer.  Sin una esperanza de superación de la muerte, es decir, de la presencia y triunfo de la vida por encima de la espiral de destrucción, no puede existir paz alguna. Sin algún tipo de anhelo de supervivencia no pude existir orden y equilibrio, libertad y esperanza para los hombres.

            Estos cinco momentos, centrados en el enamoramiento y vinculados en dos parejas de contrarios (trascendencia y pequeñez, natalidad y muerte), nos ayudan a entender la experiencia y tarea de la paz según el judaísmo que desemboca en la Navidad Cristiana. Este es el tema y fondo de un pensamiento que puede derivarse de los principio antropológicos y sociales de de H. Arendt, al como los he desarrollado en mi Teología de la Biblia

La Palabra se hizo Carne. Teología de la Biblia

Ese pensamiento nos sitúa en el centro de una de las experiencias de pacificación más honda de la historia humana, que pervive, con rasgos distintos, en el Islam y el Cristianismo. Por eso, la paz cristiana de la que hablamos a continuación no es contraria a la paz del judaísmo, sino una forma que ella tiene de concretarse y expresarse, desde la experiencia mesiánica de Jesús, a quien vemos como el hijo de Israel. Por eso, desde la misma raíz de la experiencia judía, hemos querido pasar al evangelio cristiano de la Navidad. Después, ya en el capítulo siguiente, podremos evocar, desarrollar y ampliar estos cinco momentos de la paz ya señalados.

 NOTAS

[1] Cf. La condición humana, Paidos, Barcelona 1993,  255-262. Arendt contrapone el perdón al castigo (que actúa según ley), añadiendo que los hombres sólo pueden perdonar aquello que son capaces de castigar. La ley tiene un valor, pero el perdón lo sobrepasa. Hay, sin embargo, un “mal radical” que los hombres no pueden castigar ni perdonar, pues se sitúa más allá de sus potencialidades. “Aquí, donde el propio acto nos desposee de todo poder, lo único que cabe es repetir con Jesús «Mejor le fuera que le atasen al cuello una rueda de molino y le arrojasen al mar»” (Ibid 260). La cita está tomada de Mc 9, 42 par. En esa línea se sitúan las reflexiones de otro pensador judío muy significativo: V. Jankélévitch, El Perdón, Seix Barral, Barcelona 1999.

[2] Eso significa que la paz no es algo previo, dado ya, sino que puede y debe entenderse como un don, vinculado a la promesa. En esta línea viene avanzando, de un moco consecuente, el pensamiento de J. Moltmann, a partir de su Teología de la esperanza, Sígueme, Salamanca 2002 (original de 1964).

[3] Ibid 265. La mayor parte de la filosofía y sociología moderna supone que los hombres están hechos, como realidades que en el fondo pudieran intercambiarse. En contra de eso, H. Arendt, lo mismo que H. Jonas, otro testigo y promotor judío de la paz (cf. El principio de la responsabilidad, Herder, Barcelona 1995) ha fundado la paz futura sobre la fragilidad y grandeza del hombre, como ser que nace del cuidado de los otros, para iniciar una existencia cualitativamente nueva.

(4) H. Arendt, La condición humana, Paidos, Barcelona 1993, 266. Las palabras del evangelio (Lc 2, 11) recogen la proclamación mesiánica de Israel, sobre todo la que aparece vinculada al Libro del Emmanuel (Is 7-11) y al Segundo Isaías (Is 40-55).

[5] Cf.  La Estrella de la Redención, Sígueme, Salamanca  1997, 253-263.

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