"Es una protesta real y como Iglesia, hemos de caminar al lado del pueblo fiel" ¡Salvemos la protesta social en Colombia!

La Iglesia que camina
La Iglesia que camina

Este 12 de mayo de 2021, será inolvidable para Colombia: se impuso la protesta pacífica, alegre y diversa. Por tanto, como Iglesia, estamos en el deber moral, social y evangélico de acoger y reforzar esta protesta social

La protesta social es un ágora, Y los pastores estamos llamados a compartir la protesta social, a protegerla y hasta promoverla. Esa será una salida para que los partidismos, las violencias y las frustraciones no sigan imperando

Esta protesta social es real, en ella están confluyendo las consecuencias de todas las lacras que cargamos por decenios, y por siglos: injusticia, desigualdad, discriminación, diversas formas de exclusión, etc.

Esta es la gran oportunidad. Al lado de todos los actores sociales propongamos la construcción de la civilización del amor

El país se debate entre ‘lo mismo de antes’ y ‘opciones tan inciertas como radicales’. El desconcierto ronda por todos lados; pues aún en la misma ciudadanía que protesta, no son tan claras las vías sobre cómo hacer efectivas muchas de las demandas que se negociarían con el ya debilitado Gobierno. Sería ingenuo pensar en una transformación social automática.

Muchos de los bautizados toman partido en medio de las manifestaciones. Algunos son frontales en demandar con nombre propio al Gobierno, y otros vaticinan una transformación abriendo paso a los ávidos políticos de oposición. Pareciera que hubiesen caído en la trampa del dualismo, la polarización o la desgraciada ruptura social.

¿Qué hay en medio de este dualismo en el que quieren encerrarnos mediáticamente? En medio esta la esperanza. La esperanza de una construcción social, anhelada, impulsada, anunciada por todos los manifestantes pacíficos de esta Colombia tricolor: cargada de riquezas humanas, biodiversas y culturales (amarillo); trazada en un horizonte celeste de porvenir (azul) y manchada por la sangre fratricida en la que algunos se empreñan en mantenerla (rojo).

Esto debería debatirse en el lugar que la Constitución le ha asignado: el Congreso de la República, -pero como allí todo huele a azufre-, y es tal su ineptitud por el peso de la corrupción, que se han escondido durante estos días debajo de las enaguas del Ejecutivo, eludiendo su responsabilidad frente al pueblo. Que la empresa privada no se haga la desentendida. Por tanto, han de ser los mismos ciudadanos quienes debamos debatirla, para consolidar la sociedad deseada, construyendo mesas de diálogo, participación y planeación, en centros educativos, salas comunales y templos.

Y en esto ¿dónde está el papel de la Iglesia? Por lo pronto, la institucionalidad eclesial ha sido llamada a jugar de garante en las futuras conversaciones, al lado de la ONU. Sin embargo ¿eso será todo? Claro que no.

La Iglesia también es comunidad: nacida en los surcos sociales, movida a ritmos culturales y sufriente con las falencias humanas de esta patria colombiana. Allí está su vocación sagrada: mantenerse unánime con el sentir social, sin agotarse entre los ‘ires y venires’ del partidismo. A veces, percibimos que, nacida en la tierra y bañada con agua del cielo, los pastores de la Iglesia no siempre sabemos cómo dejar moldear nuestro barro por manos de sus dos simultáneos alfareros: Dios y la historia humana.

Pero también se alzan voces eclesiales pidiendo la protección, el apoyo y fortalecimiento de la misma protesta social, para evitar que esta sea usurpada por las intenciones partidistas, las artimañas de la clase política, o simplemente la manipulación mediática arrodillada ante los poderes económicos.

Por tanto, podemos decir que sí hay una conciencia de creyentes, - no solo de católicos- que busca preservar la protesta social de todos aquellos demonios que la asechan. Pero necesita del apoyo de sus pastores. Pues, defender la protesta social y fortalecerla, nos sacará de la trajinada y malqueriente polarización, cuya eterna desgracia consiste en dividir para gobernar y someter.

Los políticos que gobiernan desde hace décadas parecieran seguir ignorando que este tipo de manifestaciones, son claros signos de las enfermedades estructurales y políticas de nuestra Nación. Todavía algunos quieren erigirse como mesías, ignorando la importancia de la construcción colectiva, participativa y nada pasiva de toda la ciudadanía. Los pastores estamos llamado a recordar que allí hay lobos que quieren hacer presa en el rebaño.

Será un asunto de procesos transformativos de mediano y largo plazo. ¿Cómo haremos para transformar esta desigualdad estructural, que hasta se logra percibir en algunos grupos que salen a la protesta? Hay tal economía de la desigualdad, que tenemos que dudar si realmente nos estamos moviendo en una democracia, de la que a veces nos solemos jactar.

La protesta social es un ágora, un escenario, un atrio que debe hacer parte de la estructura social y eclesial, en el ambiente de desigualdad social colombiana. Y los pastores estamos llamados a compartir la protesta social, a protegerla y hasta promoverla. Esa será una salida para que los partidismos, las violencias y las frustraciones no sigan imperando. Los líderes católicos, ante todo, deben estar atentos a todo este malestar que se ha hecho evidente.

Cuando caminamos al lado de quienes protestan, percibimos diversidad de motivaciones, emociones, asociaciones espontáneas y obligaciones para con las nuevas generaciones. Algunos incluso van orando, otros llorando, otros dispuestos a la violencia, pero todos, a su manera, dispuestos a crear una nueva Nación, comenzando por establecer vínculos con quienes protestan a su lado, aunque sea la primera vez que se encuentren.

Este 12 de mayo de 2021, será inolvidable para Colombia: se impuso la protesta pacífica, alegre y diversa. Por tanto, como Iglesia, estamos en el deber moral, social y evangélico de acoger y reforzar esta protesta social. Sabemos que a muchos de los marchantes les han vulnerado sus derechos, y por eso también han manifestado con rabia su descontento, en esta desequilibrada sociedad, en la que las instituciones parecen haber olvidado su función. Esta protesta social es real, en ella están confluyendo las consecuencias de todas las lacras que cargamos por decenios, y por siglos: injusticia, desigualdad, discriminación, diversas formas de exclusión, etc.

Como Iglesia será decisivo vincularnos a lo que emerge entre nuestros fieles, porque somos ciudadanos colombianos con nuestros fieles, entre los que hay víctimas de una historia mal contada. Las protestas y manifestaciones hacen parte de la libertad de los hijos de Dios, que elevan su voz al cielo mientras la tierra gime con dolores de parto, movida por el Espíritu que nos ha llamado a ser pastores sensatos, cercanos y con olor a oveja.

Esta es la gran oportunidad. Al lado de todos los actores sociales propongamos la construcción de la civilización del amor, perfectamente integrada a los reclamos sociales, económicos, educativos, culturales, políticos humanos, de nuestra amada Colombia.

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