El Evangelio del vestuario: Luis de la Fuente y la revolución humana de la Selección
El seleccionador que une su fe con el deporte para construir un equipo donde el grupo está siempre por encima del ego
En un fútbol moderno devorado por el brillo de los focos, los contratos multimillonarios y el ego alimentado en las redes sociales, la Selección Española de Fútbol se ha convertido en una hermosa anomalía. Al frente de este grupo no hay un estratega obsesionado con su propia narrativa de genialidad, sino un hombre tranquilo, de mirada serena y fe inquebrantable: Luis de la Fuente.
Para el seleccionador riojano, el fútbol no es un fin en sí mismo, sino un medio para construir algo más grande. Su éxito no se mide solo en el marcador, sino en el modo en que se alcanza. Detrás de esta revolución silenciosa se encuentra un alma que no oculta su brújula vital, trasladando de manera natural la vivencia comunitaria del Evangelio al terreno de juego.
Una fe sin complejos y con palabras claras
Luis de la Fuente nunca ha ocultado su profunda fe cristiana. En un entorno a menudo secularizado, escéptico o propenso a las supersticiones, él habla con la naturalidad de quien se sabe sostenido por algo trascendente. Sus propias declaraciones definen a la perfección este anclaje vital:
"No soy supersticioso, soy creyente. Tengo fe. Rezo todos los días y no para que ganemos, sino para dar gracias y pedir salud y fuerza para todos."
Para el técnico, la fe no es un recurso desesperado para pedir un milagro en el último minuto de un partido difícil, sino un espacio de paz, gratitud y ecuanimidad que redefine por completo su manera de liderar:
"La fe me da seguridad, tranquilidad y me ayuda a ver a los jugadores primero como personas y luego como futbolistas. Todos somos iguales ante Dios."
Esta mirada humanizadora es la columna vertebral de su vestuario. Para Luis, un futbolista no es un activo financiero ni una simple pieza en una pizarra táctica: es una persona con miedos, esperanzas y una historia detrás. Desde esa profunda dignidad, ha logrado moldear un grupo donde el yo se ha disuelto por completo en el nosotros.
El "modelo apostólico" de un equipo sin egos
La propuesta futbolística de De la Fuente guarda una asombrosa analogía con las enseñanzas del Evangelio, la construcción del Reino y la dinámica de los primeros apóstoles. Al igual que en la carta de San Pablo a los corintios, donde se nos recuerda que el cuerpo es uno pero tiene muchos miembros, la Selección funciona como un solo organismo vivo.
En este equipo contamos con individualidades extraordinarias, jóvenes tocados por la varita de la genialidad como Lamine Yamal o Nico Williams. Sin embargo, a ninguno se le pide que brille para su propio lucimiento personal, ni para pelear por portadas o ser el máximo goleador. Su talento se entrega con generosidad al servicio del compañero.
Aquí, el mayor es el que sirve: correr a defender el espacio que ha dejado un compañero es tan sagrado como empujar el balón a la red. El trabajo sucio y el esfuerzo invisible se celebran con la misma alegría que la filigrana más espectacular. Al igual que los apóstoles —un grupo heterogéneo de personas comunes que transformaron el mundo trabajando en comunión—, esta Selección funciona porque sus miembros confían ciegamente los unos en los otros.
La lección ante Francia: el éxito está en el "cómo"
El histórico triunfo de España ante Francia en la Eurocopa no fue solo una victoria deportiva frente a una de las plantillas más potentes y físicas del planeta; fue, ante todo, el triunfo de una filosofía de vida.
Mientras otros proyectos deportivos dependen de la genialidad aislada de una superestrella que resuelva los partidos por decreto, España ofreció un concierto coral. Cuando un jugador fallaba, dos acudían inmediatamente al rescate; cuando tocaba sufrir, se sufría en comunidad. De la Fuente ha conseguido que desde el portero titular hasta el jugador que no llega a disputar un solo minuto se sientan importantes, valorados y absolutamente necesarios.
Esta forma de entender el deporte redefine por completo el concepto de victoria. Por supuesto que el objetivo competitivo es ganar, pero para el seleccionador riojano hacerlo de cualquier manera —desde la soberbia, el individualismo o el desprecio al compañero— sería una victoria vacía.
Un legado que trasciende el marcador
Al final, los trofeos terminan acumulando polvo en las vitrinas de las federaciones, pero la huella humana permanece. El verdadero "milagro" de Luis de la Fuente ya se ha obrado, más allá de que se gane un mundial o cualquier otro campeonato en el futuro.
El éxito rotundo de esta Selección reside en el camino elegido: el de haber devuelto la ilusión a la gente a través de un fútbol generoso, limpio, coordinado y profundamente humano. Nos han demostrado que se puede competir al más alto nivel sin traicionar los valores de la solidaridad y la humildad. Es la prueba viviente de que el Reino también se puede vislumbrar en un campo de fútbol: compartiendo el balón, sosteniendo al que cae y entendiendo que el triunfo solo es real si se alcanza juntos.