De Brotes de Olivo a Hakuna: ¿Adónde voy y a qué?

De mancharse las manos a la sudadera de marca

Brotes-Hakuna
Brotes-Hakuna

Dos épocas, dos guitarras, dos formas de cantarle al mismo Dios. Y, sin embargo, una distancia infinita entre el desierto que purifica y el templo que deslumbra.

A lo largo de las últimas décadas, la Iglesia en España ha visto nacer movimientos que, en su momento de máxima efervescencia, fueron mirados de reojo, etiquetados con el recelo de la palabra "secta" por quienes no entendían su novedad. Me pasó a mí, que viví una de las mejores experiencias de mi vida espiritual en el seno de un torbellino que comenzó hace ya 55 años: Brotes de Olivo (Pueblo de Dios). Y me pasa hoy, cuando observo desde la distancia el fenómeno de masas que es Hakuna.

El tiempo, que es el mejor juez de las obras del Espíritu, ha demostrado que aquella sabia intuición de Pueblo de Dios, nacida del calor de la fe de quienes querían entregarse por Dios a los demás, generaba vida y vida en abundancia. Sí, asumían riesgos gigantescos viviendo como vivían, plantándole cara al modelo de sociedad y de subsistencia para ponerse radicalmente en manos de Dios. Es verdad que en esa intemperie surgieron cosas muy humanas y que otros muchos se perdieron por el camino; pero es que siempre es así, ese es el riesgo real de seguir a Jesús con todas las consecuencias. A pesar de los naufragios individuales, de allí germinó una Iglesia comprometida: la gran mayoría de los que pasamos por allí acabamos volcados en las misiones, sosteniendo Cáritas o desgastando la vida en las parroquias. Hubo un fruto encarnado.

El desierto de los Olivos: Tocar la pobreza para encontrar la hondura

Para quienes formábamos coros en los años 80 y 90, Brotes de Olivo no era solo un grupo de música; era el referente absoluto. Esperábamos con ansia sus discos, no solo por la belleza de las voces o la genialidad de los arreglos, sino por lo que venía detrás: la reflexión descarnada de Vicente Morales, de sus hijos, de una comunidad entera.

Ir a Pueblo de Dios era una revolución. Te invitaban a ser más pobre, a descalzarte, a tocar un desierto que te purificaba por dentro. Se sostenía sobre tres pilares que hoy suenan casi contraculturales: la pobreza compartida, el trabajo en el campo y la oración. Sí, claro que había locuras y tonterías propias de la juventud, pero la brújula apuntaba siempre a lo "pobre". Sus canciones eran proféticas, te rompían las estructuras y te obligaban a mirar al margen, al hermano. Allí la música no era un fin; era la banda sonora de una conversión vital.

La música de Brotes de Olivo no buscaba el aplauso (Vicente siempre decía "Mensaje aplaudido, mensaje perdido"), buscaba el desgarro interior que te hacía volver la mirada al crucificado y al desposeído.

La era Hakuna: El templo, el brillo y las "horas santas"

Cincuenta años después, el panorama es radicalmente distinto. Hakuna ha llenado un vacío innegable en una generación de jóvenes sedientos de trascendencia, y hay que reconocerlo: tienen canciones musicalmente muy "chulas", con una fuerza estética imponente. Pero el motor es otro.

Donde antes había desierto y azadón, hoy hay templos abarrotados, un marketing impecable, merchandising, sudaderas y pulseras. El entorno ya no es la periferia sociológica, sino un ecosistema de nivel social medio-alto. Las experiencias ya no se fraguan en la dureza del trabajo comunitario, sino en la intensidad emocional de una Hora Santa iluminada con precisión milimétrica.

Es ahí donde a muchos de los que sintonizamos con la Iglesia del Concilio Vaticano II nos asalta la duda sincera, sin acritud, pero con preocupación: ¿Y Dios en la vida de todos? Hay algo que no termina de cuadrar.

Dos respuestas para dos crisis de fe

A nivel eclesial, ambos fenómenos responden a las heridas y búsquedas de sus respectivas épocas a través de caminos diametralmente opuestos. Brotes de Olivo floreció en pleno postconcilio, impulsado por una acuciante necesidad de autenticidad y un profundo compromiso social; su espacio de encuentro se hallaba en la intemperie de lo comunitario, en la escasez material y en un apego terrenal que resultaba incómodo, profético y disruptivo para la propia institución eclesial.

Por el contrario, Hakuna emerge en plena posmodernidad para abrazar a una juventud marcada por el individualismo, sedienta de pertenencia y atraída por una cuidada identidad estética. Su motor no es la periferia, sino el calor del templo, la música envolvente de las Horas Santas y un ambiente de masas reconfortante que, en lugar de sacudir las estructuras institucionales, se despliega con comodidad dentro de ellas.

Una pregunta para el camino

Es fácil juzgar desde fuera. A Brotes de Olivo se les acusó de asilvestrados y raros; a Hakuna se les acusa hoy de elitistas y superficiales. Pero más allá de las etiquetas simplistas, la clave está en el fruto y en la dirección del viaje.

¿Adónde nos lleva la música y la experiencia? La espiritualidad de los brotes nos empujaba a salir al mundo con las manos manchadas de barro y a asumir el riesgo de perdernos por el Evangelio. La propuesta actual parece, a veces, un refugio de bienestar espiritual entre iguales, una fe de consumo que brilla mucho en las redes pero que teme mancharse en la cotidianidad de los más vulnerables.

Ojalá que el fenómeno Hakuna, con toda su fuerza juvenil, no se quede solo en el disfrute de la emoción del templo y la venta de camisetas. Ojalá miren de reojo a los viejos profetas como Brotes de Olivo y recuerden que el Dios que se adora en la custodia es el mismo que espera, hambriento y desnudo, fuera de las paredes de la iglesia. Mientras tanto, nos queda la memoria del desierto y el agradecimiento por la vida compartida en Pueblo de Dios.

Es ahí, en ese contraste de épocas, donde la nostalgia se transforma en examen de conciencia. No se trata de juzgar las intenciones del corazón de los jóvenes de hoy, sino de calibrar el peso de nuestra propia fe. Por eso, al mirar el presente, no puedo evitar que me resuene por dentro la interpelación del de Loyola en sus Ejercicios.

Primero, para fijar el rumbo del viaje y no llamarnos a engaño: ¿Adónde voy y a qué? ¿Qué busco? Y, acto seguido, para ponernos frente a ese espejo incómodo que desarmaba cualquier comodidad o bienestar espiritual: ¿Qué he hecho? ¿Qué hago? ¿Qué debo hacer? Por Cristo, claro está. Al final, no se trata de buscar la autocomplecencia espiritual, sino de escuchar el mensaje —a veces incómodo— de Dios, para responderle con honestidad desde nuestra propia libertad."

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