Hazte socio/a
Última hora:
El Papa hace balance de su viaje a España

«En España ya hay más perros que niños» (una versión diferente de lo que ocurre)

Radiografía de una sociedad que busca urgentemente a quién amar

En España ya hay más perros que niños

El titular ha corrido como la pólvora por las redacciones y las redes sociales, despertando desde la sonrisa cómplice hasta el grito de alarma de los demógrafos: «En España ya hay más perros que niños». Si afinamos la lupa de los datos, la realidad es aún más tozuda. No se trata solo de un fenómeno canino; si sumamos el total de animales de compañía que habitan en nuestros hogares —gatos, periquitos, pequeños roedores—, la cifra duplica ampliamente a la de nuestros menores de catorce años.

Ante este panorama, la tentación de la homilía fácil es grande. Es sencillo caer en el reproche, acusar a la sociedad de egoísmo o diagnosticar una supuesta pérdida de valores que sustituye el llanto de un bebé por el ladrido en el salón. Pero la mirada del Evangelio nunca nace del juicio, sino de la compasión y la escucha atenta de la realidad. ¿Qué nos está diciendo este cambio sociológico tan profundo?

El eco de una inmensa soledad

Detrás de cada mascota no suele haber un rechazo frío a la vida humana, sino una profunda necesidad de amar y ser amado. Vivimos en la era de la hiperconectividad digital y el aislamiento presencial. La proliferación de animales de compañía en los hogares españoles es, en gran medida, el termómetro de nuestra soledad.

Para muchos ancianos que ven pasar los días en el más estricto olvido institucional y familiar, ese perro o ese gato es el último hilo que los ata a la vida, la única caricia disponible, el motivo para levantarse por la mañana. Para muchas parejas jóvenes, asfixiadas por la precariedad laboral, la imposibilidad de acceder a una vivienda digna y la falta de políticas reales de conciliación, la llegada de un hijo se percibe como un abismo inasumible, un lujo para el que el sistema no da tregua. El animal de compañía se convierte así en un canalizador de un instinto de cuidado que no encuentra facilidades para volcarse en la paternidad.

La ternura no se destruye, se desplaza cuando no encuentra cauces seguros donde arraigar.

Francisco, la Creación y el cuidado

El Papa Francisco nos recordó en Laudato si la importancia del cuidado de la casa común y de todas las criaturas que la habitan. Amar a los animales, respetarlos y encontrar en ellos consuelo no es un pecado; al contrario, refleja una sensibilidad hacia la Creación. San Francisco de Asís ya nos enseñó que el amor de Dios late en toda criatura.

El problema no es que amemos demasiado a los animales; el reto es si estamos perdiendo la capacidad de tejer redes de cuidado entre nosotros. No se trata de competir —niños contra perros—, sino de comprender que una sociedad que se vuelve hostil para los niños (por horarios, por precios, por cultura del descarte) acaba buscando el afecto allí donde es más manejable y menos exigente.

Hacer algo bueno: de la periferia del hogar a la comunidad

¿Qué podemos hacer como Iglesia y como comunidad creyente ante esta realidad?

Dejar de juzgar y empezar a acoger: En lugar de mirar con sospecha a quien pasea a su mascota en lugar de un cochecito de bebé, la comunidad (especialmente la parroquial) debe preguntarse: ¿Qué espacios de apoyo y comunidad estamos ofreciendo a los jóvenes para que no tengan miedo al futuro?

Combatir la epidemia de la soledad: Salir a las periferias de nuestros barrios. Si un perro es el único apoyo de un anciano, la comunidad cristiana debe estar ahí también para cuidar de ese anciano (y, por qué no, valorar ese animal que le da la vida).

Exigir justicia social: Una Iglesia profética debe alzar la voz para que tener hijos en España no sea un acto de heroísmo económico. Necesitamos estructuras que defiendan la vida en todas sus etapas, facilitando el nido y la crianza.

Los animales de compañía nos están salvando de volvernos de piedra en una sociedad cada vez más fría. Agradezcamos la compañía que brindan, pero no dejemos de trabajar por un mundo donde el milagro de una nueva vida humana sea recibido siempre con esperanza, recursos y los brazos abiertos. Al fin y al cabo, el Dios en el que creemos nació en un humilde pesebre, rodeado de animales, pero arropado por el calor de una comunidad humana.

También te puede interesar

Lo último