El amor NO nos hace ciegos, nos hace ver
La mirada despierta el agua clara de la presencia
Durante siglos, nos han vendido el mito de que el amor es ciego. Nos han hecho creer que amar implica idealizar, ponerse una venda en los ojos, ignorar los defectos del otro y vivir en una especie de alucinación dulzona. Bajo esa premisa, el amor sería una forma de pérdida de juicio, una intoxicación emocional que nos nubla la vista y nos desconecta de la realidad.
Pero eso no es amor; eso es proyección. Cuando «amamos a ciegas», generalmente no estamos amando a la persona que tenemos enfrente; estamos amando la película que nos hemos montado sobre ella, o peor aún, estamos buscando en ella el analgésico para nuestras propias carencias y soledades. Esa mirada ciega es egoísta y utilitaria: solo ve lo que quiere ver para mantenerse a salvo.
El amor real opera de una manera diametralmente opuesta. El amor no apaga la luz; es el único que la enciende por completo. El amor no nos hace ciegos, sino que nos dota de una lucidez implacable.
Hay deudas intelectuales y espirituales que es de bien nacido reconocer. En mi propio viaje de comprensión de este misterio, no puedo dejar de agradecer las charlas de Iván Campillo en Amigos del Desierto. Sus reflexiones tienen la capacidad de alumbrar, de un modo sin igual, el pensamiento de autores tan profundos y complejos como Simone Weil o Byung-Chul Han. Escucharlo es como encender una lámpara en una habitación en penumbra; de repente, los conceptos encajan, las aristas se suavizan y la frase de que el amor nos hace (verdaderamente) ver se convierte en una experiencia viva. Ya lo intuía, incluso escribí algo al respecto, pero ahora todo (o casi todo) encaja…
Ver es contemplar: El legado de Simone Weil y Han
Para entender por qué el amor afina la vista en lugar de nublarla, hay que acudir a lo que la filósofa mística Simone Weil llamaba la «atención pura». Weil explicaba que prestar atención de forma generosa y desinteresada a otro ser humano es una de las formas más altas de amor y de oración. No es una atención que juzga, que etiqueta, que clasifica o que busca "utilizar" al otro para beneficio propio. Es una atención puramente receptiva: la capacidad de mirar a alguien y decirle, con los ojos abiertos: «Te veo a ti, no a mis deseos en ti».
Aquí es donde el amor se convierte en el antídoto perfecto para esa «expulsión de lo distinto» de la que nos advierte Byung-Chul Han. Nuestra sociedad actual, enferma de narcisismo, quiere moldear al otro, domesticarlo y meterlo en su propio algoritmo mental para que no incomode. Buscamos clones que nos den la razón. Sin embargo, el amor verdadero rasga esa pantalla.
El amor nos hace ver porque nos da el coraje de sostener la mirada ante la cruda e incómoda realidad del otro: con sus heridas, sus contradicciones, sus zonas oscuras y su luz. Y lejos de salir corriendo al descubrir que el otro no es perfecto, esa visión nos conmueve y nos arraiga más a él.
La agudeza visual del corazón
Cuando amas a alguien —a una pareja, a un hijo, a un amigo— de repente te vuelves extrañamente lúcido. Notas el más mínimo cambio en el tono de su voz, adivinas el peso exacto de su silencio, comprendes el origen oculto de sus miedos y celebras su existencia sin necesidad de poseerla. ¿Cómo puede ser ciego algo que te dota de semejante agudeza visual?
A este respecto recomiendo el libro de Enrique Montalt Alcaide. Precisamente hace un tiempito ofrecí unas pinceladas: https://www.religiondigital.org/hacer_realidad_lo_posible-_jesus_lozano_pino/Amo-luego-conozco_7_2730696909.html
El amor nos hace ver porque es la única fuerza capaz de desmantelar el ego. Y cuando el ego se aparta, las cosas se muestran tal y como son, no como nos conviene que sean.
Pasamos de la mirada ordinaria (aquella que ve el mundo como herramientas o amenazas) a la mirada contemplativa. Contemplar no es mirar por encima; es quedarse a habitar la belleza y el misterio de lo que está vivo, respetando su diferencia y su libertad. El amor sustituye la ceguera del egoísmo por la clarividencia de la presencia. Solo cuando amamos empezamos a ver de verdad. El resto del tiempo, simplemente estamos parpadeando en la oscuridad.
El agua clara de la presencia
No es un camino inmediato ni sencillo. Para pasar de la mirada ciega y proyectiva a esa visión pura y contemplativa, hace falta cruzar un desierto y limpiar el canal de nuestra percepción. Es imposible no evocar aquí las hermosas palabras de Pablo d'Ors en su Biografía del silencio, un faro indispensable en la estela de Amigos del Desierto. Él describe este proceso de purificación de la mirada con una belleza conmovedora:
«La sensación era la de quien revuelve en el lodo. Tenía que pasar algún tiempo hasta que el barro se fuera posando y el agua empezase a estar más clara. Pero soy voluntarioso, como ya he dicho y, con el paso de los meses, supe que cuando el agua se aclara, empieza a poblarse de plantas y peces. Supe también, con más tiempo y determinación aún, que esa flora y fauna interiores se enriquecen cuanto más se observan. Y ahora, cuando escribo este testimonio, estoy maravillado de cómo podía haber tanto fango donde ahora descubro una vida tan variada y exuberante».
Ese fango inicial que nos ciega es nuestro ego agitado, nuestras expectativas infantiles, el miedo a lo que es diferente, el ruido diario... Hay que tener la determinación, el silencio y la paciencia de dejar que el barro se pose.
Solo cuando el agua de nuestra mente se aclara —gracias a la atención pura de Weil y al respeto sagrado por el otro que nos reclama Han— emerge la vida verdadera. El amor, en última instancia, no es una venda; es ese estado de quietud donde el lodo cede, el agua se vuelve transparente y nos maravillamos, por fin, ante la exuberante realidad del otro. Porque el amor no llega para taparnos los ojos. Llega para devolvérnoslos.