Tucho Fernández reivindica en Comillas la “magnífica humanidad” de “tantos que no perdieron el corazón” frente a un mundo deshumanizado
“Nos toca dirigir la mirada hacia los más pobres”, porque los riesgos “son aún mayores para los más débiles e indefensos”, que “no son útiles para los engranajes de los poderosos, barridos sin piedad”, glosa el prefecto de Doctrina de la Fe en una intervención sobre los retos de 'Magnifica Humanitas' en el mundo de hoy. La IA, el poder y la reivindicación de lo humano, claves
“Un aplauso para ellos”. El prefecto del dicasterio de Doctrina de la Fe, Víctor Manuel ‘Tucho’ Fernández reivindicó la “magnífica humanidad” de tantas personas que, en mitad de un mundo que apuesta por el descarte, la deshumanización y las nuevas tecnologías, “no perdieron el corazón” y se colocaron al lado del empobrecido y de la “sagrada dignidad del ser humano”, durante una conferencia celebrada esta tarde en la Universidad Pontificia Comillas.
Presentado por el rector de Comillas, Antonio Allende, sj., y acompañado, entre otros, por el cardenal Cobo y el nuncio Pioppo, el prefecto de Doctrina de la Fe trazó un resumen de la encíclica papal y sus repercusiones en el presente y el futuro de la humanidad, azotada por los riesgos de una Inteligencia Artificial descontrolada y deshumanizadora. De ahí el título de su conferencia-diálogo "Las lecciones de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas. Una IA centrada en las personas”, para la que se acompañó el secretario general iberoamericano, Andrés Allamand.
El prefecto del dicasterio apuntó que la encíclica papal no responde a las cuestiones candentes, porque ni siquiera los expertos en IA pueden conocerla. Sin embargo, sí apuntó que “para que la IA respete la dignidad humana, y sirva realmente al bien común, es esencial que las responsabilidades estén claras en todas las etapas”.
En este punto, pidió “controles rigurosos y, en ocasiones, una ralentización” para “un cuidado responsable para la familia humana”. Y es que “el cuidado de la Humanidad” es la cuestión de fondo. De hecho, el subtítulo de la encíclica es la “custodia de la familia humana en tiempos de la IA”.
“Tan herida está esta humanidad nuestra que no se pueden justificar, con rasgos de cinismo y crueldad que no dejan de asombrarnos (…). A pesar de esto la llama magnífica”, glosó Tucho Fernández, quien criticó el “vacío” que dejan los dispositivos sin alma, enfermos de transhumanismo y posthumanismo.
Sin embargo, esta “pobre humanidad” defiende aquellas cosas que nos hacen “magníficos”, desde la creación de la ONU a la Cruz Roja, o testimonios como Luther King o Nelson Mandela, “que eligió el perdón y la fraternidad como camino”. O grandes mujeres, como Santa Teresa, Benazir Butho o Marie Curie “que han contribuido a hacer la historia más humana”. U obras como “El Gernica” de Picasso, la Novena de Beethoven o La lista de Schindler, que demuestran “cuánto vale cada ser humano”, independientemente de “si es negro, está preso, es gay o discapacitado”, cada uno “goza de una dignidad infinita”, como solía decir Francisco.
Ejemplos que “parecerían imposibles en sociedades del Holocausto, del horror del 7 de octubre o la injustificable masacre de Gaza”, glosó Fernández, quien puso el ejemplo de la lucha no violenta de Gandhi en mitad de dos guerras mundiales. O la Declaración de los Derechos Humanos. O la independencia africana. O la transición en Filipinas. O la Jornada Mundial de Asís, de la que ahora cumplimos cuarenta años. O la caída del Muro. O los derechos del Niño. O el Acuerdo del Viernes Santo en Irlanda del Norte. “¡Cómo lo olvidamos!”, apuntó Tucho Fernández, demostrando cómo, pese al horror y el odio, la humanidad continúa avanzando. Incluso en las pequeñas cosas, los “mártires del cuidado” que protegen a sus hijos, están disponibles para sus pacientes, los voluntarios que llevan alimento a los que viven en la miseria, o los que acompañan “a aquellos que el mundo cancela”. Y “tantos otros que no perdieron el corazón”, reivindicó, pidiendo “un fuerte aplauso” para ellos. “Esa es la Magnífica Humanitas”.
Sin embargo, lamentó que “en la sociedad de hoy las prioridades no son estas luces, y levantar la cabeza para reconocer al otro no parece ser el deseo que nos desvela”. Sin embargo, “la chispa de la humanidad buena es tozuda y no se resigna a desaparecer, y yo sé que Dios está detrás”.
En este ámbito, la IA y las nuevas tecnologías “nos ofrecen grandes posibilidades que nos asombran, y las que se vislumbran”, glosó, pidiendo “avanzar en complementación, que no niega el valor de lo humano previo a cualquier tecnología”, pero donde “todo está al servicio del bien común y la fraternidad”, como subraya la encíclica de León XIV.
“El ser humano no prospera a pesar de los límites, sino a través de ellos”, señaló, apuntando que de ahí surge “la compasión por el otro, y tantas cosas lindas”. “Para suprimir el dolor por completo, habría que suprimir el amor, porque el que ama siempre sufre. Y no es negocio suprimir esta aventura sublime”, declaró, reivindicando la DSI, que “puede tener un lugar en el debate público de la sociedad porque piensa en diálogo con ella”. En todo caso, sí admitió que la encíclica “es un texto cristiano, que bebe de Cristo y su Evangelio, y no pretende ocultarlo”. Y que muestra que “si queremos trascender y alcanzar otro nivel de existencia, para nosotros hay algo que se llama gracia”. Ser “amigos de Dios”, el “paso más audaz y superador para nuestras vidas pequeñas”.
Junto a ello, la cuestión del poder, exaltado hasta el extremo. “¿Quién puede ponerle límites a ese poder?”, se preguntó, destacando el valor que la encíclica da a la cultura de poder y a la guerra, que hoy se fortalece por el impacto de la IA, sus “guerras preventivas” y sus “daños colaterales”, que “acaban justificando lo que estamos viendo en Gaza, Líbano o Ucrania”. Un “proceso preocupante de rehabilitación de la guerra”, como critica León en su escrito.
Detrás de esto, continuó el cardenal, existe “una batalla cultural de normalización”, basada “en los enormes recursos de la Inteligencia Artificial”, junto a “una pérdida de memoria histórica” que nos “atonta a todos”, y permite la polarización y el ascenso al poder de los sectores más extremos. “Nuevos conflictos maduran sin que nos demos cuenta”, afirma Prevost, y con él ‘Tucho’ Fernández. “Nos vamos acostumbrando a la violencia”, lamentó, apurando a la “incoherencia como sistema”. Un “rasero distinto”, que fomenta efectos perversos en la salud de nuestra democracia.
En el corazón de este planteamiento papal, “los que no tienen ese poder”. Los pobres, aquellos a quienes aprietan el corazón los hombres magníficos. “Nos toca dirigir la mirada hacia los más pobres”, porque los riesgos “son aún mayores para los más débiles e indefensos”, que “no son útiles para los engranajes de los poderosos, barridos sin piedad”. De ahí la importancia de “estar permanentemente atentos a la necesidad para la vida de los últimos”.