Josep Maria Tarragona: “La cara de Benedicto XVI se transformó como la de un niño al entrar en la Sagrada Familia”
El experto analiza el simbolismo del templo de Gaudí y recuerda el impacto emocional que causó en las visitas papales
Hay trayectorias intelectuales que no se explican solo por el estudio, sino por una sedimentación lenta, casi vital. La de Josep Maria Tarragona es una de ellas. Cuando habla de Antoni Gaudí, no lo hace solo como biógrafo o historiador, sino como alguien que ha ido transformando su mirada con los años. “Con el tiempo, he encontrado una profundidad que —admite— al principio me era lejana”.
Este pasado jueves, en Reus, en el marco del Año Gaudí y en un acto con el apoyo del Departamento de Cultura de la Generalitat y la Agencia Flama, Tarragona no solo expuso sus ideas: las habitó. “Empecé a escribir sobre Gaudí en 1990”, recuerda, y la primera biografía llegaría dos años después. Pero aquel inicio era aún incipiente, casi intuitivo. “Yo tenía pocos conocimientos de Gaudí, y con el tiempo he cambiado mucho mi observación sobre él”, asegura.
La suya es también una historia de contrastes. Educado en el novecentismo, explica que de joven le habían enseñado a rechazarlo sin matices. “Cuando pasaba por la Casa Milà-Segimon (La Pedrera) me hacían girar la cara; me decían que no mirara, que era feo y de mal gusto”, rememora. Aquel gesto —girar la cabeza— resume toda una época de desconfianza hacia Gaudí. Con los años, sin embargo, la mirada se invirtió completamente.
También pesa una genealogía que no es menor. Bisnieto del arquitecto Enric Mercadé, compañero de clase de Gaudí, Tarragona reconoce que de ahí le viene “una formación artística sobre el modernismo catalán”. Es como si, pese a las resistencias iniciales, el hilo no se hubiera roto nunca del todo. “Es como una continuidad discreta que acaba emergiendo con el tiempo”, confiesa.
La puerta y la revelación
En la conferencia había propuesto una idea que funciona como piedra angular. “Siete son las puertas de la Sagrada Familia”, dice, y a partir de ahí articula siete vías de acceso al universo gaudiniano: belleza, genialidad, naturaleza, liturgia, providencia, expiación y misticismo. Más que categorías, son formas de entrada a una obra que desborda la arquitectura. Pero es en el relato personal donde esta metáfora adquiere una fuerza inesperada.
Tarragona recuerda con precisión la visita de Benedicto XVI en 2010. “Yo estaba al lado de la puerta por donde entró”, explica, situándose literalmente en el umbral. Desde allí observó primero una figura contenida, “cara germánica, no expresiva como los latinos”. Todo parecía dentro de la normalidad de un protocolo solemne, sin ningún indicio de sorpresa.
Pero en el momento de cruzar la puerta de la Sagrada Familia, algo se transformó. “La cara se le cambió, como la de un niño que ve algo bonito”, recuerda. Tarragona habla de una especie de transfiguración instantánea, casi involuntaria. Una reacción espontánea en alguien acostumbrado a las grandes catedrales europeas, que no esperaba ese impacto.
Es difícil no leer este momento a la luz de sus propias “siete puertas”. Como si, en ese gesto mínimo —cruzar un umbral físico—, se condensaran todas las demás. El impacto estético, la dimensión litúrgica y el sentido espiritual se hacen visibles en una sola expresión. “Le sorprendió mucho”, insiste, como si aquel instante aún resonara.
El recuerdo contrasta con el de la visita de Juan Pablo II en 1982. Entonces, explica, Gaudí aún no ocupaba el lugar que tiene hoy en el imaginario colectivo. “No habló de él”, señala con su perspectiva histórica. También añade un recuerdo físico muy vivo: la lluvia en Montserrat, el frío, el agotamiento. “Era un límite físico”, resume.
En cuanto a la visita del papa León XIV a la Sagrada Familia, que espera vivir con intensidad, considera que será un momento especialmente revelador: no tanto por la ceremonia en sí, sino por observar qué impresión le causa a él, una figura de perfil marcadamente matemático y racional, “y por escuchar qué dice de Gaudí después de atravesar el templo”, prosigue el experto.
El monumento a Torras i Bages
Cuando Tarragona habla del presente de la basílica, lo hace con una combinación de convicción y prudencia. Sobre el proyecto, aún pendiente de ejecución, del monumento a Josep Torras i Bages en la fachada de la Pasión, es tajante. “Esto es de Gaudí, no hay interpretación posible”, afirma. Y añade que es una propuesta “de gran modernidad” que “sorprende que no se haya ejecutado antes”.
El precedente de Josep Maria Subirachs aparece como una advertencia implícita sobre los riesgos de alejarse del proyecto original. Aun así, Tarragona también sabe reconocer continuidades en las intervenciones recientes. La cruz diseñada por Jordi Faulí le parece plenamente “gaudiniana”. La sitúa en la línea de las cruces de Bellesguard y del Park Güell.
Hay, finalmente, una idea que atraviesa toda la conversación y que Tarragona formula con una imagen poderosa. En una época de secularización, que el elemento más alto de Barcelona sea una cruz “dice mucho”. La Sagrada Familia, afirma, es “un faro marino”. Y en esa metáfora resuena también el propio Gaudí.
Quizá es aquí donde todo acaba de cobrar sentido. En esta idea de luz y orientación que atraviesa tanto la obra como la lectura que hace Tarragona. En la capacidad de un templo —y de una vida dedicada a interpretarlo— de convertirse aún hoy en una forma de horizonte.