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Muere Lluís Bonet, el sacerdote que acompañó durante 25 años la Sagrada Familia de Gaudí

Una de sus dieciséis sobrinas recuerda a un hombre austero, alegre y acogedor que hizo de la vocación un servicio a los demás y que mantuvo siempre una especial vinculación con el universo gaudiniano

Lluís Bonet. | Archivo

Una de las últimas imágenes públicas de Lluís Bonet i Armengol fue también una de las más simbólicas. El pasado 10 de junio, en la Sagrada Familia, el papa León XIV se acercó al grupo de sacerdotes que rodeaban el presbiterio y estrechó la mano del rector emérito del templo. Unas palabras, un gesto y una sonrisa entre dos hombres separados por generaciones, pero unidos por aquel espacio que Bonet había convertido en una parte esencial de su vida.

Lluís Bonet ha muerto este viernes, 7 de agosto, a los 95 años. Fue durante 25 años, entre 1993 y 2018, rector de la parroquia de la Sagrada Familia y uno de los sacerdotes más estrechamente vinculados a la obra de Antoni Gaudí. Llegó cuando la nave del templo todavía no estaba construida y asistió a su transformación en basílica, consagrada por Benedicto XVI en 2010.

Pero Gaudí formaba parte de la vida de Bonet mucho antes de su llegada a la Sagrada Familia. Su padre, el arquitecto Lluís Bonet i Garí, había sido discípulo de Gaudí y uno de los continuadores de las obras después de la Guerra Civil. Su hermano Jordi Bonet también dirigiría durante décadas los trabajos del templo. En aquella familia, la arquitectura y la obra gaudiniana se entrelazaron con la vocación sacerdotal de Lluís.

Una de sus dieciséis sobrinas, que habla en nombre de todos ellos, lo recuerda como un hombre “muy acogedor” que “escuchaba a todo el mundo”, extraordinariamente alegre y siempre agradecido. “Tuvo una vida coherente con el ministerio, austera, coherente: hacía lo que predicaba”, cuenta.

La relación con Gaudí tuvo también una dimensión personal para la familia. Bonet fue promotor y vicepostulador de la causa de beatificación del arquitecto, iniciada en el año 2000, y trabajó en la documentación sobre su vida, su fe y sus virtudes. También profundizó en el contenido religioso de su obra y en la iconografía de los vitrales de la Sagrada Familia.

Para su sobrina, aquella mirada hacia Gaudí tenía una resonancia especial desde Reus. Ella vive allí desde que se casó y, cada vez que visitaba la ciudad, no desaprovechaba la ocasión de acercarse al universo del arquitecto: recorrer sus espacios, detenerse ante sus huellas y pasar horas escudriñando la ciudad que vio nacer al genio. La vinculación familiar con Gaudí encontraba así, también, un punto de encuentro con el territorio.

Bonet fue rector del templo de Gaudí durante un cuarto de siglo. | Archivo

En casa, sin embargo, la Sagrada Familia no era necesariamente el centro de las conversaciones. “Cuando estábamos en familia no hablábamos de ella, hacíamos lo que hace cualquier familia”, recuerda. Los sobrinos conocieron el templo de la mano de su tío y, cuando se realizaron los vitrales, él les explicó cómo se habían hecho. Llevaba consigo, además, el cáliz de inspiración gaudiniana que su padre había diseñado para su ordenación sacerdotal en 1958.

Sacerdote de proximidad

Antes de la Sagrada Familia, Bonet había ejercido durante catorce años en la parroquia de Sant Cristòfor de Ca n’Anglada, en Terrassa. Allí se implicó profundamente en la vida del barrio, en el acompañamiento de enfermos y familias en duelo y en iniciativas sociales. Su popularidad llegó hasta el punto de ser elegido Capgròs de l’Any de la Festa Major en 1993.

También el ecumenismo fue una constante de su ministerio. Impulsó relaciones entre comunidades cristianas y recibió en 2018 la Medalla al Mérito Ecuménico de Cristians per Terrassa. Su sobrina lo define, además, con una expresión inequívoca: “Catalanista hasta la médula, quería a su país”.

En la memoria familiar aparece también el hombre que salía de excursión los lunes con una pequeña comunidad de sacerdotes, que durante un tiempo vivió en la propia Sagrada Familia y que, ya en la residencia Sant Josep Oriol, en Les Corts, siguió implicándose en la vida del entorno mientras pudo.

La última conversación de su sobrina con él fue en junio. No hablaron de grandes asuntos. Lo que le hacía ilusión era recordar vivencias familiares, como los veranos en Llucalcari, en Mallorca. Bonet sabía que su vida llegaba a su final. “Estaba enfermo, sabía que llegaba el final”, relata su sobrina. Y lo afrontaba desde la fe: “Como cristiano, empieza otra vida más importante”.

La familia recuerda que eran diecisiete sobrinos y que hoy son dieciséis. En ellos queda la memoria del sacerdote, pero también la del tío que sabía estar presente en los momentos importantes. Una figura cuya vida puede resumirse, según la familia, en el lema que había aprendido del abuelo: “Sumar y no restar”.

El próximo lunes, 10 de agosto, a las diez de la mañana, se celebrará un oficio íntimo en la residencia. Después del verano tendrá lugar una celebración funeral. Bonet había decidido donar su cuerpo a la ciencia.

Lluís Bonet y León XIV. | Archivo

Y queda, como última imagen, aquella mano estrechada por León XIV en la Sagrada Familia. Un gesto fugaz ante el templo de Gaudí, pero también el último capítulo de una vida dedicada a acompañarlo, a comprender su dimensión religiosa y a mantener viva, desde el sacerdocio, la memoria de quien lo imaginó.

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