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Dos banderas

Qué es la misma, pero no es igual

Qué es la misma, pero no igual

Quienes se mueven o han bebido de la espiritualidad ignaciana, al leer el título de esta reflexión, habrán esbozado una sonrisa. Es lógico. Al ver escrito «Dos banderas», a cualquier hijo de San Ignacio se le va la mente de inmediato a la famosa meditación de los Ejercicios Espirituales: ese discernimiento entre la bandera de Cristo y la bandera de Lucifer, entre la luz y las tinieblas. Pero lamento decepcionar a los más místicos: hoy no van por ahí los tiros. O quizá, si lo miramos bien, un poco sí. Porque hoy quiero hablar de otra dualidad, mucho más terrenal, pero igualmente divisiva: las dos formas de usar la bandera de España.

Vivimos días donde los colores de nuestra bandera se despliegan en dos escenarios completamente opuestos. Dos maneras de sentir un país que nos obligan a preguntarnos si lo que compartimos es un punto de encuentro o una frontera insalvable.

La bandera que suma: El entusiasmo de la camiseta

Por un lado, tenemos la bandera de la alegría compartida, esa que vemos estos días con los éxitos de la selección española. Es fascinante ver cómo se transforma el ambiente. De repente, la gente sale a la calle, se enfunda la equipación roja, saca la bandera al balcón o se la pinta en las mejillas sin ningún tipo de complejo.

En ese espacio, la bandera no pide el carné de identidad ideológico a nadie. Nos entusiasmamos todos por igual: el de izquierdas, el de derechas, el agnóstico, el creyente, el que nació aquí y el que llegó buscando un futuro mejor y hoy celebra los goles como el que más. Es una bandera limpia de reproches, que funciona como un punto de encuentro festivo. Una tela que, en lugar de tapar bocas, abre abrazos. Es la España integradora, la que se reconoce en el esfuerzo común y en la celebración colectiva.

La bandera que resta: El secuestro de los símbolos

Pero luego cruzamos la acera y nos encontramos con la otra bandera. La de las pulseritas estratégicas, las banderitas en el perfil de las redes sociales, los logotipos de Vox y los discursos inflamados. Es la bandera utilizada como arma arrojadiza, convertida en el patrimonio exclusivo de la derecha y la ultraderecha.

Asistimos, con cierta tristeza, a un auténtico secuestro de los símbolos nacionales. Una apropiación indebida que pretende dictar quién es "buen español" y quién es un "anti-España". Esta segunda bandera no une; excluye. Se usa para marcar territorio, para levantar muros frente al diferente y para dibujar una España monocromática, rancia y excluyente que ya no existe —y que probablemente nunca existió en la diversidad real de sus pueblos—. Al convertir la bandera en el logotipo de una ideología, la han vaciado de su sentido común para transformarla en un elemento de división.

La verdadera España no cabe en el bolsillo de unos pocos. España es de todos o no es de nadie; es multicolor, plural, diversa y ruidosa.

Recuperar la casa de todos

Como seguidores de Jesús, estamos llamados a derribar los muros de separación y a construir puentes. Por eso duele ver que el símbolo que debería cobijarnos a todos sea utilizado para dejarnos fuera a muchos.

La España real no es unívoca. Es la España que se emociona con el talento de nuestra gente, la que acoge, la que progresa y la que dialoga. No podemos permitir que nos arrebaten lo que es de todos. Es hora de reivindicar una identidad sana, madura y multicolor, donde la bandera sea, como la de la selección, un motivo para encontrarnos en la plaza pública y no una trinchera desde la que disparar al vecino.

Al final, quizás sí que tenía algo de ignaciana esta reflexión: nos toca discernir qué bandera queremos levantar en nuestro día a día, si la que excluye y juzga, o la que incluye, celebra y suma. Yo lo tengo claro. Yo me quedo con la España de todos, aunque no estés de acuerdo conmigo. Y me quedo con ella sabiendo que, más allá de cualquier frontera y de cualquier tela, antes que de un país concreto, somos hijos de Dios y ciudadanos del mundo.

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