Transmitir la fe en Euskal-Herria. A Mons. Iceta, obispo de Bilbao

Acaban de nombrar obispo de Bilbao a Mons. Íñigo Mario Iceta Gabikagogeaskoa. Nació en Gernika (Bizkaia) el año 1965, es mucho más joven que yo, no le conozco. Estudió fuera de la diócesis de Bilbao, tuvo responsabilidades en la diócesis de Córdoba, no he tenido ocasiòn de tratar con él.

La prensa ha opinado sobre sus tendencias eclesiales y sociales, pero no tengo ninguna base para opinar (a no ser sobre el caso general de la forma de nombrar obispos, tema que no voy a sacar a luz en este momento). Por eso, como compatriota suyo, de su diócesis, me limito a decirle Ongi Etorri, bienvenido.

No puedo opiner sobre él, pero puedo ofrecerle mi pequeña aunque larga experiencia teológica. Me refiero, en concreto, al último trabajo,que acabo de publicar en Herria Eliza 2000, que trata de la transmisión de la fe, en una tierra concreta, como es Euskal Herria, con su larga historia religiosa y cristiana, con su rico y fértil presente, lleno de contrastes.

Me gustaría que mi reflexión pudiera servirle de referencia, en un tema clave como es el de transmisión y renovación de la fe, en una tierra de rida riquísima y fuerte, dura y a ves tens, pero siempre espeanzada, como es Euxkal Herria, su tierra de Gernika, la mia de Orozko, de honras raíces humanas y cristianas.

Ésta es mi pequeña reflexión, don Mario. Hasta que un día nos veamos. Y ánimo, que lo que importa más no es el pasado, sino lo que se haga y se viva desde ahora. Con un saludo, Xabier.


TRANSMISIÓN DE LA FE
UN TEMA SOCIAL Y DE DIÁLOGO RELIGIONES

Xabier Pikaza (Herria Eliza 2000, Julio/agosto de 20010)


El problema de fondo es cómo seguir siendo cristianos en la actualidad, el año 2010, en Euskal-Herria o, más extensamente, en el mundo occidental, con los grandes cambios económicos y políticos, sociales y culturales que están sucediendo. Muchos doblan a muerte las campañas de la Iglesia. Pero yo pienso que estamos en un momento y lugar privilegiado. Desde la atalaya de Esuskal-Herria, a comienzos del siglo XXI, podemos y debemos mirar con esperanza el despliegue de la fe.

Ha terminado el tiempo en que se transmitía una fe fijada de antemano, con predominio del sistema, es decir, de la sociedad establecida. Si las cosas siguieran conforme a ese modelo (si se quiere repetir lo siempre dicho), en línea de conservación política, social y eclesial, el cristianismo acabará muy pronto, convertido en folklore de unos y secta de otros. Sólo en la medida en que los cristianos sean capaces de transmitir su fe en un contexto plural (abierto a otras formas de creencia o increencia o a otras religiones), desde el origen del evangelio, en fidelidad a los problemas reales de la sociedad, podrá hablarse de cristianismo futuro; y esto es lo que, a mi juicio, sucederá, porque creo en el evangelio y confío en el pueblo.

1. Volver a las raíces, saltar al futuro


No se trata de dar un paso atrás (por estrategia) para avanzar así mejor, en la misma línea, sino de volver al principio, para marcar de nuevo el rumbo. La transmisión de la fe (y su manifestación en un signo como el bautismo) nos sitúa ante un tema clave de la cultura y de la vida de nuestra sociedad. El ser humano se ha "atrevido" (por presión biológica y afirmación mental) a superar el límite de las puras relaciones naturales, aprendiendo a vivir a nivel de conciencia, de deseo y de esperanza. Ésta es su grandeza, este su riesgo. Por un lado aparece como el más débil y desajustado de los vivientes: nace sin respuestas sabidas de antemano. Por otro es el más fuerte de todos: Crea (descubre) un futuro, para encontrar allí su identidad; sólo esa búsqueda de futuro (de sí mismo) le define y distingue de los otros animales, convirtiendo así la tradición (el “depósito” de fe) en lugar y fuente para un nuevo comienzo, como indicaremos.

En ese contexto, la fe mesiánica (cristiana) es un modo de afirmar y desplegar ese realismo de la historia, creando así un futuro para los hombres, desde un lugar determinado, en este caso Euskal-Herria, en comunión con otras culturas y tradiciones. Ciertamente, hay otros tipos de utopía religiosa o racional, pero en nuestra perspectiva la utopía más significativa y fértil sigue siendo el cristianismo, aunque en diálogo con las diversas tradiciones sociales y culturales en las que vivimos ya inmersos. No se trata de buscar unos pequeños cambios, sino que, si queremos que exista cristianismo de futuro, debemos arriesgarnos a trazar unos cambios radicales.

Antes, en tiempo de nuestros aititas, no había otra cosa. No teníamos más alternativa real que ser cristianos, de una forma determinada, pues era la Iglesia Católica la que, con pocas excepciones, marcaba nuestro horizonte. Esa Iglesia nos ha ofrecido mil valores culturales y sociales, pero lo ha hecho desde una especie de “superioridad” y casi de imposición social. Hoy, que ella ha pedido la ventaja que tenía, tenemos ocasión de descubrir mejor los valores del evangelio, no para imponerlos como “siempre” han sido (ese siempre es anteayer), sino para hacer posible una siembra nueva de evangelio, en un campo “bosque” donde puede (y debe haber) también otros árboles, que, por otra parte, ya están: los árboles de la religiosidad antigua (en una línea más ecológica), las tradiciones de Oriente, la misma presencia de un Islam místico. Quien nos sea capaz de respetar esos otros árboles, quien quiera imponer un tipo de imposición de la tradición cristiana es un violento y, encima, va en contra del cristianismo.


2. Nuestro tronco tiene muchos nudos y círculos (y ramas)


He hablado de árboles distintos, pero quizá podemos hablar de un solo árbol, que formamos todos nosotros. Como sabemos, el tronco del árbol tiene varios “círculos” que marcan su edad, tiene nudos, tiene ramas… Entre esos círculos podemos recordar algunos.


* Quizá en el centro hay un nudo matriarcal,

el signo de la Ama-Lur, la Ama-Bizitza de la que provenimos, una Madre-Vida que ha descubierto y cultivado de un modo especial la Religión de la Naturaleza, entendidas en forma femenina. El conjunto de la realidad es en el principio como como "madre", manadero vital del provenimos. Ahí está nuestro principio, nuestra primera tradición.

La madre representa en este esquema la comunión y la comunicación originaria. Ella es rectora del conjunto social. En este contexto, los varones realizan una función que parece subordinada: no son portadores de vida, ni signo de Dios, pues lo divino aparece vinculado más bien a la "diosa" originaria, madre de todos los vivientes. Todos llevamos en el alma el signo de Mari, la antigua, expresado y adaptado luego por la Andra Mari cristiana.

* El primer círculo en torno a ese nudo parece ser el patriarcado,

que se despliega de un modo especial en los pueblos conquistadores y, de un modo especial, en nuestro caso, en aquellos que han dominado la naturaleza: Ellos han destronado en parte a la diosa (sin negarla del todo), cultivando de un modo especial el poder de la industria (el hierro) y de las armas. Este triunfo “masculino” es anterior a la llegada del cristianismo, y se expresa en la religión de los triunfadores, que talan el bosque, roturan los campos, crean ciudades, se aventuran a cruzar el mar etc., pero va vinculado de un modo especial a la entrada del cristianismo.

Ciertamente, los vascos no han creado una cultura imperial de tipo masculino, como los pueblos indoeuropeos y semitas (y en algún sentido malayos y chinos). Pero también nosotros hemos apostado por la religión del triunfo y lo hemos hecho "a costa de la madre" (es decir, a costa de lo femenino, del diálogo de fondo de la vida). Sólo ahora, después de algunos milenios de triunfo masculino, somos capaces de mirar hacia atrás y volver al principio del proceso. No podemos negar los valores y logros del patriarcalismo, pero debemos recuperar el aspecto femenino y/o materno de la vida, superando así la razón de la violencia.


* El segundo círculo ha sido el cristianismo,

que es una religión de “fuera”, que ha venido de Israel, con sus valores y sus riesgos. Entre los riesgos del cristianismo está el hecho de que ha estado vinculado a un tipo de romanización, con lo que eso supone de cultura venida de fuera. Entre los valores destaca el descubrimiento de la dignidad de la persona: cada hombre o mujer es único: no es parte de un todo cósmico, ni de un grupo social, ni momento en el despliegue espiritual del alma. El segundo valor del cristianismo es, a mi juicio, descubrimiento de la importancia de los “pobres”, es decir, de aquellos que parecen que menos valiosos en el proceso comunicativo.

En ese sentido, pienso que debemos estar agradecidos al cristianismo, porque nos ha permitido vivir con dignidad, a pesar de sus defectos, vinculados a un tipo de romanización y, sobre todo, un tipo de “imposición clerical”. El clero ha sido el gran educador de los vascos, pero lo ha sido en una línea paternalista e impositiva. Sólo ahora que ha entrado en crisis ese modelo, ahora que el clero está perdiendo su poder, podrá recuperar su verdadera autoridad, no para un grupo (otro tipo de clero más “demócrata”), sino para todos los cristianos e incluso los no cristianos.


* El tercer círculo es la Ilustración y el “progreso”.

En cien años, Euskal-Herria ha dejado de ser una cultura agraria, de fondo cristiano tradicional, para formar parte del gran núcleo industrial y científico de Occidente, con los valores y riesgos que ello implica. Es buena la Ilustración, porque nos permite ser libres, en un mundo en el que por vez primera nos sentimos dueños de nuestro destino. Esta crisis de Ilustración ha comenzado barriendo a los "dioses" exteriores, de manera que todos han desaparecido del horizonte: somos nosotros, los hombres y mujeres, los que tenemos que hacernos dueños y gestores de nuestro destino. Pero esta crisis tiene un gran riesgo: puede dejarnos “solos”, abandonados, sobre un mundo de lucha despiadada, que lleva a la opresión de los más débiles de dentro y de fuera.

Los procesos y cambios anteriores de la historia (desde el matriarcado y patriarcado, pasando por el triunfo de un tipo de cristianismo) nos sitúan ante el gran problema: tenemos que aprender a comunicarnos y a colaborar de un modo distinto, cultivando nuestra cultura y respetando las culturas de los otros, pero de manera humana, poniendo los bienes del mundo y nuestro propia vida (nuestro ser) al servicio de todos.


3. No transmitir una fe ya dada, sino retomar el impulso de fe de Jesús.


Ciertamente, como cristiano, creo que se debe conservar la gran tradición de fe de la Iglesia y, como vasco, quiero ser fiel a lo que ha sido la historia de la fe cristiana en nuestro pueblo, con sus inmensos valores, con sus grandes problemas. Pero estoy convencido de que “conservar” simplemente la fe (en su sentido externo, como algunos grupos eclesiales intentan) significa destruirla, convirtiéndola, como he dicho en puro folclore o en secta orgullosa y agresiva.

Por eso, quien solo quiere conservar pierde, de modo inexorable. En este contexto, el adagio de Ignacio de Loiola (en tiempos de tribulación no hacer mudanza), al menos entendido de manera superficial, se muestra ciego y en el fondo falso, pues en el tiempo de mayor tribulación Jesús hizo la mayor mudanza. Ciertamente, estamos en un tiempo de crisis económica y política, pero esa es pequeña en comparación con la “crisis de fe” de nuestra sociedad.

Los problemas de los “dueños” económicos y políticos podrían resolverse con un poco de razón, humanismo, buena voluntad y sentido común (cosa que es lo menos común que existe). Pero el tema de la “fe” es mucho más hondo, pues nos sitúa en las raíces de nuestra vida (sustraietan, como decía E. Chillida). Tenemos los círculos y nudos que tenemos, tenemos ramas abiertas a diversas culturas, pero como no conectemos con nuestras raíces (con la raíz de una vida que se vuelve palabra de comunión) moriremos como pueblo.

No somos el centro del mundo (el mundo no tiene centro), pero somos importantes, como otros pueblos, y estoy convencido de que en nuestra raíz puede y debe hallarse una “veta” de evangelio, de tradición cristiana. Una veta que no va en contra de otras, que no quiere exclusivismos, pero que tiene algo importante que ofrecer, en clave de humanidad.

Quiero así decir que la “autoridad” suprema de la humanidad ya no es el oro/dinero, entendido como signo del deseo posesivo (mamona), ni tampoco un tipo de Estado, como racionalización social impositiva, ni la razón o el progreso, entendidos en sentido impersonal. A mi juicio, el “poder supremo” o, si se prefiere, la “autoridad” y semilla de vida es la “palabra” de comunión y de liberación, o, mejor dicho, el mismo pueblo que se descubre portador de la semilla de Dios, es decir, de la Palabra.

Este es el nuevo poder, es la Palabra, que ya no es algo poseído y administrado por una Iglesia exterior o por unos poderes políticos (Estado, Economía), sino experiencia y tarea de comunicación y comunión del mismo pueblo, que se vincula a través de una Palabra, que en nuestro caso es la de Jesús, pero sin negar otras palabras, pues una palabra que se hace “única” (dictatorial”) deja de ser la Palabra. Seguimos siendo naturaleza y biología, pero ahora descubrimos el poder de nuestra humanidad en clave de comunicación humanizadora.

Así culminan a mi juicio, las la crisis anteriores de la humanidad. Estamos en la cresta de la Gran Ola, estamos en la gran Recta Final de un inmenso reto, lleno de complejidades y de tensiones creadoras. Quizá por vez primera en la historia humana, las grades religiones (y en especial el cristianismo) pueden presentarse como aquello que son: formas simbólicas de expresar y potenciar la comunicación profunda de lo humanos.

Ciertamente, las religiones son distintas y no pueden identificare unas con otras. Pero, en contra de aquellos que las toman como folclore o signo de irracionalidad (y de aquellos que las quieren manejar de un modo integrista), ellas poseen una profunda coherencia y racionalidad comunicativa. Frente a los “utopismos” cortos de quienes pretenden cambiar al ser humano por transformaciones puramente técnicas o socio económicas, ellas apelan a un misterio que nosotros, desde el cristianismo, interpretaremos en claves de comunicación.


4. Renacimiento cristiano, renacimiento humano. Volver a Jesús


Ciertos grupos eclesiales hablan de renacimiento cristiano. Suponen que un tipo de ilustración antigua (siglos XVIII-XIX) y la secularización actual resultan contrarias al evangelio. Piensan que la modernidad se ha rebelado contra Dios, que el cristianismo ha sido negado o desterrado de la sociedad. Les gustaría en el fondo una restauración. Pues bien, en contra de eso, pienso que no podemos recuperar unos "valores" pasados de la historia eclesial europea, que quizá fueron buenos antaño, pero que no responden a la raíz de gratuidad del evangelio, ni a los problemas reales de la humanidad de nuestro tiempo.

No puede haber un renacimiento cristiano, entendido en el sentido de vuelta al pasado. Por otra parte, creo que el cristianismo verdadero, como utopía evangélica y recuerdo de Jesús no ha muerto entre nosotros (lo que ha muerto es un tipo de cristiandad y quizá unas formas de Iglesia). Por eso, añado que el cristianismo no debe renacer, pues ya ha nacido una vez y sigue vivo en el conjunto de la humanidad, donde han influido, de forma directa o indirecta, elementos fuertes de la experiencia de Jesús, incluso a través de la misma ilustración occidental. Ha muerto un tipo de cristiandad occidental y no podemos resucitarla. Pero la raíz del evangelio sigue viva.

Sólo puede hablarse de renacimiento cristiano si entendemos esa palabra en el sentido básico de re-fundamentación. La utopía de Jesús no es un "hecho objetivo", algo que está fuera de nosotros, como una realidad física. Tampoco es una forma de comunicación entre otras, sino la comunicación mesiánica: aquella que puede expresarse y expandirse en gestos de gratuidad (como los de Jesús) y en apertura universal. En ese aspecto, el mensaje de Jesús debe estar siempre re-naciendo, ofreciendo utopía de vida y espacios de comunicación gratuita a los humanos.

Desde aquí se funda la “tradición de Jesús”. En un momento clave de la historia humana (como un grano de mostaza, como simiente sembrada en la tierra) él ha puesto en marcha el proceso de comunicación humana, abierta al Reino de Dios. No ha creado una Iglesia llena de poderes y dogmas, sino que ha sembrado una semilla de transformación humana, la certeza de que todos los pueblos, siendo lo que son, en fidelidad a sus raíces culturales, pueden comunicarse en libertad, respeto y amor.

Jesús no apela para ello a las armas, ni realiza su obra con dinero o influjos materiales, pues tiene algo más grande: tiene la palabra y la expande a todos los humanos como invitación al reino. De tal forma ha realizado su tarea que sus seguidores le han visto y confesado como “la palabra de Dios”, es decir, como aquel en quien (o por quien) todos podemos comunicarnos.

Jesús es lo que dice: ofrece dignidad y salud (voz y palabra) a los marginados de la tierra (cojos, mancos, ciegos, lepro¬sos, paralíticos...), haciéndoles capaces de vincularse en libertad y respeto, buscando juntos el Reino de Dios, cada uno desde su lugar, desde su propio pueblo, sin crear para ello unas estructuras legales como las que ha formado el judaísmo rabínico (aunque cierto tipo de cristianismo ha podido convertirse después en un rabinismo más fuerte).


5. Transmitir la fe y bautizar a los niños


No hay una primero una fe y después una “comunicación” de la fe, pues, en la línea anterior, el contenido básico de fe cristiana (que puede expresarse diciendo, si se quiere, que Dios es Trinidad y que Cristo ha resucitado) se identifica con (¿se expresa en?) la misma comunicación, es decir, en el mismo diálogo en libertad.

Algunos dicen que la fe existe de forma independiente, como depósito de dogmas o verdades que se aceptan por revelación/autoridad. Por eso añaden que esa fe sólo se comunica en un segundo momento, en gesto de información (se dicen verdades) y de testimonio personal. Eso significaría que la fe tendría sentido y consistencia (realidad) en sí misma, fuera de la comunicación creyente.

En contra de eso, pienso que la comunicación de fe (diálogo) no puede separarse de su contenido. En otras palabras, la fe cristiana sólo existe y puede expresarse en forma de comunicación, es decir, de diálogo interhumano (y con Dios). Por eso, ella se identifica con (y se expresa en) la comunicación radical, gratuita, de entrega de la vida y esperanza pascual entre los humanos.

Este planteamiento nos sitúa en el mismo centro de la fe cristiana, tal como se expresa (encarna) en una iglesia, entendida en forma de comunidad comunicativa (valga la redundancia): comunidad cuya única tarea y meta consiste en el despliegue y surgimiento de una comunicación gratuita, esperanzada, universal, entre los humanos. No hay verdad cristiana fuera del camino del amor, del diálogo de la comunión. El amor mutuo, eso es la verdad. La comunión afectiva y efectiva entre todos los humanos, eso es la iglesia.

Pues bien, desde ese fondo, la Iglesia, a partir de sus orígenes (cf. Mc 16, 9-20 y Mt 28, 16-20), aunque no desde el principio, tras la muerte de Jesús, ha vinculado la fe (la experiencia de comunicación universal) con el signo del bautismo, un signo de pertenencia y comunicación. En ese sentido se dice que la transmisión de fe ha de vincularse al signo del sacramento de iniciación cristiana.

Éste es un tema que deberíamos desarrollar con más extensión, partiendo de preguntas domo: ¿Hoy, en Euskal-Herría, se debía bautizar sin más a todos los niños? ¿No habrá que fortalecer primero el tejido de la fe del conjunto de la iglesia, antes que ofrecer el bautismo a la mayoría de los niños? Por otra parte, el bautismo cristiano, como expresión del nacimiento a la gracia, no tiene por qué está vinculado a la niñez, sino que puede y debe celebrarse también en situación de vida adulta.

De todas formas, una iglesia de cristiandad ha relacionado el bautismo con los niños, interpretando su celebración como nacimiento para la vida universal, para la comunión gratuita de los hijos de Dios. No se bautiza al niño en nombre de un sistema, de un estado, de una patria o de una economía. La iglesia le bautiza como Hijo de Dios (en nombre de la Trinidad) para la vida universal, para la fraternidad humana, comprometiéndose a ofrecerle un lugar donde podrá crecer para esa fraternidad.

Desde aquí se plantea, a mi juicio, el reto antes señalado. ¿Debe hoy la Iglesia bautizar a casi todos los niños? ¿Puede garantizarles, en nombre de los padres y de la comunidad creyente, un espacio de crecimiento en libertad y comunión, en la línea de jesús ¿Puede hoy hacerlo en verdad, sabiendo que va a ser difícil mantener ese ofrecimiento a lo largo de la vida?

Ciertamente, las afirmaciones tradicionales sobre un bautismo que borra el pecado original y que permite que los niños vayan al cielo si mueren siguen siendo válidas en un sentido. Pero nadie las toma ya de una manera material. Bautizados o no, los niños son hijos de Dios y pertenecen al misterio de su vida, al camino de su cielo. La Iglesia no les bautiza ya para quitarles el pecado de muerte (ni para realizar un gesto de integración social, una ceremonia de presentación del niño ante la “parroquia”, sino para celebrar con solemnidad su nacimiento a la vida, como un don de Dios y para ofrecerles un espacio de comunión y libertad.

Aquí se plantea el tema del título de este trabajo, sobre la transmisión de la fe cristiana, en relación al bautismo, en una sociedad abierta a otros tipos de experiencia y a otras religiones? Pienso que la transmisión de la fe nos sitúa hoy (2010) ante unos retos distintos, como he venido indicando. Sigo pensando que es bueno transmitir la fe a los niños, pero una fe abierta al diálogo, porque ella misma es diálogo. Me parece bien que cuando esa “fe de la comunidad” (no sólo de la familia) sea básicamente fiable se puede (¿y quizá se debe?) bautizar a los niños. Pero pienso que, por ahora, el tema puede y debe quedar abierto

El tema no es si los niños (o sus familiares inmediatos) están preparados para el bautismo, sino si la iglesia puede abrirse como pila bautismal de vida compartida para todos los creyentes. La cuestión consiste en saber si las comunidades cristianas son hoy “madres y maestras de paz cristiana”, es decir, de vida compartida, en apertura universal, en la línea que he venido indicando en este trabajo. Por eso, el tema que he desarrollado, el de la transmisión de la fe, no puede resolverse en teoría, sino en la vida de las mismas comunidades, en una sociedad civil en la que ya no van a preguntar a los niños si están bautizados o no, si son cristianos o no, pero en una sociedad donde la fe cristiana puede y debe expresarse como impulso de libertad y de comunicación universal, por encima de todos los sistemas establecidos.

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