Paz, Noviolencia, Gandhi, Mandela, Educación, Geopolítica
Celebrar el 30 de enero mientras el mundo en llamas
Paz, Noviolencia, Gandhi, Mandela, Educación, Geopolítica
Se acerca el 30 de enero, Día Escolar de la Noviolencia y la Paz, y este año la fecha nos quema en las manos. Seamos honestos: cuesta hablar de "paz" en clase cuando los informativos vomitan imágenes de hospitales bombardeados, deportaciones masivas y líderes mundiales sacando músculo nuclear. Cuesta defender el consenso cuando vemos que la diplomacia ha sido sustituida por el "y yo más". En este escenario, pedirle a un niño o a un adolescente que resuelva sus problemas hablando puede parecer, para muchos, una broma de mal gusto o un ejercicio de ingenuidad peligrosa. Sabemos lo que nos está costando últimamente hablar tranquilamente en el aula sobre temas tan obvios como el respeto, la solidaridad o la justicia…
¿Qué nos queda por celebrar cuando parece que la fuerza bruta es la única que dicta las reglas?
Nos queda lo más importante: la resistencia. No es una fiesta, es un entrenamiento. Celebrar la paz hoy no es cantar canciones infantiles ni soltar globos blancos para que queden bien en la foto del colegio. Eso ya no basta. Este año más que nunca el 30 de enero tiene que ser un acto de rebeldía porque educar en la Noviolencia no es enseñar a ser "buenos"; es enseñar a ser valientes. Mandela y Gandhi no fueron hombres tranquilos; fueron estrategas que entendieron que la violencia es un atajo cobarde que nunca construye nada duradero. Las armas nucleares podrán proteger fronteras, pero no pueden construir una sociedad que valga la pena vivir.
Trabajar "aunque sea de noche"
Hay una frase que resume bien nuestro momento: hay que trabajar por la luz, aunque sea de noche. En los colegios estamos trabajando en la oscuridad de una crisis de valores global, pero lo hacemos con la certeza de que el aula es el único lugar donde todavía podemos cambiar el guion. Cada vez que un alumno aprende a ponerse en la piel del otro —del que es diferente, del que viene de fuera, del que piensa distinto—, le estamos quitando un ladrillo al muro del odio que otros se empeñan en levantar.
El arma más potente
Mandela no era un romántico, era un superviviente. Cuando dijo que la educación es el arma más potente para cambiar el mundo, no hablaba de aprobar exámenes. Para él el pensamiento crítico era el único escudo real contra los discursos que nos piden odiar al vecino para sentirnos seguros. Si dejamos de creer en el diálogo y en el respeto porque el mundo está fatal, habremos permitido que la barbarie entre en nuestras casas. No podemos permitirnos ese lujo.
Este 30 de enero no celebraremos que el mundo está en paz. Celebraremos que nosotros no nos rendimos. Celebraremos que, frente a los que levantan muros y cargan fusiles, nosotros seguimos apostando por la palabra. Es un camino lento, difícil y, a veces, decepcionante, como la Democracia. Pero es el único que garantiza que, al final, amanezca.
Este 30 de enero, cuando miremos a los ojos a nuestros alumnos, no les pidamos que ignoren el fuego que quema el mundo. Pidámosles que sean ellos el agua. Porque la educación no es una burbuja ajena a la realidad sino la herramienta para transformarla, “aunque sea de noche”, hasta que amanezca. Sintamos la fuerza de la debilidad, igual que la sintieron Gandhi, Luther King, Mandela, Rigoberta Menchú, o el mismísimo Jesús de Nazaret. Porque esa fuerza no es fragilidad, sino la firmeza ética que cambia el curso de la historia: esa resistencia serena con la que, inevitablemente, los no violentos venceremos.
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