El camino de la paz 2. Últimas estaciones (¿por Gaza a Jerusalén?a)
a) Es un camino cristiano (de evangelio), no un camino político o económico sin más, aunque puede tener y tendrá consecuencias económicas.
b) Es un camino “martirial” o de testimonio, como el de Jesús, que subió a Jerusalén con una propuesta como la que aquí ofrezco… y fue ejecutado (asesinado) por los defensores del orden establecido. Jesús subió a Jerusalén con su propuesta de paz, pasando por Jericó. Hoy quizá habría pasado por Gaza, quizó en los barcos apresados en altas aguas por un ejército sl servicio del sistema. Posiblemente, Jesús, hoy (con la gente que allí manda) no habría podido llegar a Jerusalén.
c) Como he dicho, es muy posible que, de vivir en este tiempo, antes de subir a Jerusalén con su propuesta, Jesús habría intentado acercarse a Gaza, como Mons. Capucci y otros cristianos, en nombre de la paz.... Quizá le habrían expulsado, quizá le habrían matado en el barco, echando su cadáver al mar por la borda...
d) Éste es un camino que puede y debe ser discutido… En nuestros días, en vez de ser un tren de paz podría llamarse una “flotilla de paz”, como aquel barca que llevaba a Jesús a la otra orilla del lago, en medio de la tormenta. Recordemos que Jesús era pacífico y pacifista (no llevaba armas....), pero alguno de sus compañeros (Pedro, el Roca) llevaba una espada, según dice el Evangelio de la paz y se defendió lucando contra el ejercíto de Judas y del Sumo Sacerdote de Jerusalén. Entre los que han querido ir a Gaza parece que no han encontrado ni una espada.
Buen día a todos.
5. Estación Salud. Los pobres curan a los ricos
Jesús se enfrentó con amor eficaz contra unas enfermedades que oprimían y enfrentaban a los hombres y mujeres, siendo así causantes de la guerra más profunda de la tierra. En ese contexto, Buda propuso un camino de liberación interior, expresado a través de la superación personal, individual, de los deseos. Sin oponerse a Buda, Jesús propuso y puso en marcha un camino de liberación integral, dedicando gran parte de su tarea mesiánica a enseñar a los enfermos a curar su enfermedad y a curarse unos a otros.
Jesús fue sólo un maestro interior, ni un pensador (como Platón), ni creador de una comunidad sagrada de sometidos a Dios (como Mahoma), sino un sanador que protestaba contra un orden social donde miles y miles de personas estaban esclavizadas, por su enfermedad personal o social. Esa protesta, a favor de la libertad y comunión de hombres y mujeres define su “anti-guerra”. Jesús no se habría opuesto, en principio, a la medicina científica moderna, pero buscaba algo más hondo: que los hombres y mujeres se aceptaran a sí mismos, en amor, superando la ruptura actual, la situación de lucha en que unos destruyen a los otros.
Jesús quiso que sus “seguidores pobres” curaran a los ricos de esta sociedad dividida y opresora: «Les dio autoridad sobre todos los demonios y les dijo: Curad los enfermos, expulsad demonios... y decid: se acerca el Reino…No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias... En la casa donde entréis, decid: Paz a esta casa... Quedad allí, comed y bebed lo que tengan...» (Lc 10, 1-8; cf. Mc 6, 7-11; Mt 10, 5-13).
Estos “pobres de Jesús” pueden curar a los ricos de la “enfermedad” de su riqueza y de otras enfermedades vinculadas con ella. No cobran por hacerlo, pero tampoco se esconden ni evaden, sino que se dejan invitar por los propietarios, compartiendo con ellos lo que tienen. No curan por mostrar su poder o dominio, sino porque el Reino es fuente de salud y principio de paz universal. Así continúan haciendo lo que hacía Jesús, que no se reservó el monopolio de las curaciones, sino que ofreció su experiencia terapéutica a quienes quisieran seguirle, haciéndoles mensajeros de paz.
Desde la perspectiva normal del sistema, suele suponerse que los grandes curan a los débiles y pobres. En contra de eso, el evangelio indica que son precisamente los más pobres los que curan a los ricos. Las riquezas no sanan (aunque pueden servir en un nivel de medicina externa). Sólo el amor sana de verdad al hombre entero, desde los más pobres.
Esta curación ha de ser integral y se realiza por la palabra y el contacto de la vida, partiendo de los pobres mesiánicos (ricos en humanidad), que actúan así como “médicos” de Reino, portadores de un proyecto de comunicación que ellos ofrece a los ricos que quieran acogerles (ser curados). Entendida así, la terapia de Jesús y de sus seguidores no es una señal externa, de la que podría prescindirse cuando llegue el Reino espiritual, sino que ella misma es la verdad del Reino. En esa línea, los “enemigos” contra los que lucha Jesús no son hombres o mujeres, sino las enfermedades que les oprimen.
No hay paz sin terapia personal y social. Los poderes del mundo utilizan otros medios (más policía y más dinero). Pero así no consiguen la paz, sino un tipo distinto de injusticia y guerra (a no ser que, al mismo tiempo, sobre todo, intenten curar en amor a las personas, en terapia de trasformación radical). Jesús, en cambio, ha propuesto y desarrollado una terapia de paz, a través de un intenso programa de sanación, curando a los hombres y mujeres, para que vivan y compartan la vida (se acojan unos a otros).
6. Hacer justicia, superando un tipo de justicia: Cárcel, una estación a suprimir
La violencia carcelaria forma parte de la última guerra de este mundo y de la abolición de las cárceles (zonas de infierno del mundo) es un momento clave de la pacificación cristiana, según dijo Jesús: “El Espíritu del Señor me ha ungido para liberar a los encarcelados…” (Lc 4, 18).
Vivimos en una sociedad que quiere extender sobre el mundo el ideal de la igualdad-libertad-fraternidad, pero seguimos sometidos a una guerra intensa entre el sistema social dominante y ciertos grupos que parecen peligrosos, a los que se expulsa y/o encarcela. Así logramos un tipo de paz social, pero a costa de “encerrar” (en general ya no matamos) a los que nos estorban.
El sistema ha puesto la propiedad, producción y consumo de bienes al servicio del capital, diciendo que quiere libertad para todos (liberalismo), pero imponiendo un fuerte cautiverio sobre muchos hombres y mujeres a quienes afirma servir. En esa línea, de un modo “consecuente”, para mantener su estructura y la forma de vida de los privilegiados, el Estado (representante del “buen” sistema) expulsa y encierra cada día a más personas en la cárcel, respondiendo con su “guerra” penitencial a la presunta guerra criminal de los encarcelados.
Estamos ante una guerra sin precedentes. Podríamos haber ordenado la cultura al servicio de la vida compartida, en línea de evangelio; pero la hemos puesto, en general, al servicio de un sistema que se defiende (defiende a sus privilegiados), valiéndose para ello de la cárcel. Ciertamente, muchos encarcelados pueden ser y son culpables en línea de sistema, pues son un peligro para el orden social. Pero, en general, ellos son hombres no-insertados, seres que están fuera del tejido social, a veces por su “culpa” (se han separado ellos), pero, casi siempre, a causa de la sociedad (que les expulsa o no logra integrarles).
Por eso, la guerra carcelaria no puede resolverse con una simple re-inserción (y re-educación) de los delincuentes (como pide la Constitución Española, num. 25, 2), sino que exige un cambio de la sociedad en su conjunto. El ideal de paz israelita (asumido por Jesús, según Lc 4, 18-19), la paz mesiánica exige la apertura y superación de este tipo de cárceles, con lo que ello implica de cambio social: no puede ser una vuelta a la situación anterior (a la injusticia del orden actual), sino una gran transformación, una nueva forma de diálogo y encuentro entre el conjunto social y los encarcelados (es decir, entre todos), de manera que puedan surgir vínculos y redes de amor/solidaridad que antes no existían.
7. Justicia de la iglesia, una marcha de objetores de conciencia
Al tren de la paz de Jesús, que es la Iglesia, han de subir ante todos los pobres y los objetores de conciencia. En esa línea, la Iglesia debe renunciar no solo a las armas, sino a toda forma de defensa armada y de pacto con los poderes militares (no con los soldados en cuando personas).
Jesús propuso un mesianismo des-armado, que le llevó a Jerusalén, donde le mataron. Pues bien, en contra de su proyecto, las sociedades cristianas de la Edad Media y Moderna han vuelto a sacralizar de algún modo el ejército, diciendo que se encuentra al servicio de la fe (cruzadas) o de la seguridad nacional (estados absolutos de los siglos XVI al XX), como una “iglesia en pequeño” (con obispos castrenses).
Pues bien, ha llegado el momento de que acabe ese pacto entre ejército e iglesia; ha llegado la hora de huelga militar completa, es decir, de la insumisión, para la Iglesia. Sin duda, la Iglesia no puede imponer su solución no-militar, pero puede y debe proclamarla y testimoniarla, no sólo con sus escritos, sino con el ejemplo de ministros y creyentes. En esa línea, ella debe empezar recomendando a los estados que renuncien no sólo a la agresión, sino a toda defensa militar, para vincularse de forma pacífica y dialogal (desmilitarizada), en estrategia de diálogo (y al servicio de la paz), conforme al evangelio. Para eso, la Iglesia que empezar creando una cultura de paz, donde el ejército no sea necesario, como seguiremos viendo.
Como partidarios de una no-violencia activa, en general, los cristianos deben declararse insumisos, desertores de las instituciones militares, no por miedo, ni para abandonar las tareas de la guerra en manos de soldados profesionales (¡que lucharían en su lugar!), sino porque quieren renunciar a la defensa armada (con sus tácticas y medios de violencia), recuperando el ideal de los grandes profetas de Israel que, desde el siglo VIII a. de C., exigieron la ruptura de los pactos militares con las grandes potencias y el abandono de la defensa armada de Jerusalén, poniéndose en manos de Dios, para elaborar así una creatividad más alta, en línea de paz.
No se trata de condenar a los soldados como personas, pues ellos son un signo y expresión del conjunto social y, en principio, no son más violentos que otros ciudadanos, sino de rechazar la política de conquista y defensa militar que hoy se practica en el mundo. No basta con hacer que el ejército se ponga servicio de la paz, como los Cascos Azules de la ONU (que realizan una buena tarea, en un momento, pero que, al final acaban siendo ineficaces), sino de abandonar la estrategia de las armas y de las instituciones militares, vinculadas al sacrificio, esclavitud y cautiverio de gran parte de la población actual.
Durante siglos y siglos, los cristianos hemos estado vinculados al ejército, dentro de una iglesia cuya política se ha inscrito en el contexto de unos pactos políticos y militares, de manera que ella misma (el Vaticano) ha tenido y sigue teniendo su ejército simbólico (la Guardia Suiza). Hemos aplicado el evangelio a “las almas”, es decir, a la vida interior, pero, en lo exterior, nos hemos adaptado a la sociedad establecida. Pues bien, en contra de eso, ahora debemos salir fuera el espacio militar de los estados y poderes políticos, no para luchar contra ellos (ni para condenarlos sin más), sino para ofrecer un testimonio y ejemplo más alto de humanidad, como ha dicho el Vaticano II que defiende, aunque con miedo, la objeción de conciencia (Gaudium et Spes 78-79).
8. Educar en la justicia. Un tren-escuela de la paz
En el momento actual (2010), la pedagogía para la paz se encuentra en fuerte crisis,, en una situación que para muchos resulta esquizofrénica: afirmamos que se debe educar en la paz a los que nacen, pero, al mismo tiempo, el conjunto de la sociedad les prepara más bien para la guerra, es decir, para un tipo de violencia. Pues bien, es hora de que recuperemos desde Jesús la mejor tradición israelita de la paz: “No se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 2-4).
Son muchos los que hablan de paz, pero lo hacen desde el Tren de Primera de la ONU o de las multinacionales, mientras los trencitos de los pobres no logran llegar a su meta. Ciertamente, debemos desear la buena marcha de ese tren (o transatlántico de lujo) donde van los dignatarios de la tierra discutiendo sobre aquello que sería mejor para el sistema y redactando hermosos discursos sobre La Paz Posible. Pero la verdadera paz no se consigue desde arriba, sino en eso que podemos llamar “el tren de segunda de los voluntarios de la paz”.
Éste es el tren de la “gente” que quiere iniciar una alternativa de paz, desde fuera de las redes del sistema, volviendo así a las bases de la humanidad. Sin duda, entre esa “gente de paz” hay personas de muy diverso tipo, incluso algunos que se suman por pura conveniencia, siendo de hecho enemigos de la paz. Pero hay también muchísimos buscadores sinceros, en la línea de aquellos que escuchaban y seguían a Jesús, con los insumisos a los que se dirige el autor del Apocalipsis.
En esta línea, siguiendo el ejemplo de Jesús, la Iglesia no debe educar para la paz desde arriba, formando buenos dirigentes de sistema (que son necesarios en un plano), sino que ha de ofrecer el testimonio de paz de su gente, de un modo gratuito, desde abajo (desde los niños) invitando a todos a que vengan al tren/escuela de la paz, con su proyecto y camino de alianza universal
En un momento dado, muchos israelitas habían pedido a Dios que les ayudara a ganar la Guerra Santa y así luchaban, confiando en la victoria. Pero los grandes profetas descubrieron que sólo Dios (gratuidad amorosa) puede salvar a los hombres, de manera que las guerras acaban siendo inútiles, contraproducentes y dañinas (pues siguen dejando a los hombres en manos de su violencia). Por eso, en vez de crear buenas escuelas de guerra (academias militares, campos de entrenamiento de marines, legionarios o soldados de élite), Isaías 2, 4-5 afirma que Dios creará en Jerusalén una escuela universal de paz, para instruirnos según sus caminos, de manera que los hombres y mujeres no se adiestrarán para la guerra, sino que cambiarán las academias militares en escuela de abundancia y paz: de las espadas forjarán arados...). Eso fue precisamente lo que quiso hacer Jesús cuando subió a Jerusalén.
Aquí no podemos ser “realistas” en el sentido normal de la palabra, buscando un pacto con los poderes fácticos (capital, ejército, medios de comunicación…), como se ha venido haciendo, con resultados siempre negativos (en eso que hemos llamado el Tren Primero, de la ONU/Mercado), sino que debemos pasar de la política de pactos de interés a una alianza total, al servicio de la comunión universal.
La propuesta es muy sencilla, pues deriva del Sermón de la Montaña (Mt 5-7; Lc 6, 21-48), con las bienaventuranzas, donde se incluye la exigencia del perdón y el amor a los enemigos, pero exige una ruptura intensa respecto del orden existente. Esta insumisión que proponemos no se puede tomar como un “insulto” a los estados (que, por ahora, seguirán utilizando las armas), sino como el mayor de los favores que los cristianos pueden hacer incluso a los estados: pedirles que no sean absolutos, abriendo ante ellos, ante todos los hombres, una experiencia distinta de paz, como signo y principio de la mutación cristiana que propone Ef 2, 15, cuando anuncia y prepara la llegada de un hombre nuevo que hace la paz.
Sólo así, desde el tren de la paz, comprenderemos la pequeñez de otros problemas de la Iglesia, como pueden ser ciertas disputas clericales, que sólo se superan subiendo de nivel, dando un salto hacia la paz. Lo que importa no es teorizar discutiendo si la paz es posible, en largas jornadas de estudio, sino seguir la marcha y subirse al tren de la paz, como hizo Jesús, cuando para entrar desarmado a la Ciudad donde le esperaban entonces (como ahora) todas las disputas políticas y religiosas. Jesús subió a Jerusalén sin armas, y sin armas deben subir los cristianos, empezando por los más pequeños, anunciando y preparando la llegada del Reino de Dios, en gesto fuerte de “insumisión militar”, sin privilegios ni honores especiales.
Ésta es la raíz de la fe cristiana, ésta la ortodoxia: Creer que llega el Reino de Dios y comprometerse a recibirlo, aquí, en el centro del mundo, iniciando de manera fuerte y amorosa unos caminos de paz. No se trata de una actitud puramente testimonial y ciega, un gesto voluntarista sin ningún apoyo en la realidad. Al contrario, éste ha de ser ya, en la actualidad, un gesto muy realista al servicio de la vida, avanzando en el camino de la Paz, ante los ojos de todos.
Según eso, la Iglesia entera debe convertirse de verdad (de un modo social) al Dios de la paz de Jesús y al Jesús del Reino, subiendo sin armas a Jerusalén, en una marcha de paz que sigue definiendo la historia de los hombres y mujeres que le aman, llamándose cristianos. A Jesús le mataron en aquel intento, pero la Iglesia está comprometida a seguirle, retomando su marcha de evangelio, presentando su Tren de Paz (un camino de alianza) ante los lugares donde se decide la guerra del mundo. Lógicamente, la Iglesia debe renunciar a la protección especial que le han concedido ciertos estados, en plano económico, social y militar, renunciando incluso (y sobre todo) al paraguas protector que pueden ofrecerle los ejércitos.
9. Última estación, una marcha de justicia
Hemos llegado a la última estación y es buen momento para detenernos y mirar el recorrido de conjunto de la Iglesia. Ciertamente, ella puede y debe dirigir su palabra a los grandes del mundo como ha hecho últimamente los papas, hablando en la ONU o en los grandes foros del poder mundial. Pero su palabra propia se sitúa en la línea del testimonio de la vida, pues, como hemos dicho.
Jesús inició un movimiento mesiánico de pacificación (como alianza de paz), con un grupo de campesinos pobres, para preparar la venida del Reino de Dios. No se preocupó demasiado en precisar cómo vendría, pero anunció y anticipó apasionadamente su venida y por eso le mataron. Pues bien, para ratificar y seguir su movimiento algunos de sus seguidores fundaron la Iglesia, en la que (de un modo muy convencional, con una visión crítica) podemos distinguir cinco momentos.
Jesús no fundó la Iglesia, pero sus compañeros y amigos debieron hacerlo, para seguir anunciando y preparando la llegada del Reino, que ellos identificaron pronto con el mismo Jesús, a quien vieron como Hijo de Dios y Señor de la nueva humanidad. Nadie pensó en crear jerarquías estables, ni comunidades establecidas, como las que vinieron después, pues estaban convencidos de que el Reino iba a llegar muy pronto, pero crearon formas de comunión y comunicación, para que siguiera el mensaje y se mantuviera la esperanza, a fin de que Jesús volviera y culminara lo que había comenzado. La Iglesia quiso ser así alianza de paz mesiánica, expresada en la unión de judíos y gentiles y de todos los grupos enfrentados, en forma de comunión de amor, no de Estado, como puso de relieve el autor de Efesios (cf. Ef 2, 12-20).
Estamos en un buen momento para retomar el motivo de la autoridad de Jesús y para fijar su propuesta de paz en la Iglesia, en línea de alianza de Palabra y Vida (Eucaristía). En algunos contextos, la figura de Jesús se hallaba hipotecada por signos de poder, de manera que él mismo aparecía como gran Basileus, protector especial de los monarcas, avalando con su autoridad el poder (y violencia) de los reyes. Hoy, mientras superamos el constantinismo y platonismo antiguo, podemos y debemos volver a lo que fue su marcha de paz desde Galilea, tal como culminó “subiendo” a Jerusalén. En esa línea, para situar mejor esa etapa final del Tren de la Paz (de la Iglesia).
Lo que Jesús propuso y lo que así hemos definido como su “marcha de paz” no fue una sencilla adaptación, en el interior del sistema que había venido operando hasta ese momento, sino un mutación o cambio de nivel, de manera que, desde plano de la Vida, podrían y pueden (deben) cambiarse todas las instituciones del Sistema, de manera que al final viniera a manifestarse la verdad plena del hombre.
En contra de las estructuras de poder violento que han dominado sobre el mundo, Jesús y sus amigos establecerían (es decir: han de establecer hoy) unos grupos de amistad, esto es, de vida universal, que se extenderían (es decir, deben extenderse) desde Galilea, pasando por Jerusalén y Roma, al mundo entero (como resume en libro de los Hechos). Ellos, los discípulos mesiánicos de Jesús, desarrollarían (es decir, tenemos que desarrollar) unas formas de vida compartida que ya no se rigen por el talíón, ni por la ley de la venganza, sino por la amistad directa, en línea de comunión gratuita.
Frente al modelo actual, donde el sistema domina sobre el mundo de la vida y lo “coloniza” (esclavizando o cautivando a la mayoría de los hombres y mujeres, al servicio del mismo sistema), ha de elevarse un modelo distinto donde el mismo “amor” del mundo de la vida se expresa y expande a través de unas redes de comunicación social que están siempre al servicio de la vida. Eso significa que el verdadero cambio del sistema (de la ONU, del Mercado) no puede realizarse desde los principios del sistema (pues en ese caso siempre seguiría dominando el sistema y esclavizando a los hombres), sino que debemos hacerlo en clave de humanidad, desde el mundo de la vida, de manera que seamos nosotros, hombres y mujeres concretos, los que cambiemos en amor y pongamos al sistema a nuestro servicio, en una línea que hemos definido como insumisión creadora.
Así podemos invitar a todos diciendo: ¡Viajeros al tren! Esto se decía en otro tiempo, cuando los trenes eran aún lentos y los pasajeros se despedían sobre el andén, saludando por última vez a familiares y amigos, mientras sonaba la campana y el jefe de estación les invitaba: ¡Viajeros al tren!. Pues bien, ha llegado la hora en que todos subamos, sin que nadie quede en el andén, unidos a la marcha de paz de Jesús, tomando su tren, que es siempre el último, porque están llegando los tiempos finales, como estaban llegando cuando él subió a Jerusalén, hacia el año 30 de nuestra era.