Superando espiritualidades ritualistas y dualistas
Solo una visión de unidad supera el fariseísmo
Superando espiritualidades ritualistas y dualistas
Si nuestra justicia no es superior a la de los fariseos, no conoceremos lo que es ingresar al Reino de los Cielos. Otro modo de decirlo es: si nuestras obras justas no son superiores a las de los fariseos, no conoceremos el acceso al Reino de los Cielos; o también: si las obras que realizamos como práctica religiosa profunda, no son superiores a aquellas que solo se hacen por el cumplimiento de la ley, de las normas, no tendremos el conocimiento de lo que es el acceso a la dimensión dinámica de Dios, que es el Reino de los Cielos.
Con esta insistencia, el Maestro lo que nos está diciendo es que puede ser que realicemos acciones buenas como tales, que la acción esté bien hecha, sin embargo, lo que pide es que lo que mueva mi acción, tiene que ser superior a una simple tarea hecha.
Los fariseos realizaban obras buenas. Eran personas cumplidoras de la ley. Eran personas que realizaban las tareas que se les confiaban, eran personas serias, dedicadas a cumplir las normatividades que se conocían en la vida judía. Sin embargo, parece que carecían de profundidad. Por ejemplo, cualquier ser humano puede darle de comer a un pobre: veo a una persona en la calle y le puedo dar un pan. Cualquier persona lo puede hacer. Entonces ¿qué es lo que está pidiendo el Maestro? está pidiendo que esa obra que se realiza no sea simplemente un acto externo, sino que sea un acto que compromete todo mi ser. No se trata de estirar la mano y entregar un pan. Se trata de descubrir la solidez del acto, la solidaridad del acto.
En este ejemplo de dar un pan, no se trata de que yo en la calle dí un pan a una persona que me lo pidió. Se trata de descubrir mi unidad con esa persona. De ahí viene la solidez y la solidaridad. La solidez y la solidaridad provienen de que somos uno solo. Somos uno solo. Hay una solidez unitaria entre aquel que recibe, que está necesitado, que está pidiendo, y aquel que está dando y lo que se da. Es decir, el que pide, el que da y lo que se da es uno solo, es la unidad que hay entre nosotros.
Por lo tanto, yo no doy el pan a una persona porque yo soy un buen hombre. No, no, no es porque yo soy un buen hombre. Yo doy un pan a quien lo necesita, porque él que lo necesita es parte de mí. Él y yo somos uno solo y un aspecto de mí está sintiendo hambre y yo le comparto ese pan que no es mío, sino que ha sido puesto en mis manos, porque también es de él. Es el pan de los dos. Hay una solidez, una unidad sólida entre el acto de dar, el acto de pedir, el acto de entregar, de recibir -para el ejemplo que he dado.
Somos uno, no hay ruptura. De allí la solidaridad. La solidaridad es entonces reconocer la solidez de las realidades. Todas están unidas. Yo estoy unido a aquel y a lo que doy, que no es mío, es la presencia divina que está también en él, la presencia divina que está en mí y la presencia divina que está en el don.
Y entonces voy descubriendo el dinamismo del Reino de Dios. El Reino de Dios es un dinamismo sólido donde el dar, el recibir y lo que se comparte, hacen parte de lo que somos en realidad. ¿Qué somos? presencia y dinamismo divino.
El Maestro entonces, comienza a enumerar una serie de actos que nos pide que lo realicemos teniendo una visión superior. Aquí la palabra superior cada vez la debemos entender mejor. superior quiere decir que, si bien recoge las normas propias de la ley porque es necesario cumplir las normas de la ley, si bien se trata de algo que está establecido, la visión superior es que ahora la integra a todo lo que somos y la proyecta como un acto divino, que es su punto más alto, un acto que me lleva a manifestar la divinidad del acto.
Todo lo que enumera allí el Maestro, -porque es una lista larga- en este capítulo 5, 6, 7 del evangelio de Mateo. Esa lista de acciones de los discípulos para ser verdaderamente discípulos del Maestro, lo que busca es que descubramos que no estamos haciendo lo que hacemos por cumplir una norma o unas normas, sino que estamos realizando lo que realizamos como un acto en el cual la divinidad se está manifestando. Está presente la divinidad en el otro; está presente la divinidad en el acto me está llevando a una mayor comunión con Dios. Vamos a tener presentes eso.
Por ejemplo, el texto cita mirar a una mujer con malos deseos. ¿Dónde está el punto? El punto está en que el deseo, como se tiene visto, como una búsqueda de posesión, ya está rompiendo la unidad sagrada que existe entre el hombre y la mujer. Hay una ruptura porque ese deseo de posesión ya irrumpe como un elemento que separa lo que está unido, ya está unido por la divinidad y ahora se convierte en una búsqueda, un acto de un ‘yo’ que busca poseer otro ‘yo’. Me apropio del otro y entonces ya no hay una unidad respetuosa, divina, dinámica, sino que soy yo quien posee a otro.
Por lo mismo maltratar a otro que hace parte de esa lista que podríamos encontrar en estos capítulos, maltratar a otro es lo mismo. Decirle una palabra ofensiva es lo mismo. Hay una ruptura entre mi ser y el otro. Lo ofendo con mis palabras. He roto la unidad divina que hay entre los dos. Y entonces me convierto en juez de ese otro y lo insulto. Miren hacia dónde apunta la visión superior de quien es un discípulo del Reino de Dios. La visión superior está en que ya estamos unidos, en que hay una unidad sagrada, y en que ninguna acción nuestra debe ser una acción de un yo separado del otro, sino de un yo que está unido al otro y que lo que comparte precisamente es un dinamismo divino.
Servir, hablar, ayudar. Esa práctica solo emerge cuando se conoce la unidad. Y esa unidad es la que descubrimos en la vía contemplativa
Servir, hablar, ayudar. Esa práctica solo emerge cuando se conoce la unidad. Y esa unidad es la que descubrimos en la vía contemplativa cuando descubro que yo estoy unido a toda la creación, a la naturaleza, a lo que dice la Palabra, a la luz que hay. Es cuando descubro eso. Si no he descubierto mi unidad, voy a creer que yo soy un buen hombre que le ayudo a los pobres. Cuando la realidad es que yo soy un hombre unido a los pobres y por eso comparto, porque ellos y yo somos uno; o que si yo soy un hombre unido a una persona que incluso puede ser que me haya ofendido o que haya hecho algo que no ayuda a la unidad, yo sí mantengo la visión de unidad y no voy a responder de la misma manera.
Solo quien ha visto la unidad puede perfectamente sostener esa práctica. Y eso es lo que hacemos en nuestra práctica contemplativa, buscar descubrir como Dios-Hombre-Cosmos están siempre unidos. Siempre estoy unido a la presencia divina. Soy manifestación divina. Soy hermano de toda la humanidad, no solo de algunos de mis amigos, no de toda la humanidad.
Soy uno con la creación. Soy uno con la creación y en todos mis actos evidencio esa unidad. Por eso nuestra práctica no puede ser una práctica egoísta, pensando que “yo me siento hacer mi meditación”. No. Usted no se sienta a hacer su meditación. Usted se sienta a descubrir que usted es uno con Dios, con el cosmos, con la humanidad y por lo tanto se debe a los demás.
Si hace su práctica para separarse de los demás, para mantener distancia de los demás, entonces no ha entendido esto y vale la pena seguir insistiendo. En este sentido, agradecemos la virtualidad, pero la virtualidad no puede ser el impedimento para que yo tenga prácticas de encuentro personal, presencial, con los otros. Si me separa de los otros, y ya no hago encuentro presencial. No entendí la práctica de la meditación. Ya no entendí porque me estoy separando, rompiendo la solidez y la unidad. Nos ayudamos de la virtualidad para fortalecer la unidad.
Vamos pues a nuestra práctica.
Más información: tuescuelasalmos@gmail.com
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