Cazar o acoger al migrante
"No hay que cazar a nadie ni expulsar y mucho menos violentando los Derechos Humanos y el Derecho Internacional". La Fraternidad Universal es un desafío permanente al que la humanidad de todos los tiempos
En plena crisis humanitaria en Ceuta los católicos practicantes hemos leído en las iglesias de todo el país un texto del evangelio de san Mateo sorprendente, en el que el autor pone en boca de Jesús la expresión: - “no se puede echar a los perros el pan de los hijos” dirigida a una mujer extranjera. Resulta escandalosa por inhumana y por su carga de racismo. Lo que nos obliga a tratar de conocer el contexto, profundizar en el relato y llegar al mensaje que nos quiere transmitir su autor, que finalmente resulta ser todo lo contrario: acoger, acompañar y liberar al que se acerca a nosotros, sea quien sea, venga de donde venga.
El texto puede ayudarnos así a iluminar nuestra experiencia actual con las migraciones, llena de incertidumbres, de incoherencias y miedos.
Hace unas semanas pudimos escuchar otra sorprendente y escandalosa expresión contra los migrantes extranjeros: “hay que cazarlos a todos uno a uno”. Ha sido pronunciada, con rabia, por uno de aquellos parlamentarios que aplaudieron cínicamente al Papa en el Congreso. Una expresión que trata de poner a la población en contra de los miles de menores no acompañados, madres y niños que están en Ceuta pidiendo auxilio.
Los discursos xenófobos de la extrema derecha (española y europea) ponen en evidencia una peligrosa falta de responsabilidad por parte de aquellos políticos que priorizan sus intereses partidistas por encima de las personas, del derecho internacional y los derechos humanos. Expresiones como éstas no ayudan a la reflexión serena y a la búsqueda de soluciones, generan miedo, odio y violencia frente a una realidad tan importante y compleja como las migraciones. No ayudan al diálogo y los acuerdos para poner los recursos que necesitan miles de seres humanos que huyen del hambre, las epidemias, la explotación y la guerra.
Volver al Evangelio
En sus páginas no cabe buscar ninguna condescendencia con el rechazo y el desprecio a los demás y mucho menos con los más vulnerables y las víctimas de la injusticia. Mateo presenta en su relato una situación de extrema gravedad: con una hija enferma, una madre sin recursos y desesperada siente en lo profundo de su ser que (aunque no es judía, ni practica el judaísmo), Dios está de su parte y por consiguiente Jesús, si es bueno y justo como parece, debe escucharla. El relato es tan inusual que presenta a esta mujer, extranjera e insignificante, corrigiendo al mismo Jesús mientras que Él es retratado como insensible y sin ninguna empatía: se resiste a escucharla amparado precisamente en las ideas y sentimientos nacionalistas que comparte con sus discípulos y con su pueblo.
Estamos sin duda ante un magnífico relato. El autor, utiliza su destreza literaria para provocar profundamente a sus destinatarios: todos están convencidos de que pertenecen a un pueblo elegido, que la salvación de Dios les ha sido dada a ellos y a quienes renunciando a su identidad pagana se conviertan y acepten someterse a sus leyes y su religión: “pues Dios es bueno y favorece a sus elegidos” (Sabiduría, 3, 9)… y a los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, a los que guardan el sábado sin profanarlo y se mantienen fieles a mi alianza… (Isaias 56, 1. 6-7). Jesús comparte ese convencimiento: -Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Esta mujer pagana y extranjera pone en evidencia que todos estaban equivocados: Jesús tendrá que escucharla porque ha sido enviado “… para que el mundo se salve por él (Juan 3, 17); porque este es el plan de Dios y la verdadera misión de Jesús. No existe plan divino que no sea el bien de la humanidad entera: “Lo que más quiero de vosotros no son sacrificios rituales, sino que améis a Dios y a vuestro prójimo” (Oseas 6,6). El relato de Mateo es magistral: la fe de una insignificante mujer es tan enorme que consigue superar sus miedos, todos los prejuicios y todas las barreras, para conseguir lo que necesita: liberar a su hija del peligro que la acecha, del sufrimiento y de la muerte.
Presentando esta especie de “desliz” en las palabras de Jesús (“-Dios me ha enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel; no se puede echar a los perros el pan de los hijos”), Mateo consigue dirigir nuestro interés hacia lo esencial del mensaje y la actuación de Jesús. Por encima de creencias y tradiciones, de ideologías e intereses personales y nacionales, está la fe en el verdadero y único plan del Dios de la Vida: la salvación de uno por uno de todos los seres humanos, en cualquier momento y circunstancia. Ante tan grande fe y la insistencia de la mujer, Jesús actúa en consecuencia: confirma que esta es también su fe y que la mujer la posee en grado máximo: “¡Qué grande es tu fe, mujer!”, y finalmente atiende su petición: “Que se cumpla lo que deseas”. Este es el propósito de la narración: llevarnos a la fe en un Dios que salva no a unos pocos elegidos, ni siquiera a muchos, sino a todos. El bien es para todos, la vida, la salud, el bienestar, las oportunidades son para todos. Aquí y siempre.
Ningún pueblo, es merecedor de más derechos y bienestar que los demás. Pretender lo contrario es contradecir el plan de Dios. Las primeras comunidades cristianas necesitaron mucho tiempo para llegar a esta convicción (casi un siglo después de la muerte de Cristo). ¡Lo consiguieron! y esa es la fe que nos han transmitido: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3, 28). No hay que cazar a nadie ni expulsar y mucho menos violentando los Derechos Humanos y el Derecho Internacional.
Acoger, acompañar y cuidar de todos los seres humanos
Comprender, aceptar y hacer realidad la Fraternidad Universal es un desafío permanente al que la humanidad de todos los tiempos tendrá que hacer frente. Los creyentes tenemos que contribuir activamente a ello, con obras y con palabras, con humildad, con determinación y con esperanza. "Porque él es nuestra paz, de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia que les separaba.” (Efesios 2,14).
El problema de las migraciones, las crisis humanitarias, sus causas y causantes, los planes y los recursos para hacerles frente, podrán ser muy diversas y complejas en cada circunstancia y en cada momento. Ponerse de acuerdo parece imposible, miedos, dudas, manipulaciones, resistencias de todo tipo surgirán como obstáculos en el camino: Nunca ha sido fácil ni lo será ahora. Pero, ninguna de estas dificultades autoriza a nadie, ni a ningún estado, a perseguir a los migrantes abandonando el intento de buscar soluciones pacíficas y humanitarias. Al menos los cristianos debemos tenerlo meridianamente claro, a los migrantes hay que acogerlos a todos:
Primero porque antes que migrantes o extranjeros han sido y son víctimas de la opresión y las desigualdades:
Está fuera de toda duda que el colonialismo de antaño (ocupación militar y control político para extraer los recursos naturales y la explotación de la población), como el neocolonialismo que ejercen las grandes empresas y potencias extranjeras en países formalmente independientes, son las principales causas de las migraciones masivas. Tiranos y multimillonarios estrangulan las economías más pobres, mientras crecen sin límite sus beneficios y su control sobre la economía global. Y esto con luz y taquígrafos, con la pasividad de todos nosotros, entretenidos en el consumo y los beneficios del estado del bienestar.
Las crisis migratorias no surgen por casualidad, son el fruto amargo y criminal de un sistema económico global profundamente injusto. Acoger a los jóvenes y menores que huyen de la escasez de recursos en busca de empleos dignos y mejores condiciones de vida no es una opción; acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y refugiados es un auténtico deber de reparación y justicia. (Papa Francisco).
Segundo porque el futuro de la humanidad pasa por el encuentro, la justicia, la igualdad y el respeto mutuo:
Lo contrario es el caos, la destrucción y la guerra. El sálvese quien pueda es solo una quimera terrorífica y peligrosa: o nos salvamos juntos o nos hundimos todos. Las migraciones son una alerta sobre la necesidad de abandonar urgentemente la ambición y el orgullo, personal y colectivo, de dejar de matar y de destruir el planeta. Millones de personas “no aguantan más”, no soportan tanto expolio, tanta explotación y tantas desigualdades. Millones de personas prefieren morir en el intento antes que permanecer en la miseria que les impone la barbarie de nuestro sistema económico, nuestras leyes y los gestores desquiciados que tienen el poder y la gobernanza.
El futuro de la humanidad no puede estar en manos de los poderosos que sin entrañas empobrecen a los países, negocian con las armas, bombardean, destruyen y asesinan. El futuro tiene nuestros nombres y un solo camino: la justicia y la paz
Existen por todas partes “mujeres cananeas” que, sin humillarse, se acercan a pedir ayuda a quien tiene en sus manos los recursos para sanar sus males y liberarles de tanto sufrimiento. Millones de migrantes llegarán, con angustia y dolor, a pedir solidaridad y justicia, y lo harán con determinación: “Ten compasión de mí, socórreme» es ya un grito imparable. Como la mujer del evangelio no se van a detener ante la indiferencia, ni en nuestras fronteras, ni siquiera la misma muerte puede detenerlos. Estamos obligados a escuchar y atender sus necesidades, como finalmente hizo Jesús con la cananea.
El futuro de la humanidad no puede estar en manos de los poderosos que sin entrañas empobrecen a los países, negocian con las armas, bombardean, destruyen y asesinan. El futuro tiene nuestros nombres y un solo camino: la justicia y la paz. Cada cual decide en qué lado de la historia quiere estar. Perder los miedos, crear opinión, alejarse de la violencia verbal y física, participar en el cuidado de la vida y de todas las vidas, está al alcance de todos, cada cual a su nivel y en su responsabilidad.
Tercero porque todos nos merecemos un mundo mejor y más humano:
No podemos renunciar a ser personas y a transitar por este mundo con dignidad. Esconder la cabeza como avestruces o pasar nuestros días picoteando como gallinas enjauladas, no parece lo más propio de seres capacitados para volar en libertad hacia lo más alto. Europa se encamina a imitar con los migrantes lo que está haciendo en Estados Unidos: allanamientos domiciliarios, redadas, separación de familias, palizas y asesinatos. Si esta es la sociedad que queremos, nuestras aspiraciones andan muy a ras de tierra.
La defensa de los derechos humanos, la protección y el cuidado de los más vulnerables, proteger la dignidad de los demás… son caminos que embellecen nuestro ser y dignifican nuestra existencia (personal y colectiva). Podemos decidir que queremos llegar a ser (Viktor Frankl), las personas no somos solo el resultado de la biología o del ambiente que nos envuelve, todos estamos capacitados para elegir la actitud con la que construir nuestra propia historia, en cualquier situación, por difícil que sea.
Cuarto (para creyentes cristianos y católicos) porque ninguna otra cosa puede ser mayor y mejor que unirnos plenamente a Jesucristo:
Las personas migrantes, los empobrecidos y los más vulnerables, nos brindan una magnífica oportunidad y son para los creyentes el gran sacramento de unión con Cristo: Fui extranjero y me acogiste… cada vez que lo hiciste con uno de los que llegan a tus costas, a tu tierra, a tu casa… conmigo lo hiciste.
No estaremos solos, siempre surgirán profetas y libertadores, de toda lengua y nación, que alzarán su voz y entregarán su vida por el fin de tanta barbarie y por el bien de todos.
Además, los creyentes, siempre contamos con la fuerza del Espíritu vivificador del joven de Nazaret que, siendo todavía un bebé y amenazado de muerte, tuvo que migrar con sus padres a un país extranjero. Hoy sigue vivo. De nuevo crucificado en cada víctima de la opresión y de la injusticia, en cada migrante. Y vuelto a resucitar, defendiendo los derechos de los más vulnerables y sanando sus heridas. Si le creemos y le seguimos, su luz y su fuerza nos acompañarán. Cuanto todo parezca perdido, caótico o imposible, siempre nos queda el silencio, la oración y la dignidad para seguir caminando con paso firme hacia el amor más grande y universal que juntos estamos llamados a conquistar.