Ni dependencia ni in-dependencia, sino inter-dependencia (Julio Puente, sobre Cataluña)
He presentado varias veces en este portal las reflexiones de amigo y colega Julio Puente, profesor de literatura, gran analista político-social, que ha escrito los libros más significativos que existen en lengua castellana sobre F. Ebner, uno de los pensadores europeos más significativos del siglo XX.
Julio Puente ha publicado también un libro sobre la situación socio-económica y política de Cataluña, titulado Cataluña entre la sensatez y el delirio (Liber Factory, Madrid 2018, 348 págs.) cuya reseña ha salido también en RD, por lo que no tengo necesidad de presentarlo. Es un libro serio y sensato, escrito ciertamente desde una perspectiva (un pensador castellano, que ha vivido y enseñado en Cataluña), pero abierto al diálogo, al encuentro, a la libertad verdadera, que no es dependencia ni independencia, sino interdependencia en el respeto.
En esa línea me ha mandado (le he pedido) una reflexión más breve sobre el tema, que va en la línea de lo que yo mismo escribí en Historia de Jesús (Verbo Divino, Estella 2013), donde decía que Jesús no subió a Jerusalén para proclamar la independencia político-militar del pueblo judío (como querían los celotas), pero tampoco el sometimiento a Roma (como querían algunos de la aristocracia de Jerusalén), sino una forma nueva y más alta de plena libertad en la inter-dependencia, que va en la línea de la gratuidad y del respeto, de la libertad y la colaboración. Así decía yo en mi libro (sin pensar en Cataluña):
El triunfo de Jesús no supondría una independencia política de Israel o de su movimiento mesiánico, pues el tema de la dependencia e independencia pertenece al orden “violento” de la economía y la política, vinculada a guerras y pactos en línea de poder, pues tanto la dependencia como la independencia en línea de poder (con triunfo de Roma o de los celotas, enfrentados en la guerra del 67-70 d. C.) constituyen dos variantes de una misma violencia de base que Jesús ha venido a superar.
En este contexto debemos apelar de nuevo al tema de la “mutación” o cambio de nivel al que hemos aludido. Sabemos cómo surgen y caen los imperios, dentro de una historia fascinante de sucesión de reinos (bestias), tal como aparece, de forma clásica, en el libro de Daniel (cf. Dan 7: babilonios, persas, macedonios, sirios…). Lo que debe llegar, según Jesús, es algo distinto, no un reino como los otros, sino la superación de todos los imperios “bestiales” (¡así los presenta la Biblia Judía), con el surgimiento de reino compartido, que sea presencia gratuita de Dios, un reino donde triunfe y se expanda simplemente la verdad del hombre como gracia, la verdadera comunión, la inter-dependencia (cf. Dan 7, 13).
Lo que importa es el triunfo de la dependencia ni de la independencia, sino una inter-dependencia más honda, en la que triunfar y expandirse la mutación de Jesús, superando el nivel de los poderes militares y las imposiciones religiosas. Un evangelio que triunfara por armas o poderes “religiosos” sería una simple versión de lo antiguo. En contra de eso, el proyecto de Jesús implica una mutación en línea de gratuidad.
Esto es lo que yo decía en mi Historia de Jesús, y de un modo aún más preciso en Jesús Nazoreo, Tirant lo Blanch, Valencia 2006. Desde ese fondo quiero presentar la visión de Julio Puente, mucho más precisa, más ceñida. Julio, todo lo que sigue es tuyo. Gracias por ceder tu palabra a mi humilde portal.
Interdependencia
Julio Puente López
Llevamos demasiado tiempo hablando de separatismo y de secesionismo. Quizá ha llegado el momento de poner de relieve el valor de la interdependencia y no tanto de la independencia, un término este, por lo demás, poco adecuado en un contexto como el de Cataluña en el que no se puede hablar ni de colonización ni de conquista.
La naturaleza del hombre y de los pueblos no es existir como entidades aisladas, sino como sujetos sociales y comunitarios. Existimos como seres humanos dotados de libre albedrío, como sujetos con mayoría de edad, no como esclavos dependientes de un amo, pero existimos como personas, es decir, en relación mutua, orientados los unos a los otros, unos en relación con otros. Vivimos en sociedad y mutua dependencia.
Escribí yo en mi libro sobre Cataluña que “ninguna sociedad alcanza hoy una autodeterminación completa, pues todos somos interdependientes”. Por eso me parecía que en nuestras escuelas catalanas no se debe adoctrinar en la independencia. Y no nos interesa la nacionalidad si no es también internacionalidad, el sabernos existiendo en un entrecruce de caminos donde el intercambio y la interlocución son necesarios. Este entrelazamiento de bienes, recursos culturales, lenguas y adhesiones políticas es lo que caracteriza a las sociedades modernas. Cuando conversamos entre nosotros, en la sociedad donde la gente se encuentra y dialoga, no puede haber exclusiones ni muros. Por eso he escrito que “la escuela catalana no puede ser la escuela del nacionalismo y mucho menos del separatismo. Debe ser una escuela inclusiva en la que no se enseñe la independencia, sino la interdependencia”.
Es evidente que estas afirmaciones están lejos de hacerse desde el nacionalismo español. Todo lo contrario. Se hacen desde una actitud europeísta y mirando al futuro, desde el convencimiento de que la sociedad catalana, como el conjunto de la sociedad española, es hoy el resultado de múltiples entrelazamientos de hechos históricos, vivencias, afectos, relaciones e interacciones, con diversos orígenes y bagajes lingüísticos y culturales. Es un mestizaje fecundo y profundo, de siglos, más variado y plural culturalmente que el de otras Comunidades Autónomas, una singularidad catalana que el separatismo no tiene el derecho de ignorar ni mucho menos el derecho de destruir.
Cuando los partidos políticos secesionistas ignoran y no respetan los derechos de un parte de la población de Cataluña lo que se hace es menospreciar a esa población, no reconocer su dignidad como personas. Por eso desde un punto de vista ético es una posición que hay que condenar.
Y si atendemos a lo que comúnmente aceptamos como doctrina cristiana no podemos olvidar aquellas palabras del papa Francisco en México en 2016 cuando nos habló de “construir puentes y no muros entre los hombres”. Ni muros ni fronteras innecesarias. Recordemos también la doctrina del concilio Vaticano II sobre la comunidad humana en el capítulo II de la “Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual”. Lo más decisivo en nuestra convivencia humana no es el progreso técnico, aunque es muy importante, sino el tipo de comunidad que establecemos entre las personas, que no puede ignorar nunca el mutuo respeto de su dignidad espiritual. Las ideas supremacistas y excluyentes no tienen esto en cuenta. Olvidan lo que dice el apartado 24 de este documento conciliar al hablar de la fraternidad cristiana y del amor a Dios como inseparable del amor al prójimo.
El texto conciliar nos dice que esta doctrina hay que tenerla en cuenta por dos hechos: “la creciente interdependencia mutua de los hombres y la unificación asimismo creciente del mundo”. Y el a. 25 ahonda en este tema de la interdependencia y señala que las perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad social “proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo humanos, que trastornan también el ambiente social”.
Efectivamente nuestros egoísmos individuales acaban transformándose en egoísmos colectivos, y así olvidamos que “todo grupo social tiene que tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos”. Los derechos y las obligaciones se universalizan y no se puede excluir a nadie del bienestar común. Es la consecuencia de una “interdependencia cada vez más estrecha”, nos dice el concilio (a.26). En esa universalización del bien común, de los derechos y de las obligaciones, no hay que olvidar esta enseñanza: “El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario” (a 26).
Conviene recordar esta doctrina en unos momentos en los que algunos se empeñan en hacer valer su proyecto político por encima de las personas, cuando es al revés: las políticas de los gobiernos deben servir al conjunto de los ciudadanos, sin excluir a nadie. Esos procesos secesionistas van en contra del bienestar general. Lo había indicado ya también el concilio (a. 4): “Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la mutua interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin embargo, gravísimamente dividido por la presencia de fuerzas contrapuestas”.
Amor a la patria sí, pero sin estrechez de espíritu, mirando por el bien de todos, “de toda la familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las razas, los pueblos y las naciones” (a. 75).
Haya, pues, caridad en todo, pero sin olvidar nuestra obligación: no descuidar las tareas temporales “para lograr más justicia” (a. 35), luchar contra cualquier esclavitud social o política, respetar “bajo cualquier régimen político, los derechos fundamentales del hombre” (a. 29).
Estos derechos no los define cada ciudadano particular según su propia idea, a veces utópica, de lo que es la democracia. Tampoco los dicta un partido político o un gobierno, sino que están recogidos en las leyes y la Constituciones de los Estados de Derecho democráticos en los que vivimos. La democracia es la base, pero esta toma cuerpo en los consensos y pactos constitucionales que ningún gobierno o sector político puede ignorar en nombre de su idea particular de la democracia. El quebrantamiento y el no acatamiento de estas leyes ponen en grave peligro nuestros valores y bienes más preciados: la paz justa, el bienestar en democracia, la convivencia en libertad, nuestros derechos, nuestros bienes culturales y nuestras libertades. Ignorar la ley pone en grave peligro, en definitiva, nuestro futuro y la vida de todos. La interdependencia en una comunidad estatal que engloba otras entidades menores autónomas nos hace vivir con más bienestar y seguridad porque evita más fácilmente las luchas fratricidas. Y nos hace ser más libres, más fuertes y también, sin duda, más solidarios, más cercanos al ideal cristiano de la fraternidad universal.