No existen dos tipos de diácono
El pasado domingo, en la celebración de la misa del Domingo del Buen Pastor, el obispo encargado del diaconado ofrecía en su homilía una sencilla pero elocuente historia. Hablaba de un pastor que, al ser preguntado por sus ovejas, respondía siempre con una distinción: “¿las blancas o las negras?”. Repetía la fórmula una y otra vez, hasta que alguien, intrigado, le preguntó el motivo de aquella insistencia. El pastor respondió: “las blancas son mías”. Y, tras una breve pausa, añadió ante la obvia pregunta: “y las negras… también son mías”. La anécdota, cargada de humor, encerraba una enseñanza de fondo: la unidad no se rompe por la diversidad de matices.
Al escucharlo me acordé de una conversación con un grupo de candidatos que se encuentran en el tramo final de su formación hacia el diaconado. Mientras preparaban con ilusión las invitaciones para su próxima ordenación, surgía una cuestión que, lejos de ser meramente organizativa, revelaba un trasfondo teológico preocupante: ¿por qué en algunas diócesis no se celebra conjuntamente la ordenación de quienes provienen del Seminario y continuarán su camino hacia el presbiterado con la de aquellos llamados al diaconado permanente?
La respuesta que algunos daban resultaba llamativa: “porque no son lo mismo”. Sorprende que, tras años de formación y a las puertas de recibir el sacramento del orden, pueda persistir una comprensión fragmentada de su unidad. No existen “dos tipos” de diáconos en sentido sacramental. Existe un único diaconado, participado de modos diversos según la vocación concreta de cada llamada, pero siempre dentro de la misma realidad sacramental.
No es una cuestión nueva. Hace más de dos décadas, una anécdota con una religiosa reflejaba esta misma confusión. Al mencionar que un compañero era diácono del Seminario, la respuesta fue espontánea: “ah, un diácono de verdad”. Aquella afirmación, seguramente sin mala intención, delataba una percepción arraigada: la de considerar al diácono permanente como una figura de segunda categoría. Hoy, al escuchar ciertos comentarios, se comprende que esa idea no ha desaparecido del todo.
Incluso el lenguaje cotidiano contribuye, en ocasiones, a reforzar esta división. Cuando se anuncian ordenaciones, aiempre se da la noticia como “se ordenan siete diáconos permanentes”, mientras que en la que son procedentes del Seminario simplemente se dice “se ordenan ocho diáconos”, sin más matices. Esta diferencia aparentemente inocente termina sugiriendo, de forma implícita, que unos son “diáconos con apellido” y otros simplemente “diáconos”, como si la plenitud del término correspondiera solo a unos pocos.
Sin embargo, la realidad sacramental es clara. El Sacramento del Orden es uno, aunque se confiera en tres grados: diaconado, presbiterado y episcopado. Quien es ordenado diácono lo es plenamente, no de manera provisional ni incompleta. Es cierto que algunos diáconos recibirán posteriormente la ordenación presbiteral, pero eso no significa que su diaconado haya sido una etapa de menor valor o una especie de “tránsito sin consistencia propia”. El diaconado crea caracter, imprime un sello indeleble, configura de manera permanente con Cristo servidor y no queda anulado ni sustituido por una ordenación posterior.
A veces se aducen diferencias litúrgicas o disciplinares para justificar una supuesta distinción esencial. Se menciona, por ejemplo, la promesa del celibato que realizan quienes se encaminan al presbiterado. Pero incluso este argumento pierde fuerza cuando se constata que también puede haber diáconos permanentes llamados a vivir el celibato. La diversidad de situaciones no rompe la unidad del ministerio recibido.
En casi todas las diócesis, de hecho, se opta por celebrar conjuntamente las ordenaciones de todos los diáconos, precisamente para subrayar esta verdad: que todos participan del mismo sacramento y del mismo servicio eclesial. Algunos serán llamados a permanecer en el diaconado durante toda su vida ministerial; otros continuarán su camino hacia el presbiterado. Pero esa diferencia pertenece al desarrollo de la vocación, no a la esencia del sacramento recibido.
Resulta especialmente iluminadora la anécdota de un obispo norteamericano que, al ordenar a un grupo de seminaristas como diáconos, les dijo con cierta ironía: “os acabo de ordenar diáconos permanentes; no pongáis esas caras”. Y añadía inmediatamente la clave: “sois diáconos para toda la vida; esto no caduca”. Con ello recordaba una verdad fundamental: el diaconado no es un simple escalón que se abandona al subir al siguiente, sino una configuración permanente que acompaña toda la vida ministerial, incluso en quienes llegan al presbiterado o al episcopado.
Quizá el problema de fondo no sea solo terminológico, sino de comprensión eclesial. La Iglesia no se construye sobre categorías de mayor o menor dignidad, sino sobre la complementariedad de vocaciones y ministerios. El diácono —sea cual sea su camino posterior— está llamado a hacer visible a Cristo siervo, a servir en la liturgia, en la palabra y en la caridad. Esa misión no admite grados de autenticidad.
Volviendo a la imagen del pastor, la clave no estaba en el color de las ovejas, sino en su pertenencia al mismo rebaño. Blancas o negras, más claras o más oscuras, todas eran suyas. Del mismo modo, en la Iglesia no hay diáconos “de primera” y “de segunda”, sino ministros ordenados que participan de un mismo don, recibido para el servicio del pueblo de Dios.
Conviene, por tanto, revisar el lenguaje, las prácticas y, sobre todo, la mentalidad. Recuperar la conciencia de la unidad del sacramento del orden no es un ejercicio teórico, sino una necesidad pastoral. Solo desde esa unidad se puede vivir con verdad la comunión y evitar comparaciones estériles que empobrecen la vida eclesial.
Porque, en definitiva, lo importante no es si las ovejas son blancas o negras, ni si el camino ministerial continúa en una dirección u otra. Lo verdaderamente esencial es que todas pertenecen al mismo rebaño, que todas son cuidadas por el mismo Pastor y que todas participan de una misma misión. En esa unidad, y solo en ella, el diaconado encuentra su pleno sentido.