La Esperanza de los tres ojos del conocimiento del Monje Urbano Un contemplativo siempre vive en Adviento
El arte de la contemplación nos despierta para que, sin salir de en medio de esas realidades, encontremos en ellas la presencia sagrada, la presencia divina
| Victor Ricardo Moreno Holguín Blog Escuela de Contemplación Salmos
Un contemplativo siempre vive en Adviento. Un contemplativo siempre está a la espera, despierto, esperando. La manifestación de la Presencia divina emerge a cada instante. Sin embargo, la mayoría del tiempo estamos dormidos, porque en la mayor parte del tiempo estamos distraídos en medio de las realidades que nos rodean, en medio de los objetos, y nos perdemos entre ellos, sin descubrir en ellos la luz de la Presencia divina. El arte de la contemplación nos despierta para que, sin salir de en medio de esas realidades, encontremos en ellas la presencia sagrada, la presencia divina.
Los seres humanos, por nuestra condición dualista, solemos separar unas realidades de otras. Descubrimos a lo largo de nuestra existencia que siempre estamos pensando o imaginando que la Presencia divina está fuera de las realidades temporales: Dios en el cielo; y que las realidades temporales, -los objetos de la vida cotidiana- son otra cosa. Y por eso nos perdemos en ellos; por eso nos afanamos a poseer objetos; nos afanamos a vivir en medio de la velocidad que implica una vida que se sepa defender en medio de los objetos, y en medio de las decisiones de los seres humanos.
En esa situación, una visión dualista que separa a Dios de las realidades, hace que el ser humano ande dividido y muchas actividades decisiones de la jornada están dirigidas al cuidado de o a buscar obtener los objetos. Derrepente, en algún momento de la jornada, nos acordamos de lo divino, de la presencia divina y decimos, “voy a ir aparte a hacer un momento de oración”; y, aun así, continúa la división. La mayor parte del día perdido en medio de los objetos, y, solo, en un momento de la jornada, mi práctica orante.
El arte de la contemplación es el arte del monje. El monje que es capaz de vivir su cotidianidad en medio de las realidades temporales y descubrir continuamente en ellas la Presencia eterna de lo divino. Ese es el arte que estamos llamados a cultivar nosotros y a vivir en nuestra cotidianidad.
Todos tenemos responsabilidades en el mundo. Quienes son casados tienen la responsabilidad primera con su pareja, luego con sus hijos, luego con las otras tareas de la comunidad, de la sociedad. Estamos llamados a descubrir de qué manera emerge Dios en estas responsabilidades concretas, en mis tareas con mi pareja, con mis hijos, con el resto de mi familia, con la sociedad. ¿De qué manera emerge la presencia divina allí? Esto implica una capacidad para ver.
Hay tres ojos del conocimiento; tres ojos del conocimiento. El ojo natural: es el ojo que ve las realidades temporales; este ojo con el que descubro los colores de los objetos, con el que descubro las formas; es este ojo que puede, de algún modo, diferenciar los objetos. El segundo ojo es el ojo del entendimiento: es la capacidad de entender otras realidades que también están entre nosotros; por ejemplo, los acuerdos, las leyes, los conceptos, las ideas, pero también las emociones, los sentimientos. Y entonces yo puedo ver que hay tristeza en las personas o hay alegría o hay confusión, y puedo entender que hay problemas en mi familia, que hay problemas sociales, que hay asuntos que no se han resuelto, que aún no sabemos decidir cómo es nuestra vida; eso lo percibo con el ojo del entendimiento. Pero está también el tercer ojo, el ojo de la fe, del de la espiritualidad, de la contemplación, de la búsqueda profunda; como maestro Eckhart dice: “el ojo con el que Dios ve”. Ese tercer ojo es el que casi todo el mundo tiene apagado y es el que el contemplativo está llamado a despertar, a abrir.
¿Y cómo es ese ojo? Pues ese ojo ciertamente se sirve de lo que el ojo natural ofrece: “Qué bello paisaje que yo estoy viendo en este momento delante de mis ojos”. O “qué realidad tan concreta la que estoy viendo” (de pronto, una persona herida). El ojo del entendimiento también me aporta porque al ver que este paisaje es bello, entiendo los cuidados de este paisaje o los cuidados que necesita esta persona herida. Se despierta en mí la compasión. Esos dos ojos, y lo que me aportan esos dos ojos, son base para que el tercer ojo se despierte. Y entonces no me quedo solo en la belleza del objeto o en la realidad concreta, ni me quedo solo con el entendimiento de esas realidades, sino que dentro de mí percibo que todo esto está envuelto en el Misterio.
El Misterio quiere decir que hay una realidad que está más allá de mi capacidad de entender. No es otro análisis del segundo ojo, no lo es. Porque si fuera otro análisis, seguiría todavía en el segundo ojo. Aquí se trata de permitir que el Misterio que invade las otras realidades y que me invade a mí mismo, ese Misterio se haga luz en mí. Puedo entonces no solo ver la belleza y entender por qué, sino que además descubro que ahí mismo está esta presencia que llamamos Presencia divina. La descubro. Es un despertar, es un amanecer, es el abrir un nuevo ojo. Repito, no se limita a decir, "Qué bello paisaje, ¡no! Tampoco “qué bonito lo han cuidado, qué dedicados, cómo han cuidado este jardín, ¡tampoco! Se trata de la vida divina mostrándoseme incluso a través de estos objetos y de la comprensión de lo que esa realidad me manifiesta.
Y así es también en el dolor alguien que está enfermo, un herido, y que yo comprendo que necesita de mi compasión, pero también descubro que el Misterio me habla en estas realidades, porque no hay dualidad. Del mismo modo que se me manifiesta en este bello paisaje, se me manifiesta en este herido del camino. Ahí es donde emerge y donde aparece lo que dice el Evangelio: “no sabes el día ni la hora en que él se manifiesta... Él llega en cualquier momento”. Porque se manifiesta el Misterio en cualquier instante. Para eso debo tener los tres ojos abiertos.
El contemplativo siempre vive en Adviento, siempre a la espera de esa manifestación divina que se me hace presente a los tres ojos del conocimiento
Los tres. No es negar el ojo natural, no es negar el ojo del entendimiento, sino es ir más allá de estos dos ojos. Ricardo de San Víctor lo explica además con muchos pasos. (Los invito a buscar sobre la contemplación en Ricardo de San Víctor, el gran místico de la Edad Media, de quien Dante Alighieri en la Divina Comedia dice que era “más que hombre”; porque era tal el impacto en él de la continua manifestación divina, que nos invita a cómo descubrir el ojo de la contemplación, nos invita continuamente a hacer proceso contemplativo en las realidades concretas.
Por eso es que el contemplativo siempre vive en Adviento, siempre a la espera de esa manifestación divina que se me hace presente a los tres ojos del conocimiento. También por eso nos sentamos en silencio y hacemos nuestra práctica contemplativa en un espacio de recogimiento ante una realidad simple como es una pared o el suelo, para que yo ingrese en mi capacidad de descubrir el Misterio. Las experiencias místicas lo que hacen es mostrarnos las tres vías.
Podemos explicarlo desde los cuatro cuadrantes del sistema OCON de Ken Wilber: El ojo profundo, el de la contemplación, está en la parte interior del primer cuadrante; el ojo del entendimiento está en la parte exterior del primer cuadrante, junto con el segundo cuadrante (mi relación con los demás) y el cuarto cuadrante (los acuerdos sociales) y el ojo que me va ayudando a percibir las realidades externas, temporales, que me rodean: todo lo que es la creación y la infraestructura, la detecto con el ojo natural del tercer cuadrante. Todo el tiempo puedo ver. De tal modo que la iluminación es una experiencia de estar utilizando los tres ojos en los cuatro cuadrantes. Esa es la iluminación: ver desde lo profundo hasta las realidades más superficiales y desde lo más superficial hasta su unidad con lo profundo.
Por eso nos sentamos en silencio hasta entrenar el ojo de la contemplación. Para que después, cuando levante mi mirada, y descubra las realidades que me rodean, perciba también allí, en ellas, el Misterio. ¡Vamos a la práctica!
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