20.8. Bernardo de Claraval (1090-1153). Fundador, místico, cantor de las cruzadas

Monje, teólogo, místico. promotor de la reforma del Císter e inspirador de la Segunda Cruzada, uno de los hombres más importantes de la Europa Medieval. Era francés (borgoñón), de noble familia e ingresó a los 23 años en la rama benedictina del Císter (en Citeux, Borgoña), con varios de sus familiares. Fundó, al poco tiempo, el monasterio de Claraval, del que fue abad hasta su muerte. La reforma cisterciense que él fomentó (tanto en una línea de varones como de mujeres) ofreció un impulso básico al pensamiento europeo del siglo XII y XIII, tanto en línea de organización social como de búsqueda del misterio.

San Bernardo de Claraval

Vida cristiana, un camino de Dios.

Bernardo fue un hombre apasionado por la extensión del Reino de Dios, entendido en forma de búsqueda espiritual y de transformación social. A lo largo de su vida, fundó y organizó, por toda Europa occidental, más de setenta monasterios que marcaron con su presencia la espiritualidad y la teología, la política y la vida cristiana de los territorios. Fue predicador popular e intervino en casi todas las controversias sociales y religiosas de su tiempo. Contribuyó a la fundación de la Orden de los Templarios y predicó la Segunda Cruzada (año 1146), que resultó un fracaso. Pero fue sobre todo un caballero de Dios, en la culminación de las grandes tradiciones feudales (sacrales) de Europa. Resulta significativa su controversia con → Pedro Abelardo, que representaba una nueva forma de entender la teología y la vida cristiana, que se mostraba abierta a la discusión especulativa y a la libertad de opinión. Más que la especulación naciente (propia de la primera escolástica del siglo XII), le interesó el despliegue de la experiencia interior, vinculada a la tradición benedictina, releído desde el Cantar de los Cantares. Por eso se oponía a un tipo de dialéctica racional que, a su juicio, impedía el desarrollo claro de la gracia y de la experiencia interior del misterio.

Interpretó la vida espiritual como despliegue de amor por el que Dios y el monje (el contemplativo) se vinculan en lo más íntimo del alma, en un camino en el que todos los planos de la vida se encuentran vinculados, partiendo de la jerarquía sagrada, que él entendió como revelación gratuita y amorosa del misterio de Dios. Por eso quiso que sus monjes fueran unos “liberados” para la vida interior, en sobriedad y pobreza, en honda espiritualidad, marcada de manera regular por el “orden divino” de la vida que se irradia y expande desde los monasterios al entorno social y cultural.

En esa línea, él ha sido uno de los grandes creadores de la Europa mística, monacal y caballeresca de la nueva Edad Media. Fue un hombre exigente y duro, un caballero radical de Dios, que habría convertido la cristiandad en un “monasterio de Dios”, en una liturgia sagrada al servicio del misterio. Sus monjes y monasterios transformaron en unos decenios la visión de Europa, iniciando un arte que desembocará rápidamente en el gótico.

Fue un hombre de amor y puso puso de relieve la importancia de la devoción a María, la madre de Jesús, entendida de un modo cordial (a él se le atribuye la antífona Salve Regina), de manera que muchos le consideran el “doctor mariano” por excelencia. A pesar de los problemas y preguntas que suscita su radicalidad, Bernardo ha sido quizá el último gran Caballero de Dios, al servicio de una cristiandad sagrada. De manera significativa, su memoria y su teología espiritual (su devoción) ha sido y sigue siendo reconocida y aceptada por muchos teólogos posteriores, tanto católicos como protestantes.

Un tema especial. La milicia de Jesús.

El influjo de San Bernardo en el desarrollo del pensamiento y de la vida de Europa ha sido y sigue siendo considerable, tanto en el campo de la mística del amor de Dios, como en la forma de entender el monacato y la organización de la sociedad. Fue un hombre que vinculó la experiencia del misterio con la acción al servicio de la Iglesia. Su contribución a la experiencia del amor y de la libertad interior fue considerable, como reconocen tanto los católicos como los protestantes, que le admiran de un modo especial. Dicho eso quiero recordar un punto que para nosotros parece “más oscuro” en su memoria, una faceta de su pensamiento político, vinculado a la Santa Cruzada y a la fundación de la Orden del Temple, que él interpreta como signo de una nueva revelación de Dios.

Esa faceta ha de entenderse desde su propia situación social y religiosa, en un tiempo marcado por la esperanza apocalíptica, dentro de una Iglesia que estaba buscando su identidad social, apelando para ello, si hiciera falta, a unos medios de tipo militar:

«Ha nacido una nueva Milicia, precisamente en la misma tierra que un día visitó el sol que nace de lo alto (Jesús), haciéndose visible en la carne. En los mismos lugares donde él dispersó con brazo robusto a los Jefes que dominan en las Tinieblas, aspira esta milicia a exterminar ahora a los hijos de la infidelidad en sus satélites actuales, para dispersarlos con la violencia de su arrojo y liberar también a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo» (De laude novae militiae. Ad milites Templi 1, en Obras completas de san Bernardo I, Madrid 1983, 496-543).

Bernardo ofrece así una relectura bélica del Benedictus (Lc 1, 67-79) partiendo del Antiguo Testamento, y dando otro sentido a un texto que Lucas (o el autor cristiano de su canto) habían desmilitarizado. Por medio de Jesús, que nace pobre y muere sin luchar de un modo militar, Dios ha vencido según Lucas los poderes opresores (cf. Ef 6, 12), abriendo a los humanos un espacio de paz universal y comunión gratuita. Pues bien, en contra de eso, Bernardo remilitariza las palabras viejas, llevándolas de nuevo a su matriz de Antiguo Testamento.

En la misma tierra de Jesús, como ministros de su guerra santa, los nuevos caballeros del Temple están determinados a exterminar a los hijos de la ira o infieles (cf. Ef 2, 2; 5, 6), para liberar a los creyentes oprimidos, suscitando así el gran reino o cuerno de salvación de Dios sobre la tierra (cf. Lc 1, 69).

Ese texto nos sitúa por tanto en el contexto de la guerra escatológica. Los religiosos militares luchan, a la vez, contra los soldados enemigos de este mundo (musulmanes) y contra poderes diabólicos del mal. Estos nuevos cruzados, defensores del Templo que Jesús había criticado (y destruido simbólicamente) se mantienen en el centro de un combate que, expresándose en formas mundanas, enfrenta a los príncipes del bien (Cristo) y los del malo (Diablo).

Por eso, esta guerra es sacramento de su vida: «Marchad, pues, soldados, seguros al combate y cargad valientes contra los enemigos de la cruz de Cristo (cf. Flp 3, 18), ciertos de que ni la vida ni la muerte podrán privaros del amor de Dios que está en Cristo Jesús (cf. Rom 8, 38), quien os acompaña en todo momento de peligro, diciéndonos: Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor» (De laude 2: cf. Rom 14, 8).

Las palabras que Pablo empleaba en sentido figurado (lucha interna), para expresar así la entrega de la vida como proceso de unidad con el Señor pascual, se entienden ya en forma guerrera. Bernardo no ha sacralizado la guerra en sí. Él sabe que la lucha entre cristianos constituye un homicidio y por ninguna causa puede proclamarse y realizarse (Ibid. 3). Sin embargo, él entiende la guerra de cruzada como guerra santa, expresión de la victoria de Jesús sobre las fuerzas enemigas de lo malo:

«Pero los soldados de Cristo (cf. Gál 5, 26) combaten confiados en las batallas del Señor, sin temor alguno a pecar por ponerse en peligro de muerte y por matar al enemigo. Para ellos, morir o matar por Cristo no implica criminalidad alguna y reporta una gran gloria... Cristo acepta gustosamente como una venganza la muerte del enemigo y más gustosamente aún se da (se entrega él mismo) como consuelo al soldado que muere por su causa. Es decir, el soldado de Cristo mata con seguridad de conciencia y muere con mayor seguridad aún... No peca como homicida, sino que actúa, se podría decir, como malicida el que mata al pecador para defender a los buenos: se considera como defensor de los cristianos y vengador de Cristo en los malhechores...

La muerte del pagano es una gloria para el cristiano, pues por ella es glorificado Cristo... No es que necesariamente debamos matar a los paganos, si hay otros medios para detener sus ofensivas y reprimir su violenta opresión contra los fieles. Pero en las actuales circunstancias es preferible su muerte, para que no pese el cetro de los malvados sobre el lote de los justos (cf. Sal 124, 3), no sea que los justos extiendan su mano a la maldad» (Ibid. 4).

Bernardo se sitúa, de esa forma, en un contexto apocalíptico, interpretando la cruzada (y la función de los religiosos militares del Temple) como un episodio de la guerra del fin de los tiempos, una guerra en la que ellos, los monjes del Cister, colaboraban con su oración y su retiro del mundo. En ese mismo contexto se sitúa la experiencia mística del encuentro con Dios, un encuentro que aparece así como plenitud y cumplimiento de la gran lucha de las fuerzas del bien (del amor) contra las fuerzas enemigas. El problema está en que esas “fuerzas enemigas” estaban formadas por personas humanas, a las que también había redimido Jesucristo (conforme a la visión cristiana de la vida y de la historia).

Texto tomado de Pikaza, Diccionario de Pensadores cristianos

Diccionario de pensadores cristianos

Obras

Las obras de San Bernardo han sido recogidas en PL 182-183. Traducción castellana, como introducciones y comentarios en: Obras completas de San Bernardo (Madrid 1947). Cf. también Las alabanzas de María y otros escritos escogidos (Madrid 1998);Elogio de la nueva milicia: los Templarios (Madrid 2005);En la escuela del amor (Madrid 1999); Tratado sobre el amor a Dios (1997).

Sobre san Bernardo: M. D. Yáñez, San Bernardo de Claraval (Burgos 2001); A. Luddy, San Bernardo. El Siglo XII de la Europa cristiana (Madrid 1963); Th. Merton, San Bernardo, el último de los Padres (Madrid 1956); S. Cantera, San Bernardo o el medievo en su plenitud (Madrid 2001); G. Duby, San Bernardo y el arte cisterciense (Madrid 1992); J. Leclercq, San Bernardo: monje y profeta (Madrid 1990).

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