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¡Ay, Platón, Platón, si vieras quién gobierna EE.UU. e influye en el mundo!

La advertencia de La República ante la gran metamorfosis plutocrática del poder global

Platón frente al poder de los plutócratas

Hay textos clásicos que no pertenecen al pasado, sino que parecen haber sido escritos contemplando los titulares del periódico de esta misma mañana. Eso ocurre al releer el Libro VIII de La República de Platón. En esa obra formidable, el filósofo ateniense no se limitó a proyectar un Estado ideal, sino que dejó trazada una advertencia desgarradora sobre la inevitabilidad del colapso político cuando las instituciones y los dirigentes pierden el norte ético. Para Platón, los imperios no caen por catástrofes imprevisibles, sino por una degradación moral interna donde la búsqueda del bien común es devorada por los impulsos más primarios del egoísmo humano.

Al contemplar la escena internacional actual y el omnipresente impacto de Donald Trump al frente de la mayor potencia del planeta, la radiografía platónica cobra una vigencia perturbadora. El filósofo describió con precisión matemática cómo los pueblos van descendiendo por una peligrosa escalera de degradación institucional: del gobierno guiado por el deber y el honor se pasa a la aristocracia del dinero, esta desemboca en un desorden social ingobernable y, finalmente, del caos emerge la figura del demagogo que promete orden a cambio de someter la libertad.

Es en el análisis que Platón hace de la oligarquía donde el espejo del presente resulta más nítido y escandaloso. La oligarquía es, en esencia, la metamorfosis del servicio público en una simple transacción comercial, el régimen donde el único criterio de legitimidad, respeto y estatus es la acumulación de riqueza. El pensador griego advertía con amargura de la paradoja fatal que supone poner el destino de una comunidad en manos de los plutócratas: a nadie en su sano juicio se le ocurriría confiar el mando de un barco al pasajero más rico de la tripulación en lugar de al capitán más competente, porque el naufragio estaría garantizado. Y, sin embargo, la política contemporánea parece haber abrazado esa insensatez como modelo.

El fenómeno Trump encarna con precisión quirúrgica esta quiebra de la racionalidad política. Bajo su impronta, la gobernanza ha quedado reducida a la lógica del espectáculo y al trato mercantilista, donde la diplomacia multilateral se sustituye por la extorsión económica y las guerras arancelarias. A ello se suma una de las patologías más antiguas de la oligarquía denunciadas por el mundo clásico: el descarado nepotismo. Al transformar los asuntos de Estado en un patrimonio familiar —donde parientes y miembros del clan ocupan roles clave de decisión—, la res pública deja de responder al interés general para convertirse en un cortijo privado gestionado por dinastías familiares. Fiel a la advertencia platónica de que la oligarquía fractura la sociedad en "dos ciudades en permanente guerra interna —la de los ricos y la de los pobres—", la praxis de Trump ahonda las brechas sociales dentro de los propios Estados Unidos, atizando el resentimiento popular mientras se desmantelan los contrapesos democráticos y el compromiso con los más vulnerables.

Pero el alcance de esta deriva no se detiene en las fronteras americanas; proyecta una sombra de inestabilidad y conflicto sobre el planeta entero. La erosión deliberada de las alianzas internacionales y el desprecio por el derecho global introducen al mundo en un escenario impredecible, dominado por la polarización y la ley del más fuerte. Resulta especialmente doloroso, desde la mirada de la fe y la ética eclesial, constatar cómo esta retórica del enfrentamiento y el culto al poder económico intenta revestirse, de manera espuria, con ropajes religiosos. La instrumentalización de la fe para levantar muros, fomentar la exclusión y justificar la arrogancia se sitúa en las antípodas absolutas de las Bienaventuranzas y de la Doctrina Social de la Iglesia.

Si Platón pudiera contemplar nuestro tiempo, confirmaría con triste lucidez que cuando el dinero, el nepotismo y el espectáculo despojan a la verdad y a la justicia de la vida pública, la comunidad humana se encamina irremediablemente hacia el naufragio. Frente a la marejada del individualismo feroz y el populismo plutocrático que hoy amanece sobre EE.UU. y se extiende por el mundo —engordado por la alianza explícita con los grandes magnates de la tecnología como Elon Musk (X, Tesla, SpaceX), Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Meta), Tim Cook (Apple) o Sundar Pichai (Google/Alphabet), convertidos en auténticos señores feudales del siglo XXI—, se hace imperioso alzar la voz para recordar el núcleo mismo del pensamiento platónico: la verdadera política no consiste en la acumulación desmedida de riqueza, la entrega de privilegios al propio clan ni el ejercicio ciego del poder, sino en la búsqueda incansable de laIdea de Bien. Solo cuando el liderazgo se orienta hacia la justicia, la verdad y la dignidad humana, es posible construir una sociedad justa y sembrar una paz auténtica entre los pueblos.

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