Francesc Torralba: “Articular un discurso de esperanza razonable es hoy el ejercicio más difícil”
El pensador y escritor catalán ha recibido el Premio Josep Pla con el ensayo Anatomía de la esperanza
Francesc Torralba ha ganado el Premio Josep Pla 2026 con Anatomía de la esperanza (Destino), un ensayo que analiza el desencanto contemporáneo y defiende la esperanza como una virtud necesaria para el compromiso personal y colectivo. El libro parte del malestar social de los últimos años —marcado por el pesimismo, la sensación de callejón sin salida y la proliferación de discursos distópicos— y propone herramientas para no caer en la resignación ni en la pasividad.
Profesor universitario desde hace más de tres décadas, Torralba sitúa una parte importante de su reflexión en el ámbito educativo y en el desencanto que detecta entre los jóvenes. A partir del diálogo con pensadores como Franz Kafka, Albert Camus o Ernst Bloch, y con ejemplos históricos de transformación colectiva, el autor defiende la esperanza como un motor de acción y de cambio, lejos de cualquier optimismo ingenuo.
Pregunta. Usted ha hablado de la necesidad de reivindicar la esperanza en “contextos oscuros”. ¿Cuáles son, a su entender, los principales factores que hoy ponen más a prueba esta virtud?
Respuesta. Tanto a nivel microcósmico como macrocósmico hay muchos factores que conducen a la desesperanza, al escepticismo y al desánimo. Basta con observar atentamente cómo ha empezado el año. Hay un montón de problemas sobre la mesa que no sabemos cómo resolver y que no tienen solución a corto plazo. El ciudadano común experimenta impotencia, rabia, indignación y, finalmente, resignación.
Hacer un discurso desesperado es razonable y lógico. Lo más difícil es articular un discurso sobre la esperanza que tenga legitimidad intelectual, que sea razonable y verosímil y que no caiga en la ingenuidad, en la mirada pueril o en el optimismo de la voluntad. Eso es lo que, humildemente, intento desplegar en este libro. Solo los lectores podrán comprobar si he tenido éxito o no en este intento.
P. En Anatomía de la esperanza propone un “mapa” para orientarse en tiempos de incertidumbre. ¿Cuál sería el primer paso imprescindible para no caer en el desencanto o la indiferencia?
R. La memoria histórica, la mirada retrospectiva que nos recuerda que toda realidad, como decía Ernst Bloch, va precedida por un sueño. Los derechos que hemos conquistado —y que hoy están amenazados por todo tipo de poderes fácticos y políticos— son el resultado de las luchas de las generaciones que nos han precedido.
P. Esa mirada atrás, ¿de qué manera puede activar el compromiso presente?
R. Si miramos atrás, vemos que hemos alcanzado una serie de bienes tangibles e intangibles como sociedad que nos impulsan a seguir luchando. Hay que recordar cuál era la situación de los niños, de las mujeres, de los trabajadores, de las personas con discapacidad, de los mayores o de los presos, y compararla con la situación actual. Hay cambios cualitativos evidentes, pero todo lo que tenemos puede perderse si no se lucha por mantenerlo.
Nada nos es dado gratuitamente. Toda conquista histórica es fruto de una lucha tenaz en el tiempo y, sobre todo, de una lucha comunitaria. Solos no podemos alcanzar grandes cambios, pero juntos tenemos posibilidades de transformar la oscuridad del presente. Hace falta tolerancia a la espera, vencer la cultura de la inmediatez y aceptar que unos siembran y otros recogen. Como dice Miquel Martí i Pol [en el poema “Ara mateix”]: “De nada a poco, y siempre con viento en contra”.
P. Afirma que sin esperanza no hay compromiso ni cambio posible. ¿Cómo se puede cultivar esta esperanza en una sociedad saturada de discursos distópicos?
R. Poniendo en cuestión la legitimidad de estas narrativas distópicas. Son construcciones imaginarias que atraen y seducen, pero que al mismo tiempo nos desarman y nos desaniman, porque nos hacen ver que no hay futuro y que lo único que existe es el presente.
Estas narrativas nos llevan al carpe diem desesperado: si no hay futuro, o si el único futuro posible es negro, hay que vivir el presente de manera compulsiva, disfrutarlo al máximo, porque mañana no estaremos o estaremos peor. La esperanza, en cambio, es un impulso dinámico, una fuerza edificante, un vector que impulsa a implicarse y a comprometerse con causas nobles. Tal vez no sepamos si el compromiso tendrá resonancia, pero es la única manera de dejar de ser espectadores cómodos de la realidad y mojarse en la historia como actores.
P. Su obra dialoga con pensadores como Kafka o Camus. ¿Qué pueden aportar hoy estos autores a una lectura esperanzada de la realidad?
R. Kafka describe un mundo que evoca claramente el mundo que vivimos hoy. Murió en 1924, pero el mundo que construye literariamente tiene muchas afinidades con la percepción del ciudadano occidental contemporáneo: burocratización, soledad, incomunicación, indiferencia, angustia, vacío. Es un mundo sin salida, sin esperanza.
Camus, en cambio, simboliza la lucha y la rebelión contra la injusticia, la obstinación de una esperanza que no se deja vencer. Como Sísifo, que una y otra vez toma la roca y la lleva hasta la cima, a pesar de saber que volverá a caer.
P. Desde su experiencia como filósofo, teólogo y educador, ¿qué papel deben jugar la cultura y la palabra en la reconstrucción de la esperanza colectiva?
R. Un papel decisivo. Hay palabras que nos impulsan y palabras que nos hunden. La comunidad de ayuda es clave: es muy difícil salir del pozo uno solo. Necesitamos a alguien que ya haya estado allí y que nos ayude a salir.
No nacemos enseñados. La comunidad sostiene a la persona cuando todo se le desmorona, pero vivimos en sociedades fragmentadas e individualistas. El “nosotros” se ha debilitado, y lo que queda es un “yo” frágil, volátil, indeciso e inseguro.
P. Por último, ¿qué le gustaría que el lector se llevara después de leer Anatomía de la esperanza?
R. Una buena dosis de esperanza para afrontar su vida cotidiana, sus objetivos, y una ración de confianza tanto en sí mismo como en la comunidad. Creo sinceramente que un libro debe ser edificante, pero nunca ingenuo ni pueril. En todo caso, el lector, una vez terminada la lectura, tendrá la última palabra.