¿Clericalización del diaconado o laicización del orden?

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Francisco J. García-Roca López, diácono
20 feb 2026 - 22:34

El diaconado permanente en España atraviesa una etapa de crecimiento sereno, pero no exento de ambigüedades. A medida que aumenta el número de ordenaciones y se consolida su presencia en las diócesis, surge una cuestión de fondo que no puede eludirse: ¿estamos asistiendo a una clericalización del diaconado o, por el contrario, a una laicización del orden? La pregunta no es retórica ni provocativa sin más; toca el nervio mismo de la identidad sacramental del diácono y su lugar en la Iglesia.

El riesgo de clericalización aparece cuando el diácono entiende su ministerio como una forma incompleta de presbiterado. Cuando mide su fecundidad pastoral por su cercanía funcional al altar o por la acumulación de encargos litúrgicos. Cuando adopta estilos, lenguajes y actitudes que no brotan de su propia identidad sino de una imitación, a veces inconsciente, del presbítero. Esta situación se percibe con mayor claridad en algunos antiguos seminaristas que, tras no culminar el camino hacia el presbiterado, han recibido la ordenación diaconal permanente. En ciertos casos permanece latente una vocación presbiteral no plenamente asumida o purificada, y el ejercicio del diaconado queda teñido por esa referencia constante a lo que pudo haber sido. No se trata de cuestionar la autenticidad de su entrega, sino de señalar una tensión real: cuesta abandonar la lógica del “sacerdocio pendiente” para abrazar con plenitud la gracia propia del diaconado.

Diácono en la familia, en el trabajo y en la parroquia
Diácono en la familia, en el trabajo y en la parroquia

Paradójicamente, debería resultar más natural vivir la identidad diaconal cuando el ministro está hondamente inmerso en el matrimonio, en la vida familiar, en el trabajo profesional, en el barrio, en la trama concreta de la existencia cotidiana. Esa inserción no es un obstáculo, sino una escuela permanente de encarnación. El diácono no necesita parecer presbítero para afirmar su ministerio; lo afirma precisamente siendo signo de Cristo Siervo en medio de esas realidades. Cuando intenta escapar de ellas simbólicamente para aproximarse a un modelo clerical que no le corresponde, empobrece el signo que está llamado a ofrecer.

Pero existe un segundo riesgo, menos visible y quizá más sutil: la laicización del orden. Ocurre cuando el ministerio diaconal se diluye en tareas que podrían desempeñar fieles laicos sin necesidad de ordenación. Llama la atención encontrarse a diáconos turnándose con feligreses en servicios parroquiales en los que jamás vemos a sacerdotes, como sucede en algunos turnos de secretaría u otras labores administrativas ordinarias. No porque esas tareas sean indignas —al contrario, forman parte de la vida real de una comunidad—, sino porque la equiparación indiscriminada puede generar confusión en los fieles acerca de la naturaleza del ministerio recibido.

El problema no es que el diácono se considere superior a cualquier otro bautizado. No lo es. Pero ha recibido un ministerio ordenado y eso implica una responsabilidad específica en su ejercicio. Cuando su presencia ministerial se vuelve indistinguible de cualquier servicio voluntario, el signo sacramental se desdibuja. No se trata de reclamar privilegios, sino de evitar ambigüedades. La Iglesia no ordena para reforzar la autoestima de nadie, pero tampoco para que el orden recibido quede oculto bajo una falsa modestia funcional.

La Iglesia no ordena para resolver problemas organizativos. Ordena para hacer visible, de manera estable, un aspecto del misterio de Cristo. El diaconado no se justifica por la escasez de presbíteros ni por la buena voluntad de hombres generosos; se justifica porque la Iglesia necesita que el servicio tenga forma sacramental. Si esto se olvida, el orden se trivializa y la estola se convierte en accesorio.

Combatir el clericalismo no significa desdibujar la estructura sacramental de la Iglesia. El clericalismo es una deformación del ministerio, no su existencia. También el diácono puede caer en él si interpreta la ordenación como promoción de estatus y no como profundización en el servicio. Sin embargo, la respuesta no es rebajar la conciencia del orden recibido, sino purificar su ejercicio.

La tensión entre clericalización y laicización revela, en el fondo, una cuestión más profunda: ¿hemos elaborado suficientemente una teología del diaconado que ilumine la praxis? Durante siglos, la figura del diácono permanente quedó eclipsada en Occidente. Su restauración tras el Concilio Vaticano II abrió un horizonte prometedor, pero también dejó abiertos interrogantes prácticos que todavía están en proceso de maduración. La experiencia pastoral va por delante de la reflexión sistemática, y eso genera inevitablemente desajustes.

León con diaconos
León con diaconos

El matrimonio del diácono, su inserción laboral en el mundo secular, su presencia simultánea en la comunidad litúrgica y en los espacios civiles, lo sitúan en una frontera fecunda. Precisamente ahí reside su fuerza simbólica. No es un clérigo desligado de las realidades temporales ni un laico sin referencia sacramental; es signo de Cristo que sirve desde dentro de la trama ordinaria de la vida. Cuando se clericaliza, pierde su capacidad de mediación. Cuando se laiciza, pierde su carácter de signo.

Quizá el criterio más seguro para discernir sea este: allí donde el diácono ayuda a que la Iglesia sea más servidora, más atenta a los pobres, más coherente entre liturgia y caridad, su ministerio está sano. Allí donde su presencia genera competencia, confusión de roles o simple activismo, conviene revisar motivaciones y estructuras. La identidad no se protege con rigidez defensiva, pero tampoco con indefinición complaciente.

El futuro del diaconado permanente en España dependerá menos de las estadísticas y más de la claridad interior con la que se viva el ministerio. No se trata de ocupar espacios, sino de habitar una vocación. No se trata de parecer presbíteros ni de confundirse con los laicos, sino de ser plenamente diáconos. Solo así la estola cruzada seguirá siendo signo elocuente de Aquel que no vino a ser servido, sino a servir.

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