Carta de un creyente a Marco Rubio

Marco Rubio, Carta, Política, EE.UU., Cristianismo, Doctrina Social de la Iglesia, Justicia

Una apelación directa a la conciencia cristiana del Secretario de Estado de EE.UU.

Eres polvo y en polvo te convertirás
Eres polvo y en polvo te convertirás

Estimado señor Rubio,

Usted ha afirmado en varias ocasiones con rotundidad que su único salvador es Jesucristo. En la campaña de 2016, en redes sociales como X/Twitter, e incluso en The Christian Post o CBN News ha reiterado que el éxito político es temporal, pero que su salvación a través de Jesús es eterna. Sin embargo, me temo que, al observar su trayectoria desde aquel 2013 —cuando buscaba una reforma migratoria humana— hasta su actual papel como ejecutor de la agenda de Donald Trump, es inevitable preguntarse: ¿a qué Jesús sigue usted?

Usted sirve a un hombre que ha prometido la mayor operación de deportación de la historia. Pero los evangelios que usted cita comienza con un acto de supervivencia migratoria: "Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto... porque Herodes buscará al niño para matarlo" (Mt 2,13).

Jesús fue el primer deportado en potencia. Si las leyes de "Enemigos Extranjeros", que usted hoy defiende con uñas y dientes hubieran existido en la frontera de Egipto, la Sagrada Familia habría sido enviada de vuelta a las manos de Herodes. Le pregunto: ¿Cómo puede conciliar su fe con una política que no distingue entre el perseguido y el perseguidor? ¿Cómo es posible ver en el rostro del refugiado a un invasor y no a un hermano? Usted —me perdona— no es cristiano.

En su hemeroteca queda el rastro de su apoyo a la separación de familias y a la deportación de madres de niños ciudadanos. Ante esto, resuena la advertencia más severa del Evangelio: "Apartaos de mí... porque fui forastero, y no me recibisteis" (Mt 25,42-43). El juicio final de Mateo no pregunta por la seguridad nacional ni por el crecimiento del PIB; pregunta por la acogida. Al llamar "veneno" a la sangre de quienes llegan buscando vida, o al guardar silencio cuando su líder utiliza esa retórica, usted parece olvidar que "cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). Cada madre que usted ayuda a expulsar es, en la teología que dice profesar, un desprecio directo al Cristo que dice seguir.

Curiosamente, en 2016 usted llamó a Donald Trump "estafador" y "peligroso", cuestionando incluso su integridad moral. Hoy, como su Secretario de Estado, su voz se ha vuelto dócil ante el poder. La Biblia dice: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn 8,32). Pero en su carrera, la verdad parece haber sido sacrificada en el altar de la conveniencia, de la política más tóxica y maligna.

Llevar la cruz de ceniza en televisión mientras se firman decretos que ignoran la "opción preferencial por los pobres" —pilar de la doctrina social de la Iglesia— convierte el símbolo sagrado en una hipocresía, en una profanación moral, en un signo irreverente, que bien podría ser, en vez de una cruz, una esvástica. No olvide, Señor Marco Rubio, que no se puede servir a dos señores: no se puede servir a Dios y al dinero, ni encender una vela a Dios y otra al diablo…, adorar al Dios que se hizo pobre y, al mismo tiempo, criminalizar la pobreza del migrante para ganar votos.

Le hablo a usted como hijo de inmigrantes que es, puesto que conoce en sus carnes el valor de la acogida. Sin embargo, ha preferido alinearse con una retórica política y religiosa que olvida a los profetas: "¡Ay de los que dictan leyes injustas y de los que escriben decretos opresores, para privar de justicia a los necesitados!" (Is 10,1-2). Si para usted Jesucristo es realmente el Salvador, ¿por qué no deja a Dios ser Dios y deja de actuar como si el futuro y el mundo dependiera exclusivamente de usted y Trump?  Antes de invocar la razón de Estado, convendría diagnosticar el estado de su razón. Dios no le pedirá cuentas por cuántas fronteras cerró, sino por cuántas manos sostuvo. La hemeroteca no miente, y el Evangelio tampoco: un mensaje que excluye al vulnerable deja de ser el mensaje de Jesús para convertirse en la coartada del verdugo.

Apelo, finalmente, al creyente más profundo que afirma que habita ahí —si es que la ideología no ha terminado por asfixiar al espíritu—. Escuche la verdad de los hechos y la de su propia fe y no haga oídos sordos al clamor de los pueblos, pues al final del camino solo queda la coherencia de lo vivido.

Sea, por Dios, fiel a su origen, fiel a los profetas y, sobre todo, a Aquel que no nació en un palacio, sino en el desamparo de un pesebre. No siga utilizando la cruz —se lo ruego— para levantar muros en lugar de puentes.

Que así sea

—si Dios quiere y usted también—.

Firmado,

Alguien que simplemente cree que cree

(en recuerdo del maestro Gianni Vattimo)

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