Comercios a la sombra de la Sagrada Familia ante el impacto de la visita papal
Los establecimientos de la calle Mallorca, junto al templo, afrontan con expectación e incertidumbre la visita del papa y las posibles restricciones de seguridad
Hay calles que son frontera. El tramo de la calle Mallorca que se extiende junto a la Basílica de la Sagrada Familia es una bisagra entre lo sagrado y lo cotidiano, entre la piedra que aspira al cielo y la caja registradora que marca el ritmo de cada jornada. Aquí, el 25 de febrero no fue un día cualquiera: la confirmación de la Santa Sede sobre la visita del papa León XIV, prevista para el 10 de junio de 2026 en el marco de su viaje a España, corrió de boca en boca como una ráfaga de verano anticipada.
En cada escaparate, la noticia se recibió con una mezcla de expectación y cautela. Porque si el templo simboliza la eternidad, el comercio vive del presente inmediato.
Azulgrana a la sombra de las torres
En la tienda oficial del Fútbol Club Barcelona, las camisetas cuelgan como estandartes contemporáneos. Las de Lamine Yamal son las más solicitadas, pero también lucen los dorsales de Pedri, Gavi o Raphinha, un reclamo constante para los turistas que quieren llevarse un pedazo de épica futbolística. El goteo de clientes es incesante, un río humano que entra y sale con bolsas blaugranas.
Bibiana Gallardo, la encargada, lleva cuatro años observando este flujo desde un punto privilegiado. Sabe que la visita papal puede alterarlo. “Se prevé que esta zona esté bastante acotada”, asegura, con el pragmatismo de quien ha aprendido a convivir con obras, manifestaciones y picos turísticos. Su preocupación no es teológica, sino logística: menos tránsito, menos espontaneidad, menos ventas impulsivas. Pero el Barça es una marca global, y confía en que la fuerza del club —que es casi una religión laica— resista cualquier perímetro de seguridad.
Entre grúas y esperanza
Unos metros más allá, Emporio Souvenirs mira directamente hacia la fachada de la Gloria, aún rodeada de obras. Rocío Chamorro, que hace 15 años llegó desde Paraguay y desde hace dos gestiona el local, habla con franqueza.
“Esperamos más gente, porque las obras en este tramo nos han provocado una disminución de clientes”, afirma. El 2026, dice, ha comenzado con una caída más acusada que otros años: las obras iniciadas en noviembre han enfriado el tránsito. Su establecimiento está justo donde, en el futuro, se extenderá la escalinata que nacerá de la basílica. Un lugar condenado a transformarse.
La visita papal es, por tanto, una promesa de repunte: “Esperamos un cierto aumento de ventas”. Pero la globalización también entra por la puerta en forma de rumores. “Los guías nos han dicho que, a raíz de las declaraciones hechas ayer por Donald Trump sobre las relaciones con España, tal vez vengan menos estadounidenses… ya veremos qué pasará”. El mundo decide, y la calle Mallorca recibe el eco.
Café, memoria y acreditaciones
En la cafetería Picasso, la memoria sabe a café recién molido. Gabriel Quesquen sirve mesas; Carlos Dávila responde desde detrás de la barra con la serenidad de quien ya ha vivido un precedente.
“Ya tenemos experiencia después de que el papa Benedicto XVI viniera en 2010”, señala el segundo. Aquellos días, recuerdan, las calles quedaron blindadas y solo podían acceder personas acreditadas. “Quizás acabemos abriendo exclusivamente para gente acreditada, como los agentes de seguridad”, expone Dávila. La información, admiten, les llega a cuentagotas: “Nos hemos enterado por la televisión”.
Son trece trabajadores —nueve camareros y cuatro cocineros— y no prevén ampliar plantilla. “Quizás haya que hacer más horas extra, pero con la experiencia de aquel año no habrá que alterar demasiado los horarios”. El recuerdo de 2010 funciona como manual tácito de resistencia.
Pero hay otra dimensión, íntima y orgullosa. Varios trabajadores son peruanos, de Chiclayo. Cuando llegue el papa, dicen, colgarán banderas y fotografías. “Tendremos muchos visitantes peruanos; un compañero nuestro tiene una abuela que lo conoció en persona”, aseguran, mientras Dávila añade una coincidencia que los emociona: el pontífice visitó una escuela, cuando era obispo, donde él había trabajado como profesor de educación física. La calle Mallorca, ese día, será también un puente con Perú.
El quiosco que resiste al tiempo
En la esquina con Marina, el quiosco de Maite Parellada es una pieza rara en un paisaje dominado por franquicias y souvenirs. Llevan 27 años allí; es la tercera generación de un negocio que comenzó la madre de su suegro. “El tiempo corre muy rápido y junio lo tenemos casi aquí”, dice Parellada.
Comparte con su marido, Joan López, la misma incertidumbre: no saben si podrán abrir el 10 de junio. “Será apoteósico”, pronostica, con una mezcla de orgullo y temor. Recuerda que su suegro abrió el día que vino Benedicto XVI. Ahora, la pregunta es si las nuevas medidas de seguridad se lo permitirán.
En su mostrador conviven turistas y gente mayor del barrio, muchos de ellos octogenarios que comentan la noticia desde el mismo 25 de febrero, cuando “fue el tema del día”. Quioscos como este casi no quedan en la zona. Son, como la basílica, testigos del paso del tiempo —pero sin grúas ni focos.
Una calle en suspenso
La visita papal promete imágenes solemnes, cámaras internacionales y un dispositivo de seguridad extraordinario. Pero antes de que lleguen los flashes, la calle Mallorca ya vive en un compás de espera. Entre la fe y el negocio, entre la incertidumbre y la esperanza, los comerciantes hacen cuentas y memoria.
Cuando el 10 de junio se levante el telón, la piedra hablará al mundo. Y, a pocos metros, detrás de cada persiana, habrá alguien tratando de conciliar la excepcionalidad con la necesidad cotidiana de seguir vendiendo, sirviendo, resistiendo.