¿Políticamente correcta? (con Pedro Zabala?
Ayer presenté un comentario dominical de Lc 9, 57-62, donde mostraba que la Iglesia (la comunidad de Jesús) no parece que haya de ser políticamente correcta, al menos en el sentido que ha dado esa palabra P. Zabala, en un trabajo que me ha enviado hace algún tiempo y que ahora quiero publicar en mi blog (está ya publicado en un periódico de La Rioja), tras unas breves reflexiones.
Estamos en un momento en que muchos piensan que es preciso fijar bien lo que es y lo que no es “políticamente” correcto (¿periodísticamente correcto? ¿eclesialmente correcto?), como entre otros casos muestran multitud de signos de estos días: la irrupción de la policía belga en los archivos del arzobispado de Malinas, el caso Munilla-Arregi, la elección de las mil firmas de adhesión a la venida del Papa a España etc. etc.
Pero estoy convencido de que el evangelio no es lo políticamente correcto, ni lo periodísticamente correcto... El Evangelio es una Desmesura de Vida, como Dios es Desmesurado, pero no por irracionalidad o locura destructora, sino por Amor Creador. Entre los textos básicos de esa Desmesura de Dios están los que vimos ayer del evangelio de Lucas, que hoy quiero volver a presentar, con una preguntas inquietantes... para ofrecer luego el trabajo de Zabala.
1) ¿Podríamos hablar de una iglesia zorra? ¿No estamos corriendo el riesgo de crear una cristiandad-guarida? Jesús hablaba de madriguera de zorras y de nido de pájaros… Pues bien, tengo la impresiones de que algunos buscan simplemente un nido amable, iglesia-nido (los mejores, los más niños…) y otros una madriguera (los más zorros, los que tienen-tenemos algo que guardar y que esconder). Pero Jesús quiere una iglesia de la calle, abierta a los vientos, una iglesia que no sea puro nido, ni mejor guarida, sino surco abierto de arado,para la Siembra del Reino (cf. Mc 4, 3-9).
2) ¿Podemos hablar de una iglesia padre? ¿No estamos corriendo el riesgo de una iglesia-patriarcal, es decir, de un puro patrimonio de historia moral y social que debemos guardar como en caja fuerte? Da la impresión de que muchos intentan-intentamos cerrar el tesoro de Jesús en una especie de "depósito" blindado. Pues bien, en lenguaje de Jesús, eso signifivcaría enterrar a los muertos, seguirlos enterrando infinitamente, mientras la Vida real va por otro lado (la vida de Jesús). Tenemos el riesgo de quedar fijados en una iglesia del pasado (iglesia-caparazón de tortuga, que decia Galetel), con mucho patrimonio artístico, político, cultural…, una Iglesia-Patrimonio que parece muerto (de museo), si no se renueva. Pero Jesús quería que los muertos entierren a sus muertos y que nosotros salgamos del museo, dejemos el caparazòn y anunciemos la buena noticia, abriendo un surco de arado en la tierra.
3) Hemos de ser, por tanto, Iglesia-Arado, , de manera que poniendo la mano en la reja ya no volvemos los ojos atrás (el “atrás” de otros tiempos, de otros privilegios, de otras cristiandades…). Jesús quiere que seamos una iglesia-siembra, una comunidad que pone la mano en el arado y avanza con la fuerza del evangelio, abriendo unoz surcoz de vida..., para no convertirnos en Mujer de Lot, que miró hacia atras (los tesoros viejos) y en vez de subir hacia el monte y la llanura nueva (con el arado de Dios) quedó convertida en bellísima estatua de sal, junto al Mar Muerto (donde muchos hemos ido a verla y a tocarla...)…
Éstas son mis preguntas, esta mi introducción. Todo lo que sigue es de P. Zabala, abogado, profesor de Derecho, que nos escribe de lo Políticamente Correcto. Con la ayuda de su trabajo podemos pensar mejor el tema, del que seguiré tratando mañana, con el Evangelio (En la imagen surcos de arado).
Pedro Zabala
Todas las sociedades, todos los grupos humanos tienen unas reglas no escritas, pero quizá por ello más eficaces, que definen dentro de los mismos eso que ahora llamamos lo políticamente correcto. En el mundo de hoy, tan plural y trasversal, se aprecia con más rapidez esa contingencia relativista de los usos sociales. Ni siquiera es preciso desplazarse a un país exótico, basta con relacionarse con personas de otros ambientes, distintos a aquel en que nos encontramos habitualmente inmersos. Ni siquiera el pensamiento único global que se nos cuela a través de los medios de comunicación es capaz de socavar esa fragmentación de las reglas sociales.
Acomodarse a lo políticamente correcto es fácil.
Para empezar, nos ahorra pensar, enjuiciar y opinar de un modo crítico. Y tiene la indudable ventaja de que nos permite no desentonar. Estamos en onda, no chocamos, somos reconocidos como un miembro más del grupo. Y nuestra conducta acomodaticia cohesiona a la colectividad, sirve de censura coactiva para quienes se aparten de la disciplina grupal.
Claro que en las sociedades plurales de hoy la infracción de lo políticamente correcto no es un fenómeno anómalo. Hay quienes lo hacen con cierta frecuencia y hasta alardean de ello. Unos, conservadores, porque es su forma de mostrar su oposición a lo que juzgan decadentes tiempos actuales. Y otros, progresistas, para rechazar el, a su juicio, estancamiento social. No falta un tercer grupo, retroprogresistas habría que llamarlos, que se burlan de esa corrección por motivos tanto nostálgicos del ayer como anhelantes de algo nuevo. En todo caso, esos burladores de lo políticamente correcto suelen hacerlo, no tanto por rebeldía individual, sino por defensa de otros usos ya periclitados o por ansia de implantar otros nuevos.
Lo que la práctica de lo políticamente correcto suele acarrear es la extensión de la hipocresía en las relaciones sociales.
Lo que nos atrevemos a decir en nuestro fuero interno o en círculos privados, domésticos o amistosos, se tiende a ocultar en ambientes más públicos. Lógicamente es en los círculos del poder o en sus aledaños, donde mejor se ejerce este refinamiento hipócrita. Si el poder es autocrático con mucha más intensidad. En las democracias, la transparencia debiera ser total. Pero todos sabemos que los mecanismos de acceso al poder político, en teoría nítidos a través del sufragio universal, están mediatizados, por esas oligarquías corporativistas que se llaman los partidos políticos. Y en esa jungla de las luchas subterráneas por el poder político, el respeto hipócrita por lo políticamente correcto es esencial. Son divertidos los lapsus en los que ignorando que los micrófonos siguen abiertos, se les escapa lo que realmente piensan y tratan de ocultar al público. ¡De cuántas lindezas nos enteramos que dedican a sus adversarios políticos, de otros partidos y, con más saña, a los del suyo propio! O al revés, también suele ocurrir que en público se dedican a dar caña al rival con el que luego departen amigablemente.
No creamos que la hipocresía en el terreno político, se reduce a los dirigentes. También los ciudadanos incurrimos en ella. No tiene otra explicación el que abominemos de la corrupción externamente y luego nuestro voto aúpe de nuevo al poder a políticos sospechosos de haber incurrido en ella. Y no nos escudemos farisaicamente en que no hayan sido condenados por los tribunales que necesitan pruebas. La responsabilidad política es distinta, pues se basa en una confianza exenta de sospechas.
Doquiera que hay luchas por el poder, se da esta aplicación hipócrita de lo políticamente correcto. En los terrenos económicos, intelectuales, artísticos, medios de comunicación, son tan intensos como en aquellos. Quizá menos conocidos, pues no suelen estar tan a la intemperie pública como en el político. O porque el refinamiento es mayor y más sigiloso. Aunque no faltan a veces escándalos notorios en que la vanidad herida explota rompiendo todas las reglas convencionales.
Eclesiásticamente correcto
Hay un campo, el eclesiástico, donde a los creyentes nos resulta mucho más doloroso este fenómeno. La absoluta falta de transparencia y su total sistema autocrático de gobierno hacen que la hipocresía alcance en algunos de sus miembros destacados un grado superlativo, seguramente inconsciente. La forma impositiva de designación de la jerarquía, a espaldas del pueblo, favorece ese “carrerismo”, esa obediencia ciega a las directrices de arriba, para ir ascendiendo escalones de mando, desvirtuando lo que en el mandato de Jesús debiera ser servicio y nunca poder.
Si a esto se une un proceso disciplinario de índole inquisitorial, iniciado muchas veces por denuncias anónimas de matiz conservador-paranoide, acogidas sin recelo, no es de extrañar que el uso de lo políticamente correcto alcance niveles muy superiores a los de la sociedad civil. Se trata de ocultar a toda costa la innegable pluralidad que hoy se da en la Iglesia católica, mostrando una unanimidad que jamás existió en ella. Se sigue apelando al código de derecho canónico y al catecismo oficial dictado por Roma por encima del Evangelio. Y se proclaman unas reglas estrictas de moralidad sexual, rechazada por la inmensa mayoría de los fieles, unos con mala conciencia y otros invocando su conciencia adulta.
No es de extrañar pues la conducta equívoca de tantos clérigos que repiten mecánicamente la doctrina oficial en público y en privado no se recatan de dar consejos permisivos a quienes se acercan a ellos. O el mantenimiento rígido de la imposición del celibato obligatorio en el sector latino de la Iglesia –no en los orientales- mientras se tolera jerárquicamente su vulneración, siempre que se haga con discreción. Sin olvidar la extraña distorsión entre su doctrina social sobre la economía, poniendo la dignidad de la persona por encima del beneficio y del mercado, y la oscuridad con que manejan sus recursos económicos, buscando en bastantes ocasiones para sus finanzas la máxima rentabilidad según criterios capitalistas…
¿Es posible vivir en sociedad sin tener que acatar lo políticamente correcto, ni tratar de desafiarlo, sino de actuar coherentemente de acuerdo a la propia conciencia?. Difícil sí, pero no imposible. Tres requisitos son necesarios: limpieza de corazón, ausencia de ambiciones de poder y capacidad de pensar críticamente. Si a esto añadimos la sencillez para saber reírse de uno mismo, tendremos las características de una persona que ha sabido conquistar su libertad.