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Dom 25.10. Mt 22, 34-40. A Dios con todo el corazón, al prójimo como a tí mismo AT y NT)

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?" Él le dijo: ""Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas."

          Amarás a Yahvé con todo tu corazón (Shema: Dt 6, 4-7).

Este pasaje retoma el sentido de la revelación de Dios como Yahvé, aquel que es el amor no sólo porque ama y libera, sino porque quiere ser amado, como fuente y sentido de todos los amores. Este pasaje es conocido como Shema  por la palabra inicial con la que se formula que significa, escucha.  El amor, como la fe nace del oído, ex auditu (Rom 10, 17-19. El homre puede amar porque ha sido antes amado por Dios, en la naturaleza y en la historia, por sus padres y sus educadores en amor.

  Escucha (=shema), Israel: Yahvé, nuestro Dios, es Yahvé Uno. Amarás a Yahvé, tu Dios,

con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

Estas palabras que yo te mando estarán en tu corazón, las repetirás a tus hijos y las dirás sentado en casa o haciendo camino, cuando te acuestes y cuando te levantes  (Dt 6, 4-7; cf. Mt 22, 34-40).

 Hay otros signos de amor, pero el más profundo es éste: Dios nos habla en amor y nosotros escuchamos, Dios nos sostiene con su voz, como presencia que nos libera, como amado que pone en movimiento, con su fuego de vida como en la zarza ardiente (Ex 3, 14). Desde ese fondo se entiende el “shema, escucha Israel, con su mandamiento originario”: Amarás a Yahvé, tu Dios con todo tu corazón/leb (con toda tu vida, con tu identidad personal), con toda tu alma/nephesh (tu impulso interior, tu respiración, tus deseos, tus impulsos interiores) y todas tus fuerzas (meodeka), tu capacidad de acción. Es decir con todas tus obras.

La vida del hombre es un despliegue de amor, que brota del corazón (lo más hondo), se expresa en el alma (voluntad/deseo) y  culmina en las acciones, obras y operaciones de la vida. Es como si Dios dijera “amadme”, quiero que me acojáis, y en mi amor encontréis vuestro camino como israelitas. Esta es la tarea de Dios, ésta su identidad: Atraer a los hombres con amor, de forma que respondamos a su vida con la nuestra, no sólo cumpliendo sus “mandamientos” y respondiendo a su impulso e inspiraciones, sino creando una forma de vida personal, social e institucional que responda a la llamada que Dios nos ha dirigido al crearnos y elegirnos como pueblo suyo.

Esta es una confesión que nos conduce más allá de todos los mandatos concretos, hasta la raíz de nuestra vida que se define como diálogo de amor. En el fondo encima de la Ley (lo que ha de hacerse) se desplega la obediencia, entendida en su sentido original como ob-audire (=escuchar con asentimiento, en griego hyp-akouein, en hebreo shemá (escuchad...), que Jesús retoma, poniendo su enseñanza a la luz del mensaje de Dt 6, 4-6, como muestra Mc 12, 28-43:

- Escucha (en hebreo shemá; en griego akoue). Este es el principio de todo amor: escuchar al otro, a los otros (padres, amigos), atender a su voz, acoge la Palabra (a diferencia de lo que sucedió en el caso de Antonio, el niño das Neves, del que he tratado en el apartado anterior). No se trata sólo de que te hablen (si no lo hacen no puedes escuchar), sino de que escuches con atención, de que no te te cierres, de qu no conviertas tu vida en espacio clausurado donde sólo se escuchan tus voces exclusivas. Antes  de todo lo que piensas y ces, de todo lo que deseas y puedes, está la llamada de Dios (y de aquellos, que te hablan): Abrirse a la voz de Dios, mantener la atención, ser receptivo ante el don de la vida; ése es el principio y sentido de toda religión y amor (mandamiento).

- El Señor, muestro Dios, es Uno. no en aislamiento sino en comunión de amor, no por soledad, sino como Palabra que está al fondo de todas las palabras, como amor de todos los amores). Dios es “uno” porque es todo amor y sólo amorPor eso, el creyente no puede perderse escuchando muchas voces y dividiéndose entre ellas, sino encontrándose a sí mismo en la voz que le ha llamado, para responder amando, no sólo a Dios, sino al prójimo, en unidad de amor, como seguiré indicando como pone de relieve Pbl Flp 2, 1-11 y Gal 3, 28

- Con todo tu corazón/alma/mente/fuerzas. Para este amor de Dios no hay medida, no hay talíón posible (¡ojo por ojo!). El amor desborda Dios los límites y leyes, es infinito en sí mismo, haciéndonos infinitos a nosotros, como Dios es infinito, en sof, sin límite alguno Quien así ama es corazón (hebreo leb, griego kardia). El hombre no se define por deseo, voluntad de poder o pensamiento discursivo. Al escuchar la voz de Dios y responderle, el ser humano es ante todo corazón: capacidad de amor, alma y poder (naphseka, me'odeka)[1]. En esa voz que escuchamos se funda nuesta alma como deseo originario y nuestra posibilidad de acción.

            Éste es el credo primero que sigue definiendo la vida cristiana. Es un credo que se expresa en un nivel exterior de cumplimiento y en un nivel interior, de unión afectiva con Dios. En esa línea, los judíos que repiten el Shema (Dt 6) y los cristianos que escuchan a Jesús (Mc 12, 28.33) se definen como aquellos que pueden amar uno por uno y todos juntos a Yahvé, Dios que es Palabra, Diálogo de amor, amándose entre sí, unos a otros, como muestra el texto siguiente.

          Amarás a tu prójimo como a ti  mismo  (Lev 19, 18) [2].

        Del shema ¡Amarás a Dios (siglo VI a.C., Dt 6) pasamos en un momento de gran crisis de Israel, a Lev 19, manual de santidad,  propio de los levitas (siglo IV a.C), que establece el mandamiento del amor al prójimo en forma de principio de refundación del pueblo como edah o comunión de personas que viven, caminan y existen al amarse mutuamente..

        Israel era entonces una comunidad amenazada no sólo por riesgos de opresión externa sino, especialmente de disolución interior. Por eso, a diferencia del Deuteronomio, centrado en la identidad de Dios (Dt 6, 5-8), el Levítico apela a la santidad y unidad del pueblo, diciendo a los israelitas, en nombre de Ddios,  que “sean santos como yo soy santo” (Lev 19, 2) y que ame cada uno a su prójimo como se ama a sí mismo” (Lev 19, 18), convirtiendo al pueblo de Israel en principio de identidad, “alma común de todos los judíos”

        Los israelitas no podían centrarse solamente en el amor de Dios, como podía indicar el shema (Dt 6, 5-8), sino en el amor al prójimo, es decir entre los miembros de la edah o comunidad del pueblo israelita. Este amor al prójimo no   sólo un principio de transcendencia religiosa, sino una forma básica de comunicación social:

        Los israelitas sólo podrán mantenerse y pervivir como pueblo de Dios si se aman unos a otros, traduciendo el amor de Dios Uno en forma de amor al pueblo unido, que por ahora parece ser sólo Israel, pero que en Jesús se abre al universo entero, a toda la humanidad.  Así ha interpretado Jesús de Nazaret este mandamiento, contra el que él ha debido oponerse, al menos de un modo implícito, como formula el evangelio de Mateo:  Habéis oído que se dice amarás a tu prójimo (plêsión, al que pertenece a tu pueblo) y odiarás al enemigo; yo en cambio os digo amad a vuestros enemigos… (Mt 5, 43).

           Ésta no es una pequeña variaante, una simple evolución, sino la mutación radical de la vida y teología israelita. Toda la visión del judaísmo se transforma, toda su legislación personal y social cambia y se reueva, al introducir esta variante de amor al enemigo. Sin duda, Israel puede seguir existiendo como pueblo, pero no como pueblo contra otros, sino entre otros y con otros, en un plano de institución social y familiar, económica y religiosa, en contra de la tendencia de separación y exclusivismo de un tipo de fariseos y esenios[3].

                    Las normas de vida del Código de Santidad (Lev 17-27) desembocan y culminan en el principio básico de Lev 19, 18b: Amarás (אָֽהַבְתָּ֥) a tu prójimo (לְרֵעֲךָ֖) como a ti mismo (כָּמ֑וֹךָ). Los judíos de la Edah o restauración de Israel formaban una comunidad amenazada de “fieles” que se unían entre sí,  insistiendo en la identificación interpersonal del grupo, de tal forma que cada uno debía amar a los restantes judíos como a miembros de su propio grupos,, pues  ellos, formaban un “cuerpo” sagrado, a diferencia (en contra de( los restantes pueblos.

                    Israel aparece así como una comunidad unida por el amor al (del) propio Dios, que se traduce en forma de amor entre los miembros del grupo, a los que cada uno debe amar como a sí mismo, rechazando u odiando a los hombres y mujeres de los restantes pueblos (enemigos), en la línea de la liturgia del Yom Kippur (Lev 16) en la que se distingue el chivo expiatorio (que muere al servicio del propio pueblo) y el chivo emisario (que puede tomarse como signo de los enemigos, expulsados y arrojados al desierto, condenados a la muerte, como veremos en cap. 5[4].         

                    Una parte considerable del mensaje y vida de Jesús ha de entenderse como interpretación universal de este principio intrajudío de: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, superando así  la línea de separación entre amigos (chivo expiatorio) y enemigos (chivo emisarios). La tradición cristiana ha sabido, desde el principio, que el Dios de Jesús, con su mensaje su vida, muerte  resurrección a favor de todos rompe la barrera entre amigos y enemigos, pues su amor y perdón se dirige a todos, superando la división entre varones y mujeres, amigos y enemigos,  judíos y gentiles  (Gal 3, 28)

                    La tradición cristiana ha seguido defendiendo sin fisuras el principio del shema (amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón). Sin embargo, ha debido   superar con toda fuerza, no sólo de una forma teórica sino práctica (social, eclesial), una visión particularista de Lev 19, 18: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, entendiendo el prójimo en sentido universal. Prójimos, destinatarios del amor de Dios en Cristo serán no sólo los “buenos· israelitas sino todos los varones y mujeres creados por Dios.

 

[1]Mc 12, 28-31), conservando esos dos términos, traducidos al griego como alma y fuerza (psychê, iskhys), añade, dianoia o mente/entendimiento discursivo, ofreciendo así una visión más amplia del ser humano. Ciertamente, somos corazón, capacidad de amor; pero corazón animado, fuerte, pensante; su ser no se puede encerrar en unos límites; no se le calcula usando coordenadas ya sabidas de antemano, sino amor y conocimiento en lo infinito.

[2] Comentarios: A. Ibañez, Levítico, Eset, Vitoria 1971; E. Cortese, Levítico, Casale Mo 1982; M. Noth, Leviticus,, Göttingen 1962; G. T. Wenham, Leviticus  Grands Rapids MI 1979.

[3] Cf. J. Vázquez, Regla de la comunidad, Estella 2000: cf. X. Pikaza, Paz y guerra en la Biblia, Santander, 2026.

[4] Los seguidores del dios bueno (Ormuz) han de amarse a sí mismos, defenderse y vincularse, en forma afectiva y “militar”, en la línea de un maniqueísmo, que se ha extendido de diversas formas en grupos marginales del judaísmo, cristianismo e islamismo posterior.

Xabier Pikaza

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