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Así es la 'doctrina Marimí' para las (y los) HAM

💙 LAS MIRADAS DE MARÍA Las bodas de Caná con San Francisco de Asís

¿Qué siente la mujer que un día dijo SÍ, sin conocer los mapas del dolor y de la gloria? Siente el peso sagrado de la historia temblando entre sus manos calladas.

Oh, bendita osadía de la Madre, intercesora de los olvidados, que con un guiño de confianza: hizo que el agua fría de nuestras miserias se encendiera en el vino nuevo de la misericordia.

💙LAS MIRADAS DE MARÍA - Las bodas de Caná con San Francisco de Asís | Alfonso Olaz OFS

  LAS MIRADAS DE MARÍA

Las bodas de Caná con San Francisco de Asís

I. El jardín de la fiesta y el agua triste

Loado seas, mi Señor, por las cosas sencillas, por la tierra polvorienta de Caná y por el murmullo alegre de las flautas que celebran el amor de los hermanos novios.

Allí está la hermanita pobre, la Virgen María, vestida de silencio y de ternura, con los ojos abiertos para ver el dolor y el corazón tan ancho como el mundo, abrazando en su pecho la fatiga de los hombres.

Nadie nota el temblor del maestresala, nadie ve la sombra que se alarga sobre las jarras de piedra vacías y mudas. Pero ella sí, atenta al latido frágil de la tierra.

A ti, mujer de las causas perdidas, a quien silencian, reducen y arrinconan, nadie te quita el pulso de la marcha: cargas a hombros el cansancio de tus hijos y alzas la mesa donde no hay pan.

Espíritu azul que apostó por los últimos, en Caná no te olvidaron, para que nosotros no lo hagamos. Tus pupilas no están presas en el vino de la fiesta ni en la risa vana de los comensales. Son dos pájaros limpios que vuelven hacia el desamparo ajeno.

Sientes la vergüenza que se acerca como una espina en el pie del caminante, y tu alma de madre, porciúncula y sagrario, se conmueve con la misma lástima con que el sol calienta las piedras del camino.

II. El eco del gran Fiat y la osadía del amor

¿Qué siente la mujer que un día dijo SÍ sin conocer los mapas del dolor y de la gloria? Siente el peso sagrado de la historia temblando entre sus manos calladas.

Aquel SÍ no era un contrato de la tierra, sino una entrega limpia al Altísimo; y ahora, en este banquete de aldea, ese mismo SÍ se vuelve espada de clemencia.

¿Cómo se atreve una criatura a cruzar la frontera del misterio y pedirle al Creador del universo que adelante la hora de su luz?

Se atreve por esa complicidad divina que une el secreto del cielo con la carne del mundo, porque el amor ignora las distancias y la hermanita de los hombres conoce los latidos de su Hijo mejor que el arroyo conoce su propia fuente.

Madre de los nadies, de los descartados, tú inspiras el temblor que mueve el mundo y empuja los designios del mismo Dios.

Te acercas sin aspavientos, con la familiaridad mansa del cordero y la claridad de quien ya no teme a nada.

Y despojada de ruido, con el pulso del alma, dejas caer el peso de tu súplica ante el Verbo: "Hijo mío, mira qué pobres son estos hombres...no tienen vino".

III. La mirada en el espejo del Verbo

Jesús la contempla. En ese cruce de luces se detiene el tiempo. El Hijo del Altísimo reconoce en esos ojos el primer hogar que tuvo sobre el polvo, el calor de la paja en Belén, el refugio oscuro de los días en Nazaret.

Y en su rostro hay un vértice de vértigo y un acto de desprendimiento puro: ella sabe que al entregarle esta necesidad humana, está empujando a su primogénito hacia los caminos polvorientos de la entrega, hacia el lagar donde su sangre será exprimida como el fruto de la vid.

Ella presiente la cruz, el madero hermano, el peso de la espina y del abandono; pero el amor es más fuerte que la muerte y su gesto no retrocede. Es una mansedumbre de agua clara que baja por el monte para calmar la sed.

IV. La orden del tesoro y el milagro del agua

Y cuando Jesús responde con la palabra alta del misterio, la Virgen no se turba. Su actitud se vuelve mansa, como la flor que sirve sin quejarse al hermano sol y a la hermana lluvia.

Se gira hacia los criados, hombres sencillos de manos ásperas, y con un ademán limpio nos quita del medio para ponernos cara a cara con Jesús, entregándonos el testamento de la gracia: "Haced todo lo que Él os diga".

Oh, bendita osadía de la Madre, intercesora de los olvidados, que con un guiño de confianza hizo que el agua fría de nuestras miserias se encendiera en el vino nuevo de la misericordia.

Supiste unirte al clamor del hambre, allí donde la angustia rompe las costuras. Madre, en ti la prisa del mundo se aquieta para aprender a mirar como tú miras.

Así canta el alma pobre y agradecida: loado seas, mi Señor, por los ojos de María, que nos enseñan a pedir con el corazón abierto, a ver al hermano que sufre en el banquete y a confiar en la hora de tu gracia, hasta que toda la tierra sea una sola fiesta y cantemos contigo, en la gran fraternidad del cielo.

Bendita seas, María, entre todas las mujeres, porque de ti también es el reino de los cielos.

Benditas sean todas las hermanas, las madres, las Marías que sostienen el mundo desde el silencio y los márgenes; benditas sean, porque en su desvelo cotidiano nace y florece el reino de los cielos

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