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La juventud cristiana también está en Sol

Y acampó entre nosotros

El Dios hecho cercanía ante la intemperie y la lucha por un techo digno

Sol y luna, y de nuevo Sol | Fuente: RTVE.es

El lenguaje de la fe tiene, a veces, una capacidad sorprendente para conectar con la realidad más a pie de calle. En la tradición cristiana existe una frase de San Juan que resalta por su fuerza poética y material: «Y el Verbo se hizo carne, y acampó entre nosotros». Lejos de la imagen de un Dios lejano, entronizado en bóvedas inalcanzables o en dogmas rígidos, la figura de Jesús de Nazaret irrumpe en la historia como la encarnación del Dios bueno del Amor, de una promesa que decide bajar al barro, hacerse vulnerable, cercano y profundamente humano.

Jesús no elige los palacios ni las estructuras del poder de su época para manifestarse. Elige los caminos, los márgenes, el contacto directo con la gente de a pie. Su propuesta no es un tratado teórico de teología, sino una mesa compartida con los excluidos, una escucha atenta y un abrazo restaurador. Poner la tienda en medio del pueblo significa compartir la intemperie, sentir el viento de frente y padecer las mismas incertidumbres que cualquier vecino de Palestina. Dios, en Jesús, no contempla el sufrimiento desde la distancia; decide acampar en él.

Esta imagen de "acampar" cobra un significado vivísimo y urgente en el presente. Basta mirar a las plazas y avenidas principales de tantas ciudades españolas, donde se multiplican las acampadas y protestas por el derecho a la vivienda. ¿Qué son estas tiendas instaladas en el asfalto sino un grito visceral por la dignidad, un reclamo desesperado frente a la expulsión de los barrios y la imposibilidad de tener un hogar? Ante un mercado inaccesible y políticas frías que tratan el techo como una mercancía, la ciudadanía decide poner el cuerpo en la calle.

Quienes acampan hoy no lo hacen por comodidad —la intemperie del asfalto siempre es dura—, sino por la convicción de que el problema del alquiler y la vivienda no se resuelve desde despachos distantes, sino desde la presencia física, el apoyo mutuo y la solidaridad organizada. Hay en estas protestas actuales una búsqueda de lo genuinamente humano: recordar que una casa no es un activo financiero, sino el espacio sagrado donde la vida, los rostros y las promesas de futuro se vuelven posibles.

En ese cruce de caminos se encuentran el mensaje de Nazaret y el clamor de nuestras calles: en la certeza de que el amor y la justicia no ocurren en abstracto, sino cuando alguien decide "poner su tienda" al lado de la tuya. Jesús de Nazaret nos enseña que la promesa de un mundo más justo y fraterno no se espera de brazos cruzados, sino que se construye acampando en medio de la realidad, compartiendo la intemperie y sosteniendo, juntos, la esperanza de un techo para todos.

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