Dios ya no es un tabú: crónica de un cambio silencioso en España
Les traigo una buena noticia: creyentes y no creyentes por fin podemos hablar de lo esencial sin prejuicios
Hace quince años, la visita papal a Madrid fue recibida entre protestas, pancartas y marchas con consignas contra la financiación pública de la Iglesia. Miles de personas salieron a la calle para manifestarse contra lo que percibían como una imposición confesional en una sociedad que aspiraba a declararse rotundamente laica. En medio de aquel clima se vivieron momentos de alta tensión, con grupos de jóvenes rezando de rodillas en plazas públicas rodeados por manifestantes enardecidos.
Aquella España de trinchera parece hoy una fotografía lejana. No porque el espíritu crítico haya desaparecido, sino porque la forma de dialogar ha cambiado de raíz. Lo verdaderamente novedoso es que hablar de Dios en el espacio público español ha dejado de ser un estigma: hoy cualquier deportista, artista o representante político puede manifestar abiertamente sus convicciones religiosas sin temor al rechazo ni al linchamiento en las redes.
¿Qué ha cambiado en este tiempo?
La transformación no responde a un repentino fervor que haya vuelto a llenar las iglesias de bote en bote, sino a la consolidación de una sociedad postsecular. La religión ha dejado de ser percibida como un rival a batir o una amenaza al progreso, y ha pasado a entenderse como un actor social que tiene aportaciones válidas que ofrecer a la comunidad.
Se ha asentado la certeza de que las sociedades modernas deben aprender a convivir con el fenómeno religioso como una realidad persistente que no va a extinguirse y que puede enriquecer el debate público. Incluso en espacios alejados de la experiencia creyente se admite hoy con naturalidad que el tejido eclesial aporta elementos insustituibles de justicia social, cohesión y solidaridad en aquellos rincones donde las instituciones públicas no alcanzan.
Este giro no debe leerse como la victoria de la fe sobre el laicismo, ni como una derrota de este. El anticlericalismo militante simplemente ha perdido empuje porque la sociedad ha madurado hacia preocupaciones más complejas. Las inquietudes prioritarias de la ciudadanía se han desplazado hacia las brechas económicas, el cambio climático o las implicaciones éticas de la tecnología. A su vez, la propia Iglesia ha puesto el foco en estos problemas sociales, desactivando de forma natural gran parte de las batallas culturales del pasado.
Una voz que rompe la lógica de bloques
Quizás lo más interesante de este nuevo escenario es que la Iglesia ha dejado de ser un blanco fácil para el reproche estereotipado. Con una agenda pública fuertemente orientada a la sensibilidad social y la atención a las periferias, la cúpula eclesial resulta difícil de encasillar en los clichés tradicionales.
Paradójicamente, en un clima político tan polarizado como el actual, la voz de la Iglesia incómoda a menudo tanto a sectores progresistas como a facciones conservadoras. Esa independencia doctrinal y social le otorga una posición singular: ya no resulta tan sencillo descalificarla o arrinconarla con lemas simplistas, aunque todavía queda mucha tela que cortar para que la institución encarne de forma plena y efectiva esa deseada sinodalidad, menos clerical y más participativa, que la sociedad de hoy le demanda.
El dato revelador: la juventud vuelve a mirar
El relevo generacional es probablemente la señal más clara de esta transformación. Según los últimos análisis sobre la juventud en España, los católicos entre 15 y 29 años han experimentado un crecimiento notable, pasando del 31,6% al 45% en tan solo cinco años. Se trata de un repunte histórico que no se registraba desde 2010.
Este fenómeno, según dicen los expertos, no responde a un impulso tradicionalista ni a un mero automatismo cultural, sino a una búsqueda sincera de sentido en un mundo hiperacelerado e incierto. Es una generación que ha crecido en la pluralidad y que decide acercarse a la vivencia creyente de forma libre, sin los prejuicios ni los traumas de las batallas ideológicas que condicionaron a sus mayores.
Un horizonte de diálogo sin complejos
La España actual no está exenta de discrepancias. Las críticas y el debate continuarán, pero el marco institucional y social ha evolucionado. La colaboración entre administraciones y entidades religiosas en acontecimientos públicos pone de manifiesto que el Estado y la Iglesia pueden cooperar con naturalidad sin que implique la renuncia a la laicidad ni la cesión de soberanía por ninguna de las partes.
Lo más valioso de este momento es la oportunidad de entablar un diálogo maduro y transparente. Libre del ruido de fondo del anticlericalismo beligerante, la sociedad se encuentra ante un escenario donde es posible preguntarse con serenidad: ¿qué aporta la vivencia de la fe a la construcción de un mundo más justo? ¿Y qué crítica constructiva puede dirigir la sociedad laica a la estructura eclesial sin caer en la descalificación prejuiciosa?
Dios ya no es un tabú en España. Y eso, tanto para creyentes como para no creyentes, es una buena noticia: por fin podemos hablar de lo esencial sin prejuicios.