Semana Panikkariana 2026
El diálogo interreligioso en Raimon Panikkar: ponencia en el Seminario Mayor
Semana Panikkariana 2026
Estamos en la Semana Panikkariana 2026. Comenzaremos no con una idea, sino con una vida. Porque lo que vamos a tratar es el fruto maduro de una existencia enteramente entregada a Cristo, y vivida hasta sus últimas consecuencias; en riesgo existencial... Raimon Panikkar fue sacerdote durante 64 años. Murió a la edad de 92. La mayoría de nosotros no llegaremos a sostener el sacerdocio tanto tiempo. Y este hombre, hijo de padre indio hindú y madre católica catalana, doctor tres veces -en filosofía, en química, en teología-, nunca dejó el altar, nunca abandonó el breviario, nunca renunció a Cristo. Y, sin embargo, escribió una de las frases más provocadoras que se han dicho en la teología del siglo XX: “Salí cristiano, me descubrí hindú, me hice budista, viví secular y regresé sin haber dejado de ser cristiano.”
Déjenla resonar un momento. No la resuelvan todavía. No busquen defenderse de ella, ni tampoco absolverla demasiado rápido. Siéntanla como lo que es: la confesión de un hombre de fe profunda, no la ocurrencia de un sincretista sin estudios. Estamos hablando de una de las mentes más privilegiadas del s. XX. Porque ahí está, exactamente, el nudo que nos convoca hoy. Ustedes están siendo formados para ser pastores en una Bogotá, Ciudad región, plural; en una Colombia donde ya no solo hay católicos y “los que se alejaron” - hay budistas practicantes, comunidades musulmanas, hinduismo devocional que llega por YouTube antes que, por ningún misionero, espiritualidades indígenas que nunca se extinguieron, y una generación entera que busca a Dios fuera de nuestros templos sin dejar de buscarlo en serio.
Y ante esa realidad, ustedes tienen dos caminos. El primero: sostener la verdad de Cristo cerrando la puerta, mirando esas tradiciones con un aire de superioridad apenas disimulado -como quien tolera al otro con un susurro en la mente: “algún día llegará a la Verdad completa, que es la nuestra”. El segundo camino es el que hoy quiero mostrarles con Panikkar: sostener la verdad de Cristo sin necesitar la superioridad. Y esto, créanme, es infinitamente más difícil, y también infinitamente más fiel al Evangelio. Panikkar no perdió la fe en el regreso a sus raíces en la India. La purificó. Y esa purificación es la que quiero ofrecerles hoy como una llave, una herramienta para su propio futuro ministerio.
Ahora bien, para entender por qué a algunos la propuesta de Panikkar que presentaré, suele resultar tan incómoda, necesitamos primero mirarnos a nosotros mismos con honestidad. Y les pido licencia para hacerlo sin rodeos, porque el amor pastoral a veces exige decir las cosas directamente. En la teología de las religiones existen, clásicamente, tres posturas: La primera es el exclusivismo: “fuera de la Iglesia visible no hay salvación”, en sentido estricto y excluyente. Casi ninguno de ustedes la sostiene ya de forma consciente -el Concilio Vaticano II, con Nostra Aetate y Lumen Gentium, la superó hace sesenta años. Así que no es ahí donde está el problema. La segunda postura es el inclusivismo: cuando decimos que las demás religiones contienen “semillas del Verbo”, son buenas, tienen valores auténticos, incluso pueden salvar - pero de manera incompleta, como una preparación, un anticipo, lo que Karl Rahner llamó “cristianismo anónimo”. Y aquí, quiero detenerme, porque esta es la postura de casi todo seminarista bien formado. Es generosa. Es respetuosa. Suena magnánima. Y, sin embargo -déjenme decirlo con cariño, pero sin suavizarlo- sigue siendo una forma refinada de aires de superioridad. Porque en el fondo dice: “los toleramos, los respetamos, incluso los admiramos, porque ya tienen en germen lo que nosotros poseemos en plenitud.” El hindú que ora ante Krishna, en esta lógica, no está dialogando con Dios desde su propio lugar legítimo -está, sin saberlo, buscando a Cristo sin nombrarlo todavía. Es una inclusión que, mirada de cerca, no deja de ser una forma de anexión. Y la tercera postura es el pluralismo mal entendido, el relativismo: es cuando se dice que “todas las religiones son caminos igualmente válidos hacia lo mismo, todas dicen básicamente lo mismo con distintas palabras, la verdad es subjetiva”. Esta es la postura que ustedes, con razón, más temen -y que con razón deben rechazar, porque diluye la identidad de Cristo hasta volverla decorativa.
Aquí está el problema real: ustedes han sido entrenados, con toda justicia, para huir del tercer camino. Pero al huir de él, muchos caen sin darse cuenta en el segundo, y llaman a eso “diálogo interreligioso” - cuando en realidad es solo un aire de superioridad con mejores modales. Escuchan al otro, sí. Pero escuchan para clasificarlo, no para dejarse interpelar por él. Miran esa tradición como un peldaño incompleto hacia la suya, no como un lugar donde Dios también habla con voz propia. Y eso, precisamente eso, es lo que Panikkar pasó su vida entera buscando desmontar -no para llevarlos al relativismo que con razón temen, sino para abrirles un cuarto camino que vamos a conocer. Un camino que sostiene la verdad plena de Cristo sin necesitar que el otro sea inferior para que Cristo sea verdadero. Eso es exactamente lo que vamos a indagar juntos a continuación.
El giro panikkariano: ni relativismo ni superioridad
Podemos preguntarnos ¿cómo sostener la verdad plena de Cristo sin que esa verdad necesite, para sostenerse, la inferioridad del otro? Para poder responder a esta cuestión se requiere de un trabajo, no solo teológico, sino filosófico y místico. Y Panikkar nos ofrece tres herramientas para responder esto. No son tres ideas sueltas -son tres movimientos de un mismo gesto contemplativo. Vayamos despacio, porque aquí es donde de verdad se juega todo lo demás.
Primer movimiento: pluralismo, no relativismo.
Hay que distinguir con precisión quirúrgica estas dos palabras, porque se confunden constantemente y esa confusión es la raíz del temor de todos ustedes y de los responsables de instituciones eclesiásticas, como los seminarios. El relativismo dice: “no existe la Verdad, solo existen verdades, todas equivalentes, todas parciales, ninguna definitiva.” Es una postura que, en el fondo, mira las religiones desde arriba, desde ningún lugar -como un observador neutro que las contempla a todas por igual sin comprometerse con ninguna. Panikkar rechazó esto explícitamente, incluso con dureza. El pluralismo panikkariano dice algo radicalmente distinto: la Verdad es real, es una, pero es tan inmensa, tan desbordante, que ningún sistema humano -ni siquiera el cristianismo, en su formulación histórica- logra agotarla en un único lenguaje. No es que las religiones digan “lo mismo con distintas palabras”. Es que cada tradición ha alcanzado, desde su propio camino, una experiencia real del Misterio que las demás tradiciones no pueden simplemente traducir ni sustituir. El pluralismo no relativiza la Verdad: relativiza nuestra capacidad de agotarla. Esa distinción es la bisagra de todo lo que sigue: uno puede creer con toda el alma que Cristo es la Verdad, y al mismo tiempo aceptar humildemente que su propia comprensión de esa Verdad -la mía, la de ustedes, la de la Iglesia peregrina- sigue siendo “camino”, no llegada.
Segundo movimiento: diálogo dialéctico versus diálogo dialogal.
El diálogo dialéctico es el que probablemente conocen mejor, porque es el que se enseña en apologética: yo tengo una posición, tú tienes otra, confrontamos argumentos, y uno de los dos -con suerte- convence al otro, o al menos gana el debate. Es el diálogo del tribunal, de la controversia. Es importante, tiene su lugar, es así, y no lo neguemos. Pero el diálogo interreligioso, dice Panikkar, no puede ser primariamente dialéctico, porque las religiones no son solamente sistemas de proposiciones que se puedan medir con la misma vara racional. Son experiencias del Misterio, articuladas en universos simbólicos distintos. Por eso propone el diálogo dialogal: aquel en el que no entro a discutir con el otro para vencerlo, sino a entrar en su experiencia, a dejarme tocar por ella, sin abandonar por eso mi propia fe. El diálogo dialogal no busca que uno gane y otro pierda. Busca que ambos salgan transformados, más cerca del Misterio que los desborda a los dos. Esto no es debilidad: es la forma más alta de caridad intelectual. Es, en el fondo, la misma lógica de la Encarnación: Dios no le impuso su lenguaje a la humanidad desde fuera -se hizo carne, entró en nuestro topos, habló arameo, comió lo que nosotros comíamos, y padeció lo que nosotros padecemos.
Tercer movimiento: la hermenéutica diatópica
Y aquí llegamos a la herramienta más refinada, la que de verdad distingue a Panikkar de cualquier ecumenismo o diálogo interreligioso ingenuo. Diatópica viene del griego: dia, a través, topos, lugar. Es la hermenéutica que reconoce que cada tradición religiosa no solo tiene respuestas distintas -tiene preguntas distintas, nacidas en “lugares” mentales y espirituales distintos, que no comparten automáticamente los mismos supuestos. Un ejemplo muy concreto, para comprender con claridad: cuando ustedes le preguntan a un hindú devoto “¿tú te salvas?”, están importando, sin darse cuenta, toda una arquitectura cristiana: -pecado original, redención, juicio, vida eterna- a una pregunta que en el universo hindú simplemente no se formula así. En el horizonte del hinduismo el moksha, la liberación del ciclo de samsara, no es una versión incompleta de nuestra salvación. Es una pregunta hecha desde otro lugar, sobre otro problema, con otras herramientas conceptuales y vitales. La hermenéutica diatópica exige que, antes de comparar, aprendamos a habitar -aunque sea provisionalmente- el topos ajeno, para no medir al otro con una regla que él nunca pretendió usar. Esto no es relativizar nuestra fe. Es, exactamente al revés, tomar en serio al otro como sujeto religioso pleno, y no como un cristiano en potencia que todavía no lo sabe. Panikkar mismo lo resumía con una imagen que a mí me conmueve profundamente: dialogar en serio con otra tradición no es como dos personas conversando desde dos orillas distintas de un río. Sino como dos personas que aceptan meterse juntas al agua, sin saber del todo a dónde las va a llevar la corriente -confiando en que es la misma agua la que las sostiene a ambas. Y con esa imagen, ya estamos listos para el paso más delicado de este encuentro: ¿qué pasa, entonces, con Cristo, en medio de ese río? ¿Se diluye? ¿Se relativiza?
Cristofanía: el corazón que se ensancha sin romperse
Hagamos un ejercicio de humildad; de esa de la que nos hablan los místicos, quienes entre más conocían el Misterio de Dios, más ignorantes se sentían. Por eso bajemos un momento la guardia intelectual. No la fe, sino la guardia, -la fe la necesitamos entera para lo que sigue-. Porque lo que voy a compartirles ahora no se recibe primero con la razón que analiza, sino con el corazón que se abre. Se los pido como quien pide permiso para tocar algo sagrado: entremos aquí de puntillas. Así como cuando anunciamos el Kerigma, que no es un asunto de análisis intelectual; es algo superior, más profundo, vital. Panikkar solía decir que la teología verdadera no se piensa solamente: se contempla. Y lo que vamos a contemplar ahora es esto: “Cristo es más grande que Jesús de Nazaret, sin que Jesús de Nazaret deje jamás de ser Cristo.” Déjenla resonar, como la primera. No la resuelvan todavía. Miren: nosotros, formados en la fe católica, tendemos a fundir en una sola realidad tres cosas que, si las distinguimos con cuidado, nos abren un horizonte inmenso. Está Jesús, el hombre de Nazaret, nacido de María, que caminó Galilea, que murió en una cruz romana bajo Poncio Pilato, y resucitó al tercer día. Historia concreta, carne concreta, nombre propio, fecha, lugar. Nadie -y menos Panikkar- pone eso en duda jamás. Ahora, está el Cristo: el Verbo eterno, el Logos por quien todo fue hecho, la Segunda Persona de la Trinidad, que se hizo carne precisamente en ese Jesús, sin residuo, sin distancia, uno con él para siempre. Esto tampoco se toca: es el corazón mismo del Credo que ustedes van a proclamar cada domingo.
Pero hay una tercera palabra, la que Panikkar se atrevió a nombrar con toda claridad: la Cristofanía. La manifestación -phaneía, epifanía, aparición luminosa- de ese mismo Misterio, del Logos eterno, actuando y revelándose también más allá de los límites históricos y culturales en que Jesús caminó por Galilea. No un Cristo distinto. El mismo. Pero desbordando los contornos históricos de su Encarnación, como la luz desborda la ventana por la que entra. ¿Es esto una novedad extraña? No. Ya san Justino mártir, en el siglo II, hablaba del Logos spermatikós -el Verbo sembrado como semilla en toda la humanidad, incluso antes de Belén, incluso en filósofos paganos que nunca oyeron hablar de Israel. Ya san Ireneo contemplaba a Cristo “recapitulando” en sí toda la historia humana, no solo la judeocristiana. Panikkar no inventa esto: lo lleva, con audacia mística, hasta sus últimas consecuencias, y le pone un nombre para nuestro tiempo; porque la consciencia humana sigue evolucionando, y en este momento necesitamos un lenguaje para el siglo XXI: Cristofanía.
Escuchen bien esta distinción, porque de ella depende todo: Panikkar no dice que Buda sea Cristo, ni que Krishna sea Cristo con otro nombre, como quien pega una etiqueta distinta sobre la misma botella. Eso sería un sincretismo barato, y él lo hubiera rechazado con la misma firmeza que ustedes. Lo que dice es algo mucho más hondo y mucho más exigente: que el mismo Misterio infinito que se encarnó plenamente, sin reservas, en Jesús de Nazaret, ha estado obrando también -de maneras que no nos toca a nosotros delimitar ni administrar- en el corazón de otras búsquedas humanas de lo Absoluto. No porque esas tradiciones "ya tuvieran a Cristo sin saberlo" -eso seguiría siendo la anexión inclusivista, a la que hicimos referencia-, sino porque el Espíritu, dice la Escritura, “sopla donde quiere” (Jn 3,8), y el Padre “no deja de dar testimonio de sí mismo” a ningún pueblo (Hch 14,17). Por eso el libro que más incomodó, y más iluminó, a la teología del siglo XX se llama “El Cristo desconocido del hinduismo”, de Raimon Panikkar. No “el Cristo ausente”. Desconocido. Presente, actuante, real -pero todavía no nombrado, todavía no reconocido con ese nombre bendito que a ustedes y a mí, nos ha sido dado anunciar. Y aquí está lo que quiero que sientan, perciban, e intuyan, no solo que entiendan (recuerden que la intuición es un conocimiento directo que no pasa por la razón, pero la incluye). Esto no empequeñece su vocación sacerdotal. La engrandece hasta el vértigo místico. Porque si esto es verdad, entonces cuando ustedes entren, algún día, a dialogar con un monje budista, con una mujer musulmana que reza cinco veces al día, con un anciano indígena muisca que todavía honra a Bachué junto al páramo de Choachí, ustedes no van a estar llevando a Cristo a un lugar donde no estaba. Van a estar reconociendo en voz alta, y anunciando con gozo, a Aquel que ya estaba ahí, obrando en secreto, esperando ser nombrado.
Ese es el privilegio sacerdotal más alto que existe: no ser los dueños de Cristo que lo distribuyen como quien reparte un bien escaso. Ser los testigos que lo señalan donde otros todavía no saben ponerle nombre. Recordemos que nadie es ‘dueño’ de Cristo. Cristo no es propiedad privada, ni si quiera de los cristianos. Panikkar lo dijo con una sencillez que, a mí, cada vez que la leo, me quiebra por dentro: “No voy a convertir al hindú al cristianismo, ni al cristiano al hinduismo. Voy a ayudar al hindú a ser mejor hindú, y al cristiano a ser mejor cristiano -hasta que, en el fondo del pozo, descubramos que bebemos la misma Agua.” Esa Agua, tiene nombre. Nosotros lo sabemos. El privilegio -y la responsabilidad- es saberlo sin necesitar que el otro se sienta pequeño por no saberlo todavía.
Implicaciones pastorales: para qué les sirve esto como futuros sacerdotes
Hasta aquí hemos subido la montaña. Ahora toca bajarla, porque toda mística verdadera -Panikkar lo repetía sin cansancio- tiene que volver a la plaza, al confesionario, al púlpito, a la catequesis del sábado con los niños de primera comunión. Si esto que hemos contemplado no cambia lo que ustedes dicen desde el altar y desde el aula parroquial, entonces no ha sido teología: ha sido solamente un encuentro más en el que nos perdemos en ideas.
Y aquí quiero ser directo, porque el amor pastoral a veces exige nombrar la herida antes de curarla. Todos ustedes han escuchado -quizás algunos ya lo han dicho- frases como estas en una catequesis, en una homilía improvisada, en una charla de confirmación: “los budistas no tienen a Cristo porque hablan del vacío”, “el Islam es una religión violenta”, “el hinduismo tiene dioses raros y supersticiones”, “eso de la meditación oriental no es de Dios”. Frases dichas, muchas veces, no por maldad, sino por la combinación más peligrosa que existe en un pastor de almas: celo sincero más ignorancia real. Se cree defender a Cristo, y en realidad solo se está exhibiendo el propio desconocimiento.
Y esto, no es un detalle menor. Es un pecado pastoral concreto, con víctimas concretas. Porque cuando un sacerdote o un evangelizador habla así desde el ambón, no solo insulta -sin saberlo- a millones de personas que buscan a Dios con una seriedad y una disciplina espiritual envidiable. También le está enseñando a su comunidad, con toda su autoridad moral, a cerrar el corazón antes de abrir los ojos. Y esa semilla, sembrada en un niño de catequesis o en un joven de confirmación, puede acompañarlo toda la vida.
Piensen en esto: ¿qué evangelizamos realmente cuando hablamos así? No evangelizamos, no anunciamos a Cristo. Evangelizamos y anunciamos nuestros miedos. Basta con escuchar las predicaciones de los pastores para saber qué miedos les falta por sanar. Y el miedo, nunca ha convertido a nadie. Solo el amor que se atreve a mirar de frente convierte. Recuerden que lo más opuesto al amor no es el odio, sino el miedo.
Entonces, ¿qué cambia, concretamente, en su ministerio, si de verdad han recibido lo que hemos contemplado hoy? Cambia, primero, cómo hablan de lo que no conocen. Si no han leído nunca el Bhagavad Gita, si no conocen la estructura del Corán más allá de los titulares de noticias, si nunca se han sentado veinte minutos en silencio junto a un practicante budista para preguntarle, con humildad genuina, “¿qué buscas cuando meditas?” -entonces, el silencio prudente es más evangélico que la crítica ligera. San Pablo, en el Areópago de Atenas, no empezó insultando a los dioses griegos. Empezó reconociendo el altar “al dios desconocido” (Hch 17,23) como un punto de partida legítimo. Ese es el modelo apostólico, no la controversia fácil. Es preocupante ver a algunos de nuestros pastores participando en encuentros interreligiosos, con una sonrisa amplia, pero lejos de cualquier acercamiento interreligioso real y sincero en su vida pastoral.
Cambia, segundo, cómo acompañan a quienes ya viven en ese cruce de caminos. Ustedes van a tener, en sus parroquias, matrimonios interreligiosos, jóvenes que practican yoga o mindfulness sin saber muy bien qué es, familias con un pariente convertido al Islam, fieles que llegan de comunidades indígenas con su propia cosmovisión intacta bajo el bautismo. Si su primer reflejo es la sospecha, esas personas se alejan de la Iglesia sintiéndose juzgadas. Si su primer reflejo es la hermenéutica diatópica que aprendimos hoy -preguntar antes de calificar, entender el topos antes de comparar- esas mismas personas descubren en ustedes un pastor que las toma en serio, y ahí, es donde de verdad se siembra la posibilidad de que un día reconozcan a Cristo con su propio nombre. La mayoría de las personas que se acercan a la Escuela .S.A.L.M.O.S., vienen de hacer esas búsquedas y terminan confesándome: “aquí he encontrado un lugar de la Iglesia donde pude hacer ‘click’ entre mis búsquedas y mi propia fe católica, pues mis párrocos no han tenido una respuesta a mis planteamientos”.
Y cambia, tercero, algo todavía más íntimo: cambia su propia oración. Porque un sacerdote que sostiene la Cristofanía no ora con menos fervor por la conversión de los demás -ora con más paz, porque ya no lleva sobre sus hombros la ansiedad de tener que derrotar al otro para que Cristo gane. Cristo ya está ahí. Ustedes solo tienen el privilegio inmenso de nombrarlo. Yo mismo, en la Escuela de Monjes Urbanos que dirijo, he visto esto muy de cerca: cuando abrimos espacio real de silencio compartido con hermanos de otras tradiciones -zen, contemplación cristiana, meditación- nadie ha salido de ahí menos cristiano. Han salido, todos, más hondamente cristianos, porque el silencio compartido no compite con Cristo: lo revela con más claridad, precisamente porque despoja al encuentro de toda soberbia. Porque Silencio y Palabra son dos los dos rostros del Misterio. Así que la pregunta que les dejo antes del cierre no es teórica, es examen de conciencia pastoral: la próxima vez que estén a punto de hacer referencia a una tradición que no conocen a fondo, ¿tendrán la humildad de callar, de preguntar, de aprender -antes de juzgar en nombre de un Cristo que, en el fondo, ya estaba ahí esperándolos?
Una invitación, no hay conclusiones
Hemos subido y bajado la montaña juntos, -tal vez por eso el Monasterio SALMOS está en una montaña. Y como toda verdadera contemplación, esto no puede terminar en un resumen. Tiene que terminar en una pregunta que cada uno se lleve a su cuarto, a su oración, a su futuro ministerio. Permítanme decirles, antes de cerrar, dónde estamos parados en la historia. No es casualidad que esta conversación ocurra hoy, en Colombia, en el Seminario Mayor de Bogotá. Ustedes están siendo formados en un país herido, cansado de una fe que muchas veces se predicó desde el púlpito con más certeza que caridad, más doctrina que encuentro. Un país donde miles de jóvenes -hijos de esta misma tierra católica- están buscando a Dios en el yoga, en el mindfulness, en el silencio de un templo zen en el barrio El Polo, en las ceremonias ancestrales de sus abuelos muiscas, precisamente porque en muchas de nuestras parroquias no encontraron espacio para el silencio, para la pregunta abierta, para el Misterio que no cabe en los espacios que ofrecemos pastoralmente.
Y aquí, quiero confesarles algo con toda honestidad sacerdotal: yo no les he hablado hoy desde la cátedra. Les he hablado desde una herida y desde una respuesta que llevo construyendo hace más de quince años. Porque un día tuve que hacerme la misma pregunta que les dejo a ustedes esta tarde: ¿puede la Iglesia colombiana ofrecer una espiritualidad tan seria, tan honda, tan silenciosa como la que la gente busca afuera -sin dejar de ser plenamente católica, plenamente fiel a Cristo? Esa pregunta, vivida y no solo pensada, es lo que dio nacimiento a la Escuela de Monjes Urbanos .S.A.L.M.O.S.. No se las presento como una institución más entre tantas, ni como publicidad de un proyecto. Se las presento como un testimonio de que esto que hoy contemplamos con Panikkar no se queda en el papel: se puede vivir. Ahí, -en el silencio compartido, en la Lectio Urbana, en el diálogo real con hermanos zen, contemplativos, buscadores sin nombre todavía- nadie ha salido menos cristiano. Todos han salido más hondamente convertidos, porque descubrieron que la fe católica, vivida en plenitud contemplativa, no le teme a ninguna otra búsqueda sincera del Absoluto. La abraza, la escucha, y desde ahí, con humildad y con gozo, anuncia el nombre de Aquel que ya estaba presente.
Y esto, es exactamente lo que Colombia necesita de ustedes. No sacerdotes que repitan certezas heredadas con miedo al que piensa distinto. Necesita pastores contemplativos: hombres capaces de sostener la Verdad plena de Cristo con tanta firmeza que ya no necesiten la inferioridad de nadie para sostenerla. Esa es la santidad madura que este tiempo eclesial le está pidiendo a su generación de sacerdotes. No es una opción entre muchas. Es, me atrevo a decirlo, la forma que la fidelidad a Cristo debe tomar en la Colombia del siglo XXI. Panikkar murió hace dieciséis años en Tavertet, en silencio, en su ermita, después de sesenta y cuatro años de sacerdocio fiel. No murió relativista. Murió más cristiano que nunca, y más universal que nunca, las dos cosas juntas, sin contradicción. Por eso, el día que murió decidí dedicarme a esto. Esa es la herencia que hoy, en esta Semana Panikkariana, les dejo en las manos. Así que no les voy a pedir que memoricen pluralismo, hermenéutica diatópica o Cristofanía para un examen académico. Les voy a pedir algo más difícil y más hermoso: que la próxima vez que estén a punto de mirar con desdén lo que no conocen, se detengan. Que hagan silencio. Y que, en ese silencio, se atrevan a preguntarse si no es Cristo mismo quien, desde ese lugar desconocido, los está esperando para ser nombrado.
Escríbanos: vivariumpanikkar@gmail.com
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