¡Solidaridad creativa en favor de la vida! Ante el aborto, un clero que sabe sanar

Corte Suprema
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"Los obispos de Colombia ya manifestaron en nombre del pueblo católico 'la perplejidad y el profundo dolor' ante la despenalización del aborto, por parte de la Corte Constitucional"

"¿Cómo reaccionar ante este nuevo escenario? En primer lugar, un reconocimiento de la situación de sufrimiento en torno a las condiciones en las que una mujer toma la decisión y realiza un aborto"

"Maltratar, condenar y exiliar a una mujer que hoy padece el dolor de haber abortado no es una conducta evangélica. Nuestra misión es la acogida, el perdón, el acompañamiento"

"Ante la sentencia de la Corte, no endurezcamos nuestro rostro, ni nuestro corazón… En adelante, cuando las palabras 'aborto' y 'clero', estén en una misma frase, ya no mediará el verbo ‘condenar’, sino el verbo 'sanar'"

Los obispos de Colombia ya manifestaron en nombre del pueblo católico “la perplejidad y el profundo dolor” ante la despenalización del aborto, por parte de la Corte Constitucional, este frío y oscuro 21 de febrero.

¿Cómo reaccionar ante este nuevo escenario? ¿Organizar manifestaciones públicas en contra de esa Corte que parece solo saber legislar para la muerte (eutanasia, aborto, etc.)? ¿Alistar sermones incendiarios desde los púlpitos parroquiales? ¿Escribir columnas contra nuestros jueces por su falta de sabiduría y su evidente ignorancia sobre el valor de la vida humana? Todo eso ya se ha hecho; y aquí estamos. Tal vez esa no ha de ser la ‘primera línea del clero’.

Como los mismos obispos lo han manifestado, en perfecta comunión con la mirada del papa Francisco, debe haber, en primer lugar, un reconocimiento de la situación de sufrimiento en torno a las condiciones en las que una mujer toma la decisión y realiza un aborto: “Reconocemos que, en no pocas ocasiones, la realidad del aborto responde a dramas humanos que acarrean múltiples dificultades y angustias para la madre y su entorno, especialmente cuando el embarazo es consecuencia de violencia sexual o se debe afrontar en condiciones de abandono, exclusión o penuria económica. Así, ha hecho bien la Conferencia Episcopal: luego de manifestar su dolor por la decisión, vuelven la mirada hacia el drama de muchas mujeres.

En verdad, lo primero que estamos llamados a hacer como pastores y sacerdotes entre el cielo y la tierra, siguiendo la vocación evangélica de la Iglesia, -que no es enarbolar las banderas de una moral o elevar discursos de condena a diestra y siniestra-, es recordar nuestra misión misericordiosa, amorosa, sanadora. Y ahí aparece nuestro rostro de ‘Alter Christus’. Si seguimos creyendo que lo primero que necesitamos es saber preparar un buen discurso contra aquellos que no viven nuestros valores, estamos equivocados. Lo primero que ha de emerger es nuestro talante de artesanos de la vida: desarrollar el arte de cuidar, como signo y capacidad de aquellos que hemos sido amados y mirados con misericordia por Aquel que, desde la cruz, nos enseña el arte de amar.

Maltratar, condenar y exiliar a una mujer que hoy padece el dolor de haber abortado no es una conducta evangélica; sería la misma muestra de insensibilidad que han manifestado los jueces que han dictado la vergonzosa sentencia que reza: “Conducta del aborto solo será punible cuando se realice después de la vigésima cuarta (24) semana de gestación y, en todo caso, este límite temporal no será aplicable a los tres supuestos fijados en la Sentencia C-355 de 2006”. Nuestra misión es la acogida, el perdón, el acompañamiento, la sanación e incorporación a la comunidad de aquellos que se saben amados por el Juez Misericordioso. Ante una sentencia vergonzosa de la Corte, un bálsamo amoroso del Clero y de todo el Pueblo de Dios.

Pero también, así como son válidas las palabras de los obispos recordando que “la reivindicación de un derecho deja de ser legítima si implica negar o atropellar los derechos de otro ser humano, en condiciones de indefensión y vulnerabilidad…” También la reivindicación de la misión que tenemos de anunciar el Evangelio de la Vida, pierde coherencia si nos dedicamos a condenar a quienes por motivos que no estamos llamados a juzgar, se acercan a la Iglesia buscando una mano bondadosa, sanadora y capaz de cuidar a la oveja que ha quedado herida, porque a la que ya ha se le ha dado muerte, la ponemos en las manos de Dios con las liturgias que se ofrecen por los no natos.

"El problema del aborto no puede limitarse solo a la mujer gestante, sino que reclama la solidaridad de la entera sociedad"

En la Iglesia no hay discriminación de personas. La Iglesia no es neutra, ha optado por el amor, la justicia y la salvación de todos. Pues a nosotros no nos guía la incoherencia de la Corte que llega a “sostener que los derechos a la vida y a recibir la protección del Estado, amparados por la Constitución (cf. art. 2. 5. 9), no cobijan (al ser humano) desde el momento de su concepción, (porque) es una afrenta a la dignidad humana”. No. Esa incoherencia no puede aparecer entre nosotros: pues estamos llamados siempre a acoger al pecador, aunque no al pecado, porque ciertamente “el aborto directo es un acto inmoral y una práctica violenta contraria a la vida”; eso no cambiará jamás en la mirada de la Iglesia; pero nuestra primera mirada es la de la misericordia.

Los obispos, dicen, además: “Ante la vía abierta por la Corte, nos preguntamos entonces si no habría otros caminos que permitieran salvaguardar la vida de las madres junto con la de sus hijos todavía no nacidos”. ¡Eso es coherencia! Es una mirada más amplia que la aquellos movimientos que supieron influir con su lobby sobre la politizada Corte. Los obispos piensan en el bien de todos: la vida naciente, la madre, la familia, la comunidad y la cohesión de la Nación. Esa es la mirada y el corazón de los pastores: las armas del clero contra la ley del aborto son la misericordia, el amor y el arte de cuidar. Pues ciertamente: “El problema del aborto no puede limitarse solo a la mujer gestante, sino que reclama la solidaridad de la entera sociedad”.

Ante la sentencia de la Corte, no endurezcamos nuestro rostro, ni nuestro corazón; ya lo sabemos por experiencia propia: más evangeliza una acogida amorosa, que un odioso rechazo. Y, claro, la invitación no es solo para el clero, ni para el pueblo cristiano que sobrevive en medio de tantas incoherencias de políticos, legisladores y jueces: “Todos los colombianos tenemos el deber constitucional de “obrar conforme al principio de solidaridad social, respondiendo con acciones humanitarias ante situaciones que pongan en peligro la vida o la salud de las personas” como citaron los obispos invocando el artículo 95,2 de nuestra Constitución política de Colombia, que no tiene autoridad para invocar la Corte.

Bien concluyen los pastores cuando sentencian: “Ya que esta virtud permite crear alternativas de bien, allí donde el mal se enarbola como única opción, queremos ser los primeros en ayudar a encontrar la opción buena cuando el aborto parece ser la solución”.

En adelante, cuando las palabras ‘aborto’ y ‘clero’, estén en una misma frase, ya no mediará el verbo ‘condenar’, sino el verbo ‘sanar’, continuamente conjugado en la cotidianidad. Y “lo hacemos en nombre de Aquel que vino a traer vida en abundancia, con la esperanza de que también el Estado, así como todos los compatriotas de buena voluntad, no escatimarán esfuerzos para proteger y promover la vida humana, aun en las circunstancias más complejas”. ¡Solidaridad creativa en favor de la vida!

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