Un paseo con la guía Tate Cabré: “La Sagrada Familia es el pantocrátor del románico hecho en tres dimensiones”

Entre multitudes de visitantes, la periodista revela las claves espirituales, arquitectónicas y humanas del templo de Gaudí

La periodista Tate Cabré, en la Sagrada Familia.
La periodista Tate Cabré, en la Sagrada Familia. | Agencia Flama

Avanzar por la nave central de la Sagrada Familia es un ejercicio de paciencia. Entre miles de visitantes que caminan lentamente con la cabeza inclinada hacia arriba, fotografían los vitrales o buscan un rincón para sentarse, cada metro exige esquivar a alguien. La periodista y guía Tate Cabré avanza con naturalidad, como si ese tránsito fuera una coreografía conocida.

Pasear con ella por el templo es hacerlo con alguien que lo conoce por dentro, no solo como edificio sino como organismo. “No es justo decir que estamos en una iglesia únicamente”, comenta mientras señala a su alrededor. “A los visitantes les explico que, cuando entramos, estamos en un complejo. Aquí hay dos iglesias, dos museos, un pequeño anfiteatro, claustros, espacios para el personal… Trabajan unas 300 personas. Hay vestuarios, duchas, comedores, tiendas de souvenirs, zonas de vending, una enfermería. Es como un mundo”.

Durante muchos años, Cabré fue guía interna de la basílica; ahora entra como guía externa, pero continúa moviéndose con la familiaridad de quien ha pasado media vida allí. De vez en cuando, alguien que trabaja allí se le acerca para saludarla: un vigilante, un técnico, una trabajadora del museo. Cabré responde a todos con una palabra, un gesto, una complicidad breve. La sensación es que el templo, además de monumento, es también una comunidad.

Una historia que comienza en Reus

La relación de Cabré con Antoni Gaudí, sin embargo, viene de mucho más atrás. De la infancia. “Yo vivía en la calle Sant Joan de Reus, en el número 9-11. Y Gaudí vivía en el número 8, muchos años antes. Pasé la vida en casa de mis abuelos mirando por la ventana. En frente estaba su casa”. Lo explica como una coincidencia familiar que con los años ha adquirido un sentido casi simbólico.

"Pasé la vida en casa de mis abuelos mirando por la ventana. En frente estaba su casa", aseugra Cabré.
"Pasé la vida en casa de mis abuelos mirando por la ventana. En frente estaba su casa", aseugra Cabré. | Agencia Flama

En su familia circula aún una historia más antigua. Un pariente lejano tenía una fábrica en Reus, el Vapor Vell, donde algunos jóvenes hacían prácticas. Entre ellos estaba Antoni Gaudí. “Un día —confiesa— ese pariente mío le dio libros de geometría y le dijo a su padre ‘este niño promete, llévenlo a estudiar a Barcelona’”. Quizá sea solo una de esas historias familiares que el tiempo transforma, pero Cabré la recuerda como si fuera una pequeña escena fundacional.

Un familiar lejano de Cabré, amigo de Gaudí.
Un familiar lejano de Cabré, amigo de Gaudí. | Agencia Flama

De repente, el órgano resuena con una fuerza que llena toda la nave. El sonido se expande por el espacio como una masa de aire en movimiento, y durante unos segundos los visitantes guardan silencio. Cabré levanta la vista con satisfacción. “Lo hacen a propósito. Cada cierto tiempo lo ponen en marcha para que la gente note la acústica del templo”.

Una montaña en el centro de Barcelona

Para ella, la Sagrada Familia se entiende mejor si se imagina como una geografía espiritual. Gaudí, asegura, “quería hacer una montaña de Montserrat en el centro de Barcelona”. No solo un templo, sino una presencia que acercara a la ciudad la dimensión simbólica y religiosa de la montaña sagrada catalana. “Todo está diseñado para que te sientas en un lugar dominado por la espiritualidad, la fe y la belleza”, admite.

"Gaudí quería hacer una montaña de Montserrat en el centro de Barcelona", manifiesta la periodista.
"Gaudí quería hacer una montaña de Montserrat en el centro de Barcelona", manifiesta la periodista. | Agencia Flama

Mientras habla, vuelve a mirar hacia arriba. Las columnas se ramifican como troncos que se dividen en ramas, y las bóvedas parecen un bosque petrificado. Cabré lo resume con una imagen sencilla: “La iglesia es como las raíces de un árbol que sostienen la copa”. En esta arquitectura hay mucha piedra, pero también mucho cemento. Gaudí experimentó con ese material todavía nuevo y lo llevó a una complejidad estructural que entonces era casi una intuición.

El pantocrátor hecho arquitectura

Cuando se le pide una imagen para entender la Sagrada Familia, Cabré recurre a una comparación que dice mucho de su manera de leer el templo. Según ella, el edificio es la gran traducción tridimensional del pantocrátor románico. En las iglesias medievales, explica, la figura de Jesucristo dominaba el ábside en un fresco plano, pintado en dos dimensiones. Gaudí, en cambio, “convierte esa visión teológica en arquitectura”. No la pinta; la construye. “Toda la composición del edificio, desde la disposición de las torres hasta el simbolismo de las fachadas, participa de esta voluntad de representar una cosmovisión”, señala.

Para la experta, el edificio es la gran traducción tridimensional del pantocrátor románico.
Para la experta, el edificio es la gran traducción tridimensional del pantocrátor románico. | Agencia Flama

Las caras de los visitantes

Una parte esencial del trabajo de Cabré es observar las reacciones de los visitantes. “Siempre miro las caras cuando la gente entra por primera vez”. Algunos abren los ojos con una sorpresa casi infantil; otros se detienen como si el cuerpo hubiera olvidado caminar. Hay personas que no saben qué decir y simplemente levantan la cabeza en silencio.

Un visitante judío le regaló una frase que aún recuerda. Entró, miró hacia arriba y dijo: “Like a star in the universe”. Como una estrella dentro del universo. Cabré relata que, a veces, el impacto estético es tan intenso que algunas personas experimentan lo que se llama síndrome de Stendhal: esa mezcla de vértigo, emoción y desbordamiento ante una belleza excesiva.

La guia acompaña a personas de todo el mundo por el templo.
La guia acompaña a personas de todo el mundo por el templo. | Agencia Flama

El momento de la luz

Pero si debe elegir un momento del día dentro de la basílica, Cabré no duda. Su lugar favorito es a los pies de la nave central, en la zona de los vitrales del oeste, cuando la tarde empieza a declinar. A esa hora, los rojos, los amarillos y los naranjas entran con una intensidad casi líquida y llenan el espacio de una calidez extraña, como si la luz misma se convirtiera en materia.

Es especialmente impresionante en los días que preceden al solsticio de invierno. Debido a la altura baja del sol, las rosetas proyectan su forma contra las bóvedas situadas bajo las cornisas. Se dibujan figuras que recuerdan margaritas. Cabré reconoce que estas flores simbolizan la inocencia y la sencillez, y que en ese instante “la arquitectura parece convertirse en una experiencia espiritual más que en un objeto estético”.

Los visitantes reciben esa luz como un baño inesperado. Durante unos minutos permanecen quietos, como suspendidos dentro de un espectáculo que parece trascender el espacio cotidiano. Cabré los observa con discreción. Para ella, ese instante es la confirmación de que Gaudí había imaginado el templo como algo más que un edificio: un lugar capaz de elevar el espíritu.

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