El diácono como acompañante espiritual: presencia, gracia y vida compartida
En no pocos ambientes eclesiales se sigue utilizando la expresión “director espiritual”, aunque cada vez resulta más evidente que el término ha quedado estrecho, obsoleto, cuando no desfasado. La vida cristiana no se gobierna desde fuera ni se conduce como quien traza un itinerario rígido para otro. La experiencia de fe se discierne, se escucha, se contrasta y se acompaña. Por eso hoy parece mucho más apropiado hablar de acompañamiento espiritual que de dirección espiritual. No se trata de una simple cuestión terminológica, sino de una comprensión más profunda de lo que sucede cuando un creyente ayuda a otro a buscar la voluntad de Dios en su vida.
El acompañamiento espiritual no es una técnica ni una tutoría moral. Es un ministerio eclesial que exige fe, vida interior, prudencia y experiencia. Tampoco se reduce a que el acompañante sea sacerdote y concluya siempre el encuentro con la celebración del sacramento de la reconciliación. Va mucho más allá. El acompañamiento espiritual es un espacio de escucha en el Espíritu, de discernimiento, de iluminación de la conciencia a la luz del Evangelio y de crecimiento en la libertad de los hijos de Dios. La confesión sacramental tiene su lugar propio y específico, pero no agota ni define por sí sola el proceso de acompañar espiritualmente.
En este contexto se comprende mejor la idoneidad del diácono para este ministerio. El diácono, configurado sacramentalmente con Cristo Siervo mediante el sacramento del Orden, participa de una gracia específica que no puede ser ignorada. El carácter sacramental que recibe no es simbólico ni transitorio: imprime carácter, es indeleble e imborrable. Esa gracia no es decorativa; está ordenada al servicio del Pueblo de Dios. Y entre los servicios más delicados y necesarios se encuentra el de acompañar espiritualmente.
El diácono es figura particularmente apta para esta misión porque vive inmerso en el mundo. Comparte la realidad del matrimonio, de la familia, del trabajo, de las preocupaciones económicas, de las tensiones sociales y culturales. No acompaña desde una torre de marfil ni desde una experiencia ajena a la mayoría de los fieles. Habla desde dentro. Conoce por experiencia propia el esfuerzo por armonizar la oración con la jornada laboral, la educación de los hijos con la fidelidad conyugal, la responsabilidad profesional con la coherencia cristiana. Su palabra no es teórica: nace de una existencia concreta atravesada por la gracia.
Esa doble dimensión —vida ordinaria y gracia sacramental— convierte al diácono en un acompañante singular. No es simplemente un hombre casado que escucha; tampoco es solo un clérigo que enseña. Es un ministro ordenado cuya vida está tejida en la misma trama que la de aquellos a quienes acompaña. Puede iluminar las realidades temporales desde dentro, mostrando cómo la santidad no es evasión del mundo, sino transformación del mundo desde la caridad.
Algunos podrían objetar que el acompañamiento espiritual no depende del grado del orden ni del estado de vida, sino exclusivamente de la vida espiritual personal. No falta quien, alardeando de su condición de “director espiritual”, incluso de presbíteros, haya afirmado sin rubor que lo de menos para ser director espiritual es ser sacerdote, diácono o laico; lo importante —dice— es tener una intensa vida espiritual. Claro que solo le faltaba añadir…. como yo, y cabría añadir también que también se necesita ser humilde.
Es cierto que sin una intensa vida espiritual personal no hay verdadero acompañamiento. Nadie puede guiar a otros por caminos que no transita. Pero reducir la cuestión a una supuesta excelencia individual es empobrecer la teología del ministerio. La Iglesia no funciona por carismas aislados ni por talentos privados. Funciona también por la gracia sacramental que Cristo ha querido vincular a determinados signos eficaces. La santidad es necesaria; la gracia del Orden también lo es. No se oponen, se reclaman.
Si se plantea la pregunta de quién puede acompañar espiritualmente, conviene plantear también otra: ¿puede cualquiera impartir el sacramento de la confesión? Evidentemente no. No basta la buena voluntad ni una notable vida interior. Se requiere la ordenación sacerdotal y la facultad correspondiente. La Iglesia ha discernido que en ese ámbito concreto la gracia sacramental es constitutiva. ¿Por qué habría de considerarse irrelevante cuando se trata de acompañar espiritualmente, tarea tan íntimamente vinculada al crecimiento en la gracia y al discernimiento de la voluntad de Dios?
Es verdad que existen laicos y religiosas con una profunda vida espiritual y una notable capacidad de escucha y discernimiento. En muchos casos pueden estar extraordinariamente capacitados para acompañar. Y la Iglesia reconoce y valora ese servicio. Pero tampoco puede ignorarse que el sacramento del Orden configura al diácono de un modo específico con Cristo Siervo y lo inserta sacramentalmente en la estructura ministerial de la Iglesia. Esa configuración no es meramente funcional; afecta al ser. Imprime carácter, y ese carácter es indeleble.
Por ello, cuando el diácono acompaña espiritualmente, no actúa solo en virtud de su experiencia humana o de su madurez psicológica, aunque ambas sean necesarias. Actúa también desde la gracia recibida, como ministro ordenado al servicio de la comunión. Su acompañamiento no es una iniciativa privada, sino una expresión del ministerio diaconal. Acompaña como servidor de la Palabra, de la liturgia y de la caridad. Y en ese servicio integra la escucha, el discernimiento y la orientación espiritual.
Además, el diácono puede ofrecer un testimonio particularmente valioso a quienes buscan armonizar fe y vida. En una cultura fragmentada, donde con frecuencia se separa lo religioso de lo cotidiano, su figura recuerda que la espiritualidad no es patrimonio de especialistas ni refugio para momentos aislados. Es fermento en medio de la masa. El diácono, esposo y padre en muchos casos, trabajador y ciudadano, muestra que la gracia no anula las realidades humanas, sino que las eleva y las transfigura.
El acompañamiento espiritual ejercido por el diácono puede ser también un puente entre el clero y los fieles laicos. Su cercanía existencial facilita la confianza; su ordenación garantiza la inserción eclesial; su servicio expresa la caridad pastoral. No sustituye al presbítero ni compite con él. Cada ministerio tiene su identidad y su misión. Pero negar al diácono la posibilidad de un acompañamiento espiritual cualificado sería desconocer la riqueza del diaconado restaurado y su aportación específica a la vida de la Iglesia.
En definitiva, el acompañamiento espiritual no es cuestión de prestigio ni de títulos. No es un espacio para afirmaciones autorreferenciales ni para exhibiciones de supuesta superioridad espiritual. Es un servicio humilde y delicado que exige gracia, experiencia, fe y comunión eclesial. El diácono, por su inserción en el mundo y por la gracia sacramental que lo configura con Cristo Siervo, aparece como figura idónea para esta tarea.
No se trata de afirmar que solo él pueda ejercerla, ni de minusvalorar otros carismas. Se trata de reconocer que la gracia del Orden no es irrelevante; que el carácter sacramental imprime una identidad permanente; que el servicio diaconal alcanza también el ámbito del discernimiento y del acompañamiento de las almas. En una Iglesia que camina, que escucha y que discierne, el diácono puede y debe ser compañero de camino, testigo de la presencia de Dios en lo cotidiano y servidor fiel de la acción del Espíritu en los corazones.