La oración de Santa Teresa: Morada de Dios, Morada de los hombres

El blog de X. Pikaza
21 sep 2011 - 10:51

He presentado hace tres días algunos de los rasgos del programa de oración de Santa Teresa de Jesús, en perspectiva "feminista", superando aquella crítica famosa de los que decían: Que las mujeres hilen, no hace falta que oren.

En contra de eso, Teresa de Jesús ha querido que varones y mujeres "hilen" (pues hace falta vivir en un plano material), pero sobre todo que "oren", pues es importante vivir en un plano de conocimiento superior, es decir, de contemplación del misterio, de comunicación "mística" con Dios y con los hermanos (los restantes seres humanos).

Santa Teresa quiere que vivamos "conociendo y amando", sabiendo lo que somos, y siendo lo que sabemos, desde Cristo (en Dios). Y así ha escrito en su libro Las Moradas, uno de los libros más fascinantes de la historia universal: Un camino de búsqueda de sí, que es búsqueda de Dios y de los otros; un camino de encuentro y plenitud, para vivir en Dios, viendo en uno mismo, en amor a los hermanos.

Desde ese fondo he querido presentar aquí un sencillo comentario y esquema de Las Moradas, según un libro que he dedicado a La Oración Cristiana (Verbo Divino, Estella 2000), editado hace tiempo y nuevamente publicado (en la primera imagen va portada del libro, con los "pucheros" de la oración de Santa Teresa, como debía ser).

Quiero dedicar este post a los amigos del CITES (Centro Internacional Teresiano Sanjuanista) de Ávila, donde he estado hace unos días y donde se imparten las mejores experiencias y doctrinas espirituales de esta tierra. Entre quien quiera en su página: http://www.citesavila.org/web/es/dpto.asp?idsec=2 ; matricúlese quien pueda en sus cursos, no lo lamentará (la segunda imagen recoge la maqueta "mística" del Cites, una estrella de David, Estrella del Jesús de Teresa, una Morada de Siete Círculos, centrada en la gran "sala de encuentro" con Cristo).

Éste es un post algo largo y teórico, por eso lo dejaré colgado dos días, y aún más, si veo que hay gente que lo lee y medita

Introducción

Sólo conocemos lo que amamos; por eso contemplamos a Dios si le queremos (si le amamos) en el Cristo. La contemplación cristiana, tal como aparece en el camino de Teresa de Jesús, tiene un lugar central y dos caminos de apertura.

El lugar central lo ocupan el orante y Jesucristo:

ellos realizan la historia de su amor como un encuentro que avanza

paso a paso y que consigue ser definitivo. Por esto han nacido los

hombres, por esto se encarna y padece el Señor Jesucristo:

a fin de que puedan unirse, en gozo de

amor, para siempre.

Un camino de apertura nos lleva

hacia Dios: unidos a Jesús, podemos encontrar al

Padre y adorarle, en gesto de confianza agradecida.

El segundo camino nos lleva a los hombres: unidos a

Jesús, debemos buscar a sus hermanos más pequeños

(pobres y oprimidos) sobre el mundo, en gesto

de solidaridad y entrega redentora.

Partiendo de este fondo, he querido trazar un esquema

del libro más hondo de Teresa: el Castillo

interior o Las Moradas.

Este es un libro de camino y

encuentro: muestra el camino que el alma ha de

hacer para hallarse con Cristo, en su casa o castillo

más hondo, esto es, en la morada final del amor

donde viene a sellarse el encuentro. El libro ha trazado,

por tanto, una búsqueda doble en que actúan

Cristo y el alma, de modo que pueden hallarse y

gozar de su unión para siempre.

Por mayor facilidad, he querido reducir a cinco

las siete moradas (estadios) del camino de Teresa de

Jesús. De esa forma, unifico la segunda y tercera morada,

y después la quinta y sexta, de tal forma que obtengo un esquema

de tipo sencillo, armonioso, que puede servirnos

de base en las notas que siguen.

El primer momento (o Morada Primera = 1M) sirve de encuadre del tema:

el alma y Dios están aún separadas y lejanas.

El segundo momento (2M y 3M) marca la acción del

hombre que quiere amar a Dios en Cristo, ofreciéndole

su vida.

El tercer momento (4M) traza la gran

crisis: el alma por sí misma ya no puede descubrir y

amar a Cristo.

Por eso es necesario un cuarto momento

(5M y 6M), que marca y señala la acción

transformante del Cristo, que cambia en amor a los

hombres.

Sólo así se logra el quinto momento (7M),

que viene a sellar el encuentro, es decir matrimonio,

de Dios con el hombre.

ESQUEMA

a) Estado de caída. El hombre se encuentra perdido sobre el mundo, en actitud de olvido de Dios y lucha interhumana.

b) Acción. El orante se esfuerza por amar a Dios, en gesto activo, superando así egoísmo y violencia de este mundo.

c) Crisis. Al extremo de su acción, el hombre se descubre incapaz de seguir y realizarse: no logra amar a Dios en plenitud, no puede amar perfectamente a sus hermanos.

b’) Pasión. Dios viene como gran amigo, en Cristo, transformando con su propia acción al hombre que le acoge en actitud pasiva, receptiva. De esta forma, el hombre aprende a ser amado por Dios y por los otros hombres.

a') Matrimonio. Al fin de su camino, el hombre descubre su existencia como amor de comunión que le vincula a Dios (desposorio espiritual) y a los hermanos, en un gesto de transformación pascual.

Este esquema puede interpretarse en ritmo de

avance lineal: desde el mundo en que estamos perdidos

(1M), a través de un camino de esfuerzo y entrega

(2M y 3M), llegamos al límite humano (4M); a

partir de ese momento, actúa Dios de tal manera

que su influjo (5M y 6M) nos transforma, y así entramos

a la fiesta de bodas (7M).

Pero este mismo esquema puede interpretarse en ritmo de inclusión: no

hay avance del hombre hacia Dios, en un tipo de

línea directa que lleva del mundo a la altura divina;

hay encuentro en que influyen y vienen a unirse la

fuerza del hombre (2M y 3M) y la fuerza de Dios (5M

y 6M); al principio se hallaban distantes (1M); al fin

se han unido (7M), pasando el momento de crisis

(4M) y lucha más fuerte.

Por un lado está el movimiento del hombre, que

busca a su Dios (a Jesús) con todas las fuerzas. Por

eso supera su vieja actitud de abandono (1M) y se

entrega en las manos de Dios (2M y 3M). Por sí mismo

no puede llegar hasta el fin (4M); así acaba su

camino y ya no tiene otra salida que vivir en esperanza,

dejando que Dios mismo le transforme (5M y

6M) para el día de las bodas.

Por otro lado está el movimiento de Dios, que

sólo viene a mostrarse activamente en los momentos

finales (5M y 6M), pero que se hallaba presente

en el principio, como llamada a conversión, como

deseo de vida y plenitud para los hombres. Este es

un Dios de libertad y en libertad deja que el hombre

le busque y se realice sobre el mundo. Pero, al mismo

tiempo, es Dios de amor que va expresando su

presencia de manera cada vez más fuerte, hasta lograr

que el hombre venga a transformarse entre sus

manos (7M).

Los dos movimientos confluyen en un ámbito de

encuentro, marcado por el centro del esquema (4M).

Aquí se juntan los caminos: el proceso del hombre

que, rompiendo el cerco de egoísmo de este mundo,

viene a confiarse en manos de Dios por Jesucristo; y

el proceso de Dios que, en Jesucristo, va mostrando

su cariño y su presencia más intensa entre los hombres.

Por eso, este camino doble viene a interpretarse

como expresión de matrimonio.

Teresa quiere superar el cerco de egoísmo-lucha de este mundo (1M)

para conseguir su plenitud en el amor de Cristo esposo

(7M); por eso se aventura, va rompiendo todo

lo que oprime su existencia hasta encontrarse

libre para darse así a su esposo (4M). Por su parte, el

Dios de Jesucristo se ha encarnado en nuestra historia

porque quiere amar al hombre de manera intensa,

libre, creadora; por eso le aguarda en el camino

(4M) y le transforma con el beso de su gracia. Pero

dejemos ya el esquema general y precisemos los

momentos y rasgos de este encuentro.

1. Perdidos en el mundo

La primera morada (1M) sirve de punto de contraste

y referencia para todo el conjunto del camino.

No es aún grado de amor, ni espacio positivo de

oración. Más que morada de la casa de Dios (cf. Jn

14, 2), es «premorada»: el ámbito del mundo en el

que viven los cristianos nominales, dominados por

las luchas de la vida y los principios de egoísmo de

la historia.

Los que están en ese estado son cristianos. Ciertamente,

valoran la existencia de Dios; de alguna

forma aceptan y respetan su grandeza; intentan no

pecar, pero no buscan ni cultivan de manera consecuente

su misterio. También aceptan a los hombres,

sus hermanos, y rechazan de algún modo una violencia

generalizada; pero no se ocupan de ellos ni

les aman de manera intensa.

En este primer plano resulta más saliente la carencia

de amor hacia los otros. La falta de oración,

de encuentro con Jesús, se traduce en una forma de

existencia conflictiva donde se destacan los siguientes

elementos:

a) influye sobre todo el peso de la

hacienda, esto es, el afán desmesurado de los bienes

que convierten al hombre en un esclavo de las fuerzas

de la tierra;

b) de esa base económica proviene

la conflictividad social que se refleja en el afán de los

negocios y el deseo de vencer y superar a los demás

en los diversos campos de la vida;

c) todo culmina en un intento de autoseguridad: deseo de fundar la

vida sobre bases propias de riqueza, honor, prestigio.

El hombre vive así perdido sobre el mundo y

por eso necesita el estímulo constante de placeres

que le ayuden a vencer el miedo; tiene miedo de la

vida y por tanto apela a diversiones que le ofrecen

un olvido; está inseguro y necesita apoyarse en los

honores de la tierra.

Tales son, ordenados un poco esquemáticamente,

los términos clave que expresan la vida del hombre

perdido en el mundo, conforme a Teresa:

-- está embebido en contentos, desavenencias, honras y

pretensiones (IM 2, 12);

-- está manipulado por las

honras, haciendas y negocios (IM 2, 14);

-- le traen y le llevan los negocios, las baraterías y contentos de

la tierra (cf. 2M 1, 2).

-- La lógica del mundo le domina,

le desvía, no le deja situarse ante su auténtica

verdad y su grandeza.

Sin entrar al fondo del problema, quiero señalar

ya que Teresa es muy aguda al indicar los pecados

de matiz social que impiden encontrarse al hombre

y Cristo. Sin embargo, ella, que luego ha de poner

todo el acento de la contemplación en el despliegue

del amor a Cristo, en clave de unión matrimonial,

apenas se ha fijado en los pecados de carácter ,erótico-

sexual. Alude en general a «pasatiempos y contentos

» (cf. 2M 1, 2) que podrían estar relacionados

con el tema, pero luego no sigue en esa línea. Tenemos

la impresión de que Teresa, especialista en el

amor contemplativo, no se ha visto obligada a resaltar

los riesgos de un amor que sólo queda en

erotismo.

El riesgo que ella ha visto es más profundo: es la

falta radical de amor que, en relación con Dios, se

expresa como abandono de la vida de oración; el

hombre queda cerrado así en las fuerzas e intereses

de este mundo. En relación al prójimo, esa falta de

amor se configura como existencia conflictiva: vida

de batalla por la hacienda y los negocios (dinero y

poder). Para superar ese nivel de conflicto y cautiverio

(el hombre esclavo de sí mismo), ha formulado

Teresa su proceso de oración como despliegue

sistemático de amor en su vertiente de apertura a

Dios y hacia los hombres (cf. IM 2, 17).

El camino del amor implicará por tanto una

ruptura. Hay un primer nivel de negación: para encontrar

a Cristo es necesario superar el plano de

deseos e inquietudes de la tierra. El hombre ha de

volverse fuerte y libre, capaz de dar a Cristo y a los

hombres, sus hermanos, la energía de su amor más

hondo. Y con esto pasamos al momento siguiente

del encuentro.

2. Amor activo. Entrega del hombre

Corresponde a la morada segunda y tercera de

Teresa (2M y 3M). El hombre quiere buscar a Dios y

darle la riqueza de su amor, en Cristo, su mesías salvador

sobre la tierra. Al mismo tiempo, por el

mismo movimiento, ama y se entrega a los hermanos,

en proceso fuerte de purificación y vencimiento.

Este camino tiene dos momentos principales:

-- uno de entrega inicial, donde se ofrece a Dios sólo un

esfuerzo limitado de amor (2M),

--y otro de entrega total, donde el amante ofrece el todo (3M).

Pero en ambos casos es el hombre el que realiza su camino y

se prepara para amar, conforme a su propia vocación

humana.

Hay, como decimos, un momento de entrega inicial.

El alma busca a Dios con un deseo fuerte de

encontrarle. Por eso debe superar las servidumbres

viejas, el afán desordenado de negocios, haciendas y

contentos. Así va desplegando una potencia superior

de entrega y purificación que, sin embargo, resulta

insuficiente (2M).

Es insuficiente porque el hombre no se entrega

hasta el final. Siente la batalla de los viejos deseos

de este mundo y muchas veces cede y se doblega en

el intento. De esa forma, su camino se presenta como

lucha interna. El enemigo no se encuentra fuera.

Está ya dentro: son los principios de este mundo

que le acosan y le hostigan, que le vencen y le debilitan

muchas veces. La vida acaba siendo división,

ruptura interna.

Esa división sólo se puede superar si el hombre

asume ya la entrega total (3M), con una «determinada

determinación» de buscar a Dios y amarle siempre

y por encima de todas las cosas.

--El orante se decide en radicalidad: quiere superar todos los

otros amores de la tierra, haciendo el compromiso

de ofrecer a Dios toda su vida, por el Cristo.

--El orante se decide también en cuanto al tiempo: realiza

una entrega de amor y quiere mantenerla firme

hasta el final de su existencia.

El hombre se entrega totalmente, pero lo hace

todavía de una forma humana. Ciertamente, valora

la grandeza de Dios y quiere darle todo lo que tiene,

pero se comporta como un hombre de este mundo,

con sus capacidades y sus fuerzas. Es como una novia

que, intentando hacerse amable para el novio, le

va dando todo lo que tiene: joyas, dotes, virtudes y

valores. Le da todo, pero todavía no se pone de manera

receptiva entre sus manos. Quiere amar, pero

aún no sabe lo más grande: no se deja amar dejando

que el otro le transforme con su amor y su mirada.

Agudamente, Teresa de Jesús ha ido marcando

las imperfecciones de este amor activo.

El alma quiere a Dios; pero en el fondo «le quiere a su manera

»; intenta sujetarle a sus razones, formas y medidas.

El orante tiene discreción (3M 2, 7), no quiere

que el amor de Dios le haga cambiar de modo de

pensar y comportarse.

El orante tiene su razón en sí

(3M 2,1): sirve a Dios, pero lo hace a partir de los

dictados de su propio juicio, voluntad y pensamiento.

Jocosamente afirmará Teresa que este tipo de

personas tienen mucho seso (3M 2, 8): se sienten seguras

de su amor y quieren que Dios se someta a sus

conceptos y caprichos. Por eso van cargadas de miserias

(3M 2, 9), pues entienden el amor como ejercicio

activo, entrega personal, y no han llegado a

comprender el gran misterio de la gracia que consiste

en dejar que Dios nos ame y nos transforme a

su manera.

Este momento del amor activo (2M y 3M) es necesario,

pero sigue siendo insuficiente. No basta

que el amigo quiera prepararse y luego ofrezca sus

dones a la amiga; es necesario que escuche la llamada

de la amiga, dejando que ella le ame y cambie su

existencia. También el hombre ha de entregarse a

Dios en Cristo, ofreciéndole sus bienes y trabajos;

pero, al fin, ha de ofrecerle algo más grande, su

propia voluntad y su persona, dejando que Dios

mismo le transforme por su gracia.

En este plano del amor intenso, pero simplemente

activo, puede esconderse el más fuerte egoísmo,

como indica 1 Cor 13, 1-3. Quizá elevo las más

bellas oraciones, quizá entrego mi cuerpo hasta las

llamas, dando todos mis bienes por los otros... Pero

en todo estoy buscándome a mí mismo. Es mi propio

amor lo que pretendo, es mi oración la que despliego,

en un camino de egoísmo espiritual que es

peligroso, destructivo.

Estamos en el centro del misterio cristiano, allí

donde Pablo nos habla de la ley y de la gracia.

--Ley es todo lo que yo realizo con mi esfuerzo, como objeto

de mi propia opción y resultado de mis obras. De

esa forma puedo convertir el amor mismo en ley,

buscándome a mí mismo en el momento de la entrega:

asegurando así mi propia perfección (seguridad)

en una especie de ofrenda que en el fondo es

masoquista.

--Por eso, el verdadero amor sólo se puede

cultivar en ámbito de gracia: allí donde supero el

propio esfuerzo y vengo a situarme en manos del

amor de Dios (y de los hombres). En otras palabras:

tengo que dejarme querer, aprender a ser amado. Y

con esto hemos entrado ya en la crisis.

3. Crisis de amor. Ruptura de niveles

Este es el momento de la cuarta morada (4M),

que nos lleva hasta el lugar de cruce de caminos,

allí donde la acción del hombre que se entrega se

vincula ya a la acción de Dios que viene y nos transforma.

Hasta aquí era primordial la acción del

hombre (eso que Juan de la Cruz ha titulado noche

activa); ahora destaca el momento de pasión, en el

que Dios mismo me cambia con su gracia (esta es ya

noche pasiva).

Hasta aquí actuaba más «el natural», es decir, la

propia naturaleza humana en búsqueda de Dios.

Ahora predomina el aspecto de la gracia: el Dios de

Jesucristo sale a nuestro encuentro y nos renueva

(purifica, transforma) con la misma luz-calor de su

mirada. Hasta ahora parecía que el hombre iba sacando

el agua del misterio con su esfuerzo del profundo

pozo de la vida; ahora es el agua de Dios la

que se expande y brota por sí misma, inundando,

recreando nuestra vida (cf. 4M 2, 3-10).

Hasta ahora pretendíamos tener nuestro contento:

la misma acción virtuosa, el mismo gesto de la

entrega, suscitaba un tipo de satisfacción interior.

Así nos complacían nuestra propia bondad, nuestras

virtudes. Pues bien, de ahora en adelante sólo

nos importa el gusto de Dios: aquel sabor más alto

que Dios mismo nos ofrece en su presencia (cf. 4M 1,

4-14).

Esto significa que se ha dado un cambio de

nivel, como si hubiera cambiado el mismo centro y

eje de la vida: girábamos antes en torno a nuestra vida

personal, de un modo egoísta. Ahora, en cambio, descubrimos

al otros, nos dejamos descubrir por él, de manera que

empezamos a vivir «enamorados», poseídos por el amor,

pero de un modo personal, en liberad acompañada.

Así ponemos en manos del amor (del amigo) nuestra

propia existencia y nos disponemos a caminar

con él, dejando ya que ese camino alumbre la verdad

de mi existencia.

Este es un camino de muerte. Estar enamorado

significa colocarse en manos de otro y ofrecerle la

existencia. Soy como gusano de seda que edifica

con esfuerzo su casita (cf. 2M y 3M), y así muere

dentro de ella, para renacer ya convertido en mariposa.

Así debo morir en el camino: he de borrar mi

propio amor que era egoísta; he de romper las ataduras

que me amarran a las cosas de la tierra, en

actitud de fuerte penitencia (5M 4, 3-7). Sólo de esa

forma puedo colocarme en manos de Dios, para renacer

de una manera que yo mismo ni siquiera sospechaba

(cf. 5M 4, 6-7).

Se vinculan así enamoramiento

y muerte: muero porque estoy enamorado,

porque pongo mi existencia en manos de aquel que

me ha entregado en el camino su existencia.

A través de este ejercicio de pasividad, el alma

«queda como boba» para el mundo, permitiendo

que Dios mismo imprima en ella su sabiduría (5M

1, 4). El alma queda encandilada ante la luz de

Dios, de forma que todas sus potencias (memoria,

fantasía, entendimiento) vienen a «engolfarse» y

desfallecen, pues el mismo Dios actúa a través de

ellas (cf. 5M 1,4-5).

El amor es un encuentro transformante: Dios se

adueña de mi ser, de tal manera que ahora estoy en

él y vivo ya para los otros (cf. 5M 3, 7).

El mismo encuentro con Jesús me ha liberado del antiguo

egoísmo de la vida y ahora puedo vivir en transparencia,

abierto a los hermanos. Así descubro que

Dios se ha apoderado de mi vida, convirtiéndola en

servicio de amor hacia los hombres (cf. 5M 3,9-11).

De esa forma, aquello que podía parecer pasividad

quietista (vivo en Dios, me olvido de los otros) se

convierte en principio de una intensa actividad de

amor gratuito, dirigido hacia los otros: empiezo a

amarles ya con el amor con que Dios ama.

A lo largo de la sexta morada (6M), Teresa va

indicando algunos rasgos de este amor, interpretado

ya en nivel de desposorio: el hombre y Dios se

encuentran vinculados por el Cristo; se han dado

una palabra de amor y se preparan para el matrimonio,

en una especie de ejercicio radical de aprendizaje.

En este plano, el amor es todavía intermitente:

Dios «embiste» sólo a veces, en camino que está

lleno de sorpresas. Por eso, el hombre pierde entonces

su sentido en una especie de salida de sí o arrobamiento:

la presencia de Dios que llama al alma la

despierta, la suspende, de manera que a veces ya no

puede dominarse; por eso pierde pie y parece volar

como perdida, «embobada» en lo divino (cf. 6M 2-

5).

Como he indicado ya, este es un camino de amor

y de muerte. En el proceso de su encuentro con Dios,

el hombre se comporta como un enamorado: muchas

veces ya no duerme, se olvida de comer, pierde

el sentido. Por eso va como alterado, enajenado, soñando

entre las cosas: mira sin ver, actúa como autómata,

ignorando a veces lo que hace. Sólo una

cosa ocupa su interés: la llamada de Dios y su presencia.

Por eso olvida las restantes cosas y vive solamente

atento a la mirada, la voz y la caricia del

amado.

Quien no sepa ver las cosas, pensará que esa persona

está perdida: ha enloquecido y no comprende

lo que hace. Pues bien, en contra de eso, Teresa de

Jesús nos va mostrando la grandeza y perfección

que el hombre alcanza en ese estado: «pierde el seso»,

olvida su razón y no le importan las antiguas

discreciones (cf. 3M); sale fuera de sí mismo y deja

que el amor de Dios en Cristo venga a recrearle, en

camino de pasividad y de enamoramiento.

Esta pasividad es posible porque el hombre ha

descubierto a Dios en Cristo. Teresa ha tenido que

asentarse bien en ese fundamento: los que dejan a

Dios-hombre y buscan el amor en el vacío de un

Dios supraterreno (pura trascendencia, logos puro)

se equivocan y se pierden (cf. 6M 7-9). El amor está

encarnado, y en la carne de Jesús venimos a encontrarle.

De esa forma, este camino de contemplación

ha de entenderse como proceso de unión y comunión

con Dios por Cristo.

5. Matrimonio de amor. Contemplación perfecta

Esta es la séptima morada (7M), que Teresa de

Jesús ha presentado como meta del camino, en matrimonio

espiritual (7M 1, 2-6) o pacto en que Jesús

se ha vinculado para siempre con los hombres. Pues

bien, al llegar a este final, cuando la unión de Dios y

el hombre se ha sellado con firmeza para siempre,

descubrimos que ese mismo Dios presenta rasgos

diferentes o, mejor, complementarios.

Por un lado, Dios se muestra como esposo, como

amigo que ha entregado su vida por los hombres.

Por eso, la oración contemplativa es una especie de

diálogo entre iguales: Dios asume por Cristo nuestra

carne (vida humana), para hablarnos así de carne

a carne, de humanidad a humanidad, de amigo a

amigo.

Dios resulta de tal modo trascendente que

puede silenciar su trascendencia; renuncia ya al dominio,

a la ventaja que le da ser creador y viene a

hacerse sencillamente amigo. En este campo de

amistad, donde Jesús y el hombre pueden dialogar

ya cara a cara, ha situado Teresa el gran misterio

del amor contemplativo. Ambos a dos se miran y

contemplan, ocupado cada uno de las cosas que al

otro le interesan (cf. 7M 2, ls).

La vida es ya amistad, intercambio de amor, de voluntades:

Teresa está ocupada ya en las cosas de Dios; Cristo se ocupa

de las cosas de Teresa. En este matrimonio ya no

existe jerarquía entre los sexos (cf. Gal 3, 28). Dios

ha renunciado a su «poder» divino, para hacerse

algo que es mucho más valioso: amigo de los hombres.

Los hombres renuncian a su propia voluntad

impositiva y egoísta (cf. 2M y 3M), para dejarse así

cambiar y transformar en el amor de lo divino. La

verdad del mundo y de la historia viene a presentarse,

de esa forma, como iniciación al matrimonio:

aprendemos a vivir en gratuidad de amor, para que

el mismo amor de Dios venga a vivir ya con nosotros,

en nosotros.

Al llegar aquí, Teresa de Jesús ha destacado otro

símbolo de amor. Dios se desvela como madre que

nos da su propia vida; de sus pechos abundantes

recibimos leche, el gran amor de la existencia (7M

2, 7). Esta imagen resulta absolutamente significativa.

La tradición bíblica, asumida luego por la iglesia,

ha destacado el carácter paternal (paterno) del

misterio: Dios se manifiesta como Padre trascendente

que nos crea y nos dirige (por su ley) en la

existencia. Pero la misma tradición bíblicocristiana

ha interpretado luego a Dios con símbolos

maternos: como seno del que brota y nace toda vida;

como amor en que nosotros existimos, encontrando

así refugio a todos nuestros males.

Lógicamente, Teresa de Jesús ha resaltado el carácter femenino,

materno, de ese Dios a quien presenta como

«fuente» radical de vida (pecho en que venimos

a mamar y alimentarnos).

De esta forma se vinculan, en clave simbólica

profunda, las dos líneas del misterio y de la contemplación

cristiana.

Por una parte, debemos destacar

al Dios-esposo: es Dios amigo, distinto de nosotros;

por eso nos unimos con él en matrimonio, conservando

cada uno su propia independencia, el valor

de su persona. Si uno absorbiera al otro, cesaría el

amor, acabaría el matrimonio. De esta forma se

destaca eso que podríamos llamar la mística de la

diferencia.

Pero, al mismo tiempo, hallamos al

Dios-madre: es como mar del que proviene nuestra

vida, y nuestra vida como gota pequeña que otra

vez ha de volver al mar inmenso. En esta línea se

destaca eso que podríamos llamar la «mística de la

identificación», que introduce al hombre en Dios,

para ofrecerle allí el descanso, la verdad definitiva.

Hay un tercer símbolo que engloba, en cierto

modo, los dos anteriores: Dios aparece como Trinidad,

familia, en la que el hombre viene a introducirse,

habitando así en el mismo misterio intradivino

(cf. 7M 1, 7; 2, 9). Jesús, que aparecía como esposo/amigo,

ofrece al hombre su propia familia intradivina,

de manera que el orante se introduce dentro

de ella como nuevo miembro de «la casa». El mismo

Dios que aparecía como «madre sustentante» se

presenta así como «lugar de comunión», espacio

donde el mismo encuentro intradivino se expansiona

hacia los hombres, como indica el texto base de

Jn 17, 20-21, que Teresa tiene al fondo de todo este

discurso.

Sólo en esta perspectiva se comprende lo que

implica contemplar para Teresa. No es perderse en

Dios perdiendo así la propia identidad humana.

Tampoco es superar la historia de este mundo para

introducirse, sin imágenes ni formas ni figuras, en

el puro silencio intradivino. En ese aspecto, debemos

superar toda visión de un misticismo trascendente

(sin historia humana, sin figuras personales)

para concentrarnos plenamente en el amor de Jesucristo.

Son contemplativos los cristianos que despliegan

de manera consecuente la exigencia y gracia del

amor a Jesucristo, para traducirla así en urgencia

de amor hacia los hombres. Ellos se saben inmersos

en el mar de gracia de Dios que les sostiene y alimenta

como madre, pudiendo así nacer a la existencia

verdadera, en actitud de amor abierta hacia los

hombres. Con hondura que resulta todavía nueva y

sorprendente, Teresa de Jesús ha interpretado ese

camino de amor contemplativo en clave de amor

interhumano (7M 4). Así confluyen y se juntan los

oficios de María (amor a Dios) y Marta (servicio a

los hermanos).

Procediendo de su fuente maternal (Dios como

madre de pechos abundantes), el amor contemplativo

se traduce en forma de unión matrimonial y

solidaridad fraterna. Estos son los modelos que Teresa

ha conocido y que presenta al final de su camino:

el modelo de amor de los esposos, que ahora son

una expresión y sacramento del amor en que se encuentran

vinculados los hombres entre sí y el mismo

Dios con todos ellos, por medio de Jesús, que es

el amigo universal, escatológico; el modelo del

amor fraterno, simbolizado ya en el gran misterio

trinitario de la familia de Dios que se ha expandido

hacia los hombres.

El contemplativo es, según esto, un hombre de

familia que traduce la hondura de su amor a Dios en

clave de amor a los hermanos: hombre que sabe

amar y ser amado, traduciendo la aventura de su

encuentro religioso en aventura siempre nueva y

siempre creadora de amor hacia los hombres.

Este amor interhumano viene a interpretarse en clave de

servicios (como sabe Mt 25, 31-46 y 7M 4, 5-9); pero

se trata de un servicio que no puede cerrarse en las

necesidades materiales (agua, pan, vivienda), sino

que ha de asumir al hombre entero, con todos sus

problemas afectivos, sociales, culturales.

En este aspecto, y destacando el carácter circular (inclusivo)

del discurso de Teresa de Jesús, debiéramos volver

de nuevo a la primera morada (1M). Los hombres

se encontraban allí en campo de lucha, enfrentados,

divididos por la hacienda, honra y contentos

de este mundo. Pues bien, desde el final de ese camino,

pudiéramos decir: será contemplativo quien

consiga invertir aquel estado, viviendo ya en amor,

en servicio a los demás y gozo compartido entre todos

los hermanos.

APLICACIÓN

• Destacar la unión entre lo activo y lo pasivo. La vida

es camino que nosotros realizamos; por eso, la misma

búsqueda de Dios implica una «determinada determinación

» de ponerse a su servicio. Pero, al mismo tiempo, la

vida es un camino que Dios va realizando en nosotros;

por eso es necesario que aprendamos a «dejarnos querer»

(por Dios y por los hombres). Este ejercicio de pasividad

(dejarse amar) es elemento principal de todo el proceso

contemplativo.

• Destacar la unión entre amor a Dios y amor al prójimo.

Como presupone el desarrollo precedente, los «grados

de amor a Dios» se vienen a expresar ya como «grados

de amor hacia los hombres». Eso significa que debemos

fijarnos bien en eso que pudiéramos llamar mística

de amor interhumano: la purificación del corazón y de la

mente en el amor hacia los otros.

• Destacar la unión entre vida contemplativa y vida activa.

Se han solido distinguir las vocaciones a la vida activa

(servicio en el mundo) y la contemplativa (vinculada a

la clausura). Nuestro tema implica que las dos están unidas,

al menos de manera originaria. Ver cómo se implican

esos dos momentos en nuestra vida personal y en la

vida de nuestras comunidades catequéticas, sociales, parroquiales,

de base, etc.

LECTURAS

Sobre interioridad, oración de Jesús y meditación hay

ya bibliografía en temas 4, 12 y 14. Aquí destacamos el

modelo teresiano de contemplación. Bibliografía extensa

sobre el tema en T. Polo, Bibliografía teresiana: Comunidades

34-35 (1981); y IV centenario de la muerte de Sta.

Teresa de Jesús. Bibliografía teresiana (1981-1983): Comunidades

42 (1983).

T. Alvarez y J. Castellano, Teresa de Jesús, enséñanos a

orar. Monte Carmelo, Burgos 1981.

J. Arintero, Unidad y grados de la vida espiritual según Las

Moradas de Santa Teresa. San Esteban, Salamanca

1923.

N. Caballero, El camino de la libertad, V. La contemplación.

Edicep, Valencia 1979.

S. Castro, Cristología teresiana. Ed. Espiritualidad, Madrid

1978. Id., Los cristianos según santa Teresa. Ed. Espiritualidad,

Madrid 1981.

M. Herraiz, Sólo Dios basta. Claves de la espiritualidad

teresiana. Ed. Espiritualidad, Madrid 1981.

Id., La oración, historia de amistad. Ed. Espiritualidad,

Madrid 1982.

W. Johnston, El ciervo vulnerado. El misticismo cristiano

hoy. Paulinas, Madrid 1986.

L. Maldonado, Experiencia religiosa y lenguaje en Santa

Teresa. PPC, Madrid 1982.

Th. Merton, Ascenso a la verdad. Sudamericana, Buenos

Aires 1954.

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