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Josep Otón: “La fe no es un refugio ni un opio.Es un reto que nos sacude la vida”

El profesor y especialista en espiritualidad explica por qué el anhelo de Dios persiste en una sociedad que ya no cree por herencia sino por experiencia

Josep Otón. | Archivo

En medio del debate sobre si vivimos una secularización creciente o bien un retorno de lo sagrado, Josep Otón invita a huir de los esquemas simples. Doctor en Historia, catedrático de enseñanza secundaria y profesor del ISCREB desde 2002, ha dedicado buena parte de su trayectoria a estudiar la interioridad y la experiencia espiritual, con una atención especial al pensamiento de Simone Weil.

Según Otón, más que un revival religioso, "asistimos a una transformación profunda de la manera de creer: una fe más personal, más vivencial, que circula por los nuevos areópagos culturales y que cuestiona tanto a las instituciones como a los propios creyentes". Hablamos con él sobre esta mutación de la espiritualidad contemporánea.

Pregunta. A menudo afirma que no vivimos tanto un retorno de lo sagrado como un cambio de paradigma religioso. ¿Cuáles son, a su entender, los rasgos principales de este nuevo paradigma?

Respuesta. Soy más partidario de entender la continuidad de lo sagrado que adopta nuevas formas. Pienso que el anhelo de trascendencia no es solo una dimensión cultural, sino que forma parte de la condición antropológica del ser humano. Es un elemento intrínseco que los individuos pueden vivir de maneras y con intensidades diferentes, pero que permanece presente en la interioridad humana y se expresa a través de las formas culturales de cada momento.

P. ¿Esta transformación también afecta a la manera como se transmite la fe?

R. En nuestro contexto, la dimensión religiosa se está desligando de las estructuras de transmisión para adoptar un carácter más vivencial. Yo ya no creo porque lo haya aprendido en la familia o en la escuela, sino porque tengo una experiencia personal. No es tanto una consecuencia sociológica como un descubrimiento íntimo.

R. Esto erosiona el monopolio de las instituciones religiosas convencionales en la gestión de la fe. Los contenidos religiosos traspasan las fronteras de los colectivos que defienden un determinado credo.

"El anhelo de trascendencia no es solo una dimensión cultural, sino que forma parte de la condición antropológica del ser humano", dice el profesor. | Archivo

P. ¿Cuál es el papel de los nuevos espacios digitales aquí?

R. Esta religiosidad más personal encuentra en las redes sociales un nuevo espacio de interacción. La música adquiere un gran protagonismo, intensifica las vivencias y las difunde más allá de los templos y de los momentos de culto. El ciberespacio se convierte en un nuevo areópago abierto al diálogo con la espiritualidad.

P. En varios textos habla del "reencantamiento del mundo" en diálogo con Weber. ¿En qué se diferencia este reencantamiento actual del que podíamos observar a finales del siglo XX?

R. Soy consciente de que simplificar en exceso traiciona el análisis riguroso de la realidad. Aun así, me atrevería a decir que a finales del siglo XX, coincidiendo con la posmodernidad, el desencantamiento del mundo perdía vigencia. Se produjo un cierto desencanto respecto a los grandes metarrelatos que daban sentido a la historia y emergían nuevas formas de espiritualidad, a menudo inspiradas en religiones de Oriente o en formas precristianas.

P. ¿Y qué ha cambiado en los últimos años respecto a aquel momento?

R. Aquel reencantamiento no mostraba demasiadas simpatías hacia el cristianismo, percibido sobre todo desde su vertiente más institucional y dogmática. Ahora, desde la segunda década del siglo XXI, parece que se está produciendo un redescubrimiento de la espiritualidad cristiana y católica. El anhelo de trascendencia ya no es tan reticente a las formas tradicionales; más bien al contrario, resultan atractivas porque evocan la dimensión del Misterio.

P. Figuras como Rosalía utilizan un lenguaje lleno de referencias espirituales. ¿Es solo estética cultural o detecta una búsqueda real de trascendencia?

R. En el caso de Rosalía tengo motivos suficientes para confiar en su autenticidad. No creo que sea una estrategia comercial. Pienso que no le aporta nada a su carrera incluir referencias religiosas. En 2017 publicó el vídeo Aunque es de noche, todo un homenaje a san Juan de la Cruz que recomiendo ver.

Según Otón, "el anhelo de trascendencia ya no es tan reticente a las formas tradicionales" | Archivo

P. ¿Diría que esta visibilidad es un síntoma de normalización?

R. Estábamos acostumbrados a la religiosidad de las cantantes folclóricas o de futbolistas de origen latinoamericano. Ahora se está normalizando la espiritualidad en otros ámbitos culturales. Las referencias religiosas ya no están circunscritas al arte sacro o confesional. Forman parte de la condición humana y los artistas deben hacerse eco de ello.

P. Cuando cita a Simone Weil y la frase "el amor no es consuelo, es luz", ¿qué correctivo cree que ofrece a la manera superficial como hoy entendemos el amor?

R. Es una frase muy importante. Weil se había refugiado en el sur de Francia huyendo de los nazis y estaba a punto de exiliarse. En este contexto desolador evoca la destrucción de Cartago y de Troya. Cuando la barbarie parece vencer a la civilización, resulta difícil percibir la belleza y, de rebote, el amor de Dios.

P. ¿Cómo se abre paso, entonces, el amor?

R. Weil encuentra inspiración en la parábola del buen samaritano. El amor es capaz de captar una belleza escondida detrás del sufrimiento. No es un estado idílico ajeno al dolor; es una manera de iluminar la realidad más allá de la penumbra. Y el ejemplo emblemático es la cruz de Cristo.

P. Ha advertido del peligro de convertir la pastoral en un "parque temático" de emociones. ¿Cómo se puede integrar la dimensión afectiva?

R. Corremos el riesgo de pasar de un extremo a otro. Muy a menudo las celebraciones son frías, parecen actos protocolarios que no reclaman la complicidad interior. Pensamos que es más madura una fe voluntarista o racionalizada.

R. Sin embargo, la fe implica a toda la persona: pensamientos, decisiones, emociones y vivencias.

P. ¿Dónde situaría el límite del sentimentalismo?

R. Es cierto que podemos caer en un emocionalismo de corto recorrido. Llorar o emocionarse no son criterios suficientes para garantizar una experiencia de Dios. Hay que encontrar el equilibrio. A veces, una aparente austeridad esconde que hemos perdido el primer amor. Pero tampoco debemos buscar un sensacionalismo espiritual que nos pierda en el subjetivismo.

P. En una sociedad secularizada, dice que la fe se convierte más en aventura que en seguridad. ¿Qué quiere decir exactamente?

R. A veces se dice que en momentos de incertidumbre la fe es un refugio. Yo creo que no es exactamente así. La fe es una experiencia íntima que trastoca nuestra vida. Es como enamorarse. Quizás seguirás haciendo lo mismo, pero de otra manera.

P. Por tanto, ¿más que tranquilizar, la fe incomoda?

R. La fe interpela, sacude. No tranquiliza la conciencia ni es un opio. Es un reto. Nos invita a adentrarnos en la profundidad de la existencia, a huir de la superficialidad y a ser más auténticos.

P. Las redes sociales y la cultura de la imagen aparecen como los nuevos areópagos. ¿Qué puede aportar el cristianismo?

R. El cristianismo tiene siglos de experiencia encarnándose en culturas diversas. Siempre ha estado abierto a transmitir el mensaje a través de la música y de las imágenes.

P. ¿Y cuál es el principal riesgo?

R. Confundir la forma con el contenido es una especie de idolatría. Hay que estar atentos para que las formulaciones culturales no secuestren el mensaje. Nos invitan a vislumbrar el Misterio: son el dedo que señala la luna.

P. Muchos creadores contemporáneos expresan nostalgia de absoluto aunque no se declaren creyentes. ¿Cómo interpreta esta tensión?

R. Es un hecho presente en toda la historia del cristianismo. A menudo confundimos la fe con la adhesión a un colectivo concreto. Mucha gente anhela que haya algo más que la dimensión físico-biológica.

P. ¿Estamos en un momento nuevo para canalizar esta búsqueda?

R. Buscan un "dios desconocido", pero recelan de las fórmulas cerradas. Quizás estamos en un momento de creatividad para encontrar nuevas rutas que vehiculen esta búsqueda del absoluto.

"Hay que estar atentos para que las formulaciones culturales no secuestren el mensaje", defiende Otón. | Archivo

P. ¿Cree que las instituciones eclesiales están preparadas para acompañar estas búsquedas espirituales?

R. Hay iniciativas muy positivas. A veces, sin embargo, caemos en la seducción de la innovación como si fuera una varita mágica. Hay que preservar lo que funciona; no debemos rechazar aquello que desde hace siglos da frutos.

P. ¿Qué actitud considera imprescindible?

R. Hay que abrirse, explorar, probar y, sobre todo, estar dispuestos a aprender de tantos buscadores de espiritualidad, aunque no sean de nuestro grupo de referencia. Saulo no fue bien recibido al principio y, sin embargo, abrió caminos fecundos.

P. Si tuviera que dirigir un mensaje a los jóvenes que se acercan hoy a la fe, ¿cuál sería?

R. Creo que hay un gran anhelo de sentirse amados. Vivimos en una sociedad muy competitiva, y eso afecta a las relaciones. El amor es la convicción íntima de que no estamos solos.

P. ¿Qué aporta la fe ante esta necesidad?

R. A veces, para escapar de la soledad, compramos vínculos, como se hace con los seguidores en las redes. Es un engaño. La fe nos propone la relación con un Dios cuyo amor no tenemos que ganarnos. Y desde ese amor podemos amar a los demás de una manera nueva. Eso es fascinante.

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