Sangre de Cristo, embriágame.

Sangre de Cristo
Sangre de Cristo

Hay una oración que siempre me ha llamado especialmente la atención y que, desde hace mucho tiempo, rezo con particular devoción: «Sangre de Cristo, embriágame». Pertenece al conocido Alma de Cristo, esa preciosa oración que tantas generaciones de cristianos han rezado después de comulgar. Sin embargo, últimamente he descubierto que estas palabras tienen para mí, además de su profundo significado espiritual, una resonancia especialmente diaconal. Porque, si hay un ministro que está llamado a tener una relación particularmente estrecha con el cáliz y con la Sangre de Cristo, ese es el diácono.

Quizá algunos desconozcan esta particularidad de nuestro ministerio. Estamos acostumbrados a identificar al diácono con la proclamación del Evangelio, con la predicación, con el servicio a los pobres o con la asistencia al sacerdote en el altar. Y, ciertamente, todas estas dimensiones forman parte de nuestra identidad. Pero hay un aspecto litúrgico que merece ser recordado: el diácono es también, de una manera muy especial, el ministro del cáliz.

Elevando el caliz en la doxología final de la plegaria eucarística
Elevando el caliz en la doxología final de la plegaria eucarística

Hace poco viví una situación que me hizo reflexionar sobre ello. En una celebración eucarística en la que presidía una persona con una importante responsabilidad en una institución universitaria eclesiástica, llegó el momento de la doxología final de la Plegaria Eucarística. Como suele suceder cuando el diácono ayuda al celebrante con el misal, yo me encontraba a su izquierda. El cáliz estaba situado a su derecha, por lo que, para no entorpecer el movimiento del celebrante, me dispuse a cogerlo para elevarlo mientras el sacerdote elevaba la patena con la Sagrada Forma.

Sin embargo, el celebrante me apartó la mano y me indicó que cogiera la patena. Por no interrumpir la celebración ni generar una situación incómoda en aquel momento, obedecí y así lo hice. Pero me quedé pensando en algo: ¿cómo es posible que se desconozca una función tan específica del ministerio diaconal?

No se trata de una costumbre particular, ni de una preferencia personal, ni mucho menos de una cuestión de protagonismo. La Instrucción General del Misal Romano, en su número 180, lo establece expresamente: durante la doxología final de la Plegaria Eucarística, el diácono, situado junto al sacerdote, mantiene elevado el cáliz, mientras el celebrante eleva la patena con la hostia, hasta que el pueblo aclama el Amén. Es decir, el sacerdote eleva el Cuerpo de Cristo y el diácono sostiene el cáliz que contiene su Sangre.

Y no termina ahí nuestra relación con el cáliz. Cuando la comunión se distribuye bajo las dos especies, corresponde al diácono ofrecer el cáliz a los fieles. Y, una vez terminada la distribución, el propio Misal establece que debe consumir reverentemente en el altar toda la Sangre de Cristo que haya quedado, ayudado, si fuera necesario, por otros diáconos o presbíteros. No es un cometido secundario ni una tarea de limpieza de los vasos sagrados. Es un ministerio que tiene un profundo significado eucarístico y que expresa una cercanía muy particular al misterio que acabamos de celebrar.

Por eso, cuando leo el salmo 115, encuentro unas palabras que parecen escritas también para nosotros: «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor». ¡Qué hermosa imagen para un diácono! Alzar la copa de la salvación, no para exhibirla, sino para ofrecerla; no para apropiarse de ella, sino para servir a los hermanos. Sostener el cáliz es sostener, por así decirlo, el signo sacramental de la entrega de Cristo, que derrama su sangre por la salvación del mundo.

Sin duda, uno de los momentos más especiales de mi día es precisamente ese instante de la celebración eucarística en el que, como diácono, elevo el cáliz. En ese momento, mientras sostengo entre mis manos la copa de la salvación, repleta ya de la Sangre redentora de Cristo, derramada por amor a nosotros, me gusta poner espiritualmente sobre ella a todas aquellas personas que me han pedido oraciones, a quienes celebran su cumpleaños y a quienes, por sus circunstancias personales, necesitan ser especialmente recordados ante el Señor. Es un momento íntimo, que quizá pasa desapercibido para quienes participan en la celebración, pero que para mí tiene un significado muy profundo. Vuelven entonces a mi corazón aquellas palabras del salmo 115: «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor». Y, mientras elevo el cáliz, voy presentando interiormente al Señor a todas esas personas, confiándolas a la fuerza redentora de su Sangre.

Getsemani
Getsemani

Hay también una sugerente relación espiritual entre el cáliz y la oración de Jesús en Getsemaní. En aquella noche dramática, Jesús pide al Padre que, si es posible, aparte de él aquel cáliz. Un ángel aparece para confortarlo y fortalecerlo en su agonía. La imagen del ángel junto a Jesús en el Huerto de los Olivos nos permite establecer una hermosa alegoría con el ministerio diaconal. Los diáconos somos, de alguna manera, hombres llamados a estar cerca del cáliz de Cristo, no para apartarlo, sino para sostenerlo y servirlo. El cáliz que Jesús acepta beber es el de su entrega, el de su obediencia y el de su amor llevado hasta el extremo.

Y quizá por eso me resulta tan sugerente contemplar al diácono junto al sacerdote en el momento de la consagración y, especialmente, en la doxología final. No somos espectadores de la Eucaristía ni simples ayudantes del celebrante. Somos ministros ordenados, incorporados sacramentalmente al servicio de Cristo y de su Iglesia. Nuestro lugar junto al altar tiene un significado que va mucho más allá de una distribución de funciones.

Hay una fecha que también me parece especialmente significativa en esta reflexión. Durante más de un siglo, el 1 de julio se celebró en toda la Iglesia la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Fue una fiesta instituida por Pío IX en 1849 y posteriormente fijada el 1 de julio por san Pío X. Aunque desapareció del calendario romano universal con la reforma litúrgica de 1969, la devoción a la Preciosísima Sangre sigue plenamente viva y la Iglesia conserva la posibilidad de celebrar su misa votiva. El mes de julio continúa siendo, además, tradicionalmente un mes dedicado a esta devoción.

Me gusta pensar que el 1 de julio podría ser también una fecha especialmente diaconal. No porque la fiesta nos pertenezca, sino porque nos recuerda una dimensión esencial de nuestro ministerio. Si el diácono está llamado a servir a Cristo en los pobres, en la Palabra y en la liturgia, también está llamado a acercarse al misterio de su Sangre derramada por todos. Y qué mejor manera de hacerlo que pidiendo por la paz, por la reconciliación y por un mundo que sigue necesitando que alguien se entregue por los demás.

Por supuesto, los diáconos somos ministros de la Palabra. Proclamar el Evangelio es una responsabilidad inmensa. Cuando recibimos el Evangeliario en la ordenación, recibimos también el encargo de anunciar a Cristo con nuestra vida y nuestras palabras. No es un privilegio, sino un oficio, una misión y una responsabilidad. Pero no debemos olvidar el cáliz. No podemos quedarnos únicamente con la imagen del diácono que proclama el Evangelio, mientras dejamos en un segundo plano al diácono que sirve al altar y ofrece el cáliz a los fieles.

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Palabra y Eucaristía, servicio a los pobres y servicio al altar, anuncio de la salvación y participación en el sacrificio de Cristo: todo forma parte de una misma vocación. El diácono no es un sacerdote de segunda categoría ni un laico que ayuda en las celebraciones. Es un ministro ordenado que, desde su identidad sacramental, está llamado a hacer presente el servicio de Cristo.

Personalmente, en los momentos de dificultad, cuando las preocupaciones me desbordan o cuando siento que las fuerzas empiezan a flaquear, me gusta recurrir a una sencilla oración: «Cúbreme, Señor, con tu Sangre». Es una manera de ponerme bajo la protección de Aquel que ha entregado su vida por mí. Y entonces vuelvo a aquella oración del Alma de Cristo que tantas veces he rezado: «Sangre de Cristo, embriágame».

No quiero que estas palabras sean solamente una devoción piadosa. Quiero que sean también un programa de vida diaconal. Que la Sangre de Cristo nos embriague de caridad, de entrega, de humildad y de disponibilidad. Que nos libre de cualquier tentación de protagonismo y nos enseñe a servir sin buscar reconocimiento. Que nos haga capaces de permanecer junto a los que sufren, como el ángel que confortó a Jesús en Getsemaní.

Alzaré la copa de la salvación
Alzaré la copa de la salvación

Y que, cada vez que un diácono tome entre sus manos el cáliz, recuerde que no está sosteniendo simplemente un vaso sagrado. Está sirviendo al misterio de un Dios que ha querido derramar su Sangre por amor a la humanidad.

Porque el diácono está llamado a servir la mesa del Señor, pero también a dejarse transformar por aquello que sirve.

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