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La fe descalza

Cuando la madurez derrumba los clichés y la comunidad se convierte en el único lugar para compartir las heridas y el pan

¿Compañeros de un mismo camino?

Hay una edad —esos cincuenta, sesenta y tantos— en la que el aire cambia de golpe. Ya no somos los jóvenes impetuosos ni todavía los ancianos de mirada distante. Estamos justo en ese tramo donde la vida nos despoja de las ilusiones baratas. Se cae el decorado. Ya no tenemos ganas, ni tiempo, ni paciencia para seguir engañándonos.

Miramos alrededor y vemos la crisis en varios frentes a la vez: el cuerpo que empieza a avisar, la trayectoria profesional que se estanca o se apaga, los hijos que toman rumbos que no controlamos, los padres que se nos van de las manos o las grietas de la vida en pareja. Y en medio de todo eso, la fe. Esa fe que creíamos resuelta y que ahora se tambalea cuando más la necesitamos. Nos encontramos queriendo agarrarnos a ese clavo ardiendo con todas nuestras fuerzas, porque sabemos lo que hay afuera, pero la mano nos duele y el clavo quema.

Y lo más duro no es la tormenta, sino la certeza que se instala en el pecho: al final, estoy solo en esto.

Descubrir que nadie puede calibrar tu fe por ti es un golpe de realidad tremendo. Nadie puede llevar tu peso, ni hacer tu digestión espiritual, ni resolverte las dudas nocturnas. Cada uno de nosotros aguanta su propia vela: la vela de sus fracasos, de su familia, de sus miedos, de su propia relación con Dios. A esta edad nos damos cuenta de que ni el pastor, ni el sacerdote, ni el amigo más íntimo pueden creer por nosotros. Las cuentas con la trascendencia son individuales, cara a cara, en el silencio de la habitación.

Y es ahí donde salta la pregunta inevitable, casi con amargura: Si al final el combate es a solas y la vela la sostiene cada uno, ¿para qué sirve entonces la comunidad? ¿Qué sentido tiene seguir estando en el grupo, en la parroquia, en el templo, compartiendo un espacio donde a veces sentimos que los demás solo repiten clichés?

Quizás el sentido de la comunidad a esta edad deja de ser lo que nos dijeron que era.

La comunidad no está ahí para resolvernos la fe, ni para quitarnos el peso de las manos, ni para darnos respuestas de manual a crisis desgarradoras. Pretender que la comunidad sea el sostén absoluto de nuestra vida espiritual es pedirle lo que no puede dar. Pero cuando entendemos sus límites, aparece su verdadero y humilde propósito.

La comunidad no es el barco que nos lleva; es apenas el faro que nos recuerda que no somos los únicos navegando en la oscuridad.

Estar en comunidad a los cincuenta o sesenta años no es buscar un grupo de apoyo donde todos pensemos igual ni un lugar donde fingir que todo va bien. Es, sencillamente, sentarse al lado de otros que también están aguantando su propia vela, despeinados por el mismo viento.

El sentido de la comunidad en esta etapa radica en tres cosas muy humanas:

  1. El espejo de la fragilidad ajena: Ver a otros mayores, cansados, con las manos quemadas por el clavo ardiendo, nos salva del aislamiento patológico. Nos dice: "Tu crisis no es un fracaso personal; es la vida misma abriéndose paso".
  2. La fe prestada: Hay días en que nuestra vela se apaga del todo. El viento fue demasiado fuerte y la duda nos dejó a oscuras. En esos días, la comunidad no te exige que enciendas tu luz; te permite sentarte a la sombra de la luz de los demás mientras recuperas el aliento.
  3. El recordatorio de la gracia: La comunidad es el recordatorio físico de que Dios no opera en una probeta de aislamiento. A pesar de sus torpezas, de sus incoherencias y de sus frases hechas, la comunidad es la experiencia imperfecta de no estar completamente arrojados a la nada.

Resolver y calibrar la fe a esta edad exige una honestidad brutal. Ya no nos sirven los sermones edulcorados ni las recetas fáciles. Nos queda aceptar que la fe es una apuesta en la penumbra, que la soledad ante Dios es ineludible, pero cruzar la mirada con quien también sostiene su llama sin fingir nos recuerda que el frío, al menos, ya no se pasa en soledad.

Ahora bien, si la comunidad se adormece en esa tibieza rutinaria —la de consumir un encuentro más de religiosidad inerte, una reunión más sin alma— y no se atreve a mostrar la carne viva ni a compartir la vida real, se vuelve un trámite insoportable para quien está librando esta batalla. Ya no nos queda tiempo ni energía para ponernos la máscara. Por eso se hace más necesario que nunca reclamar la valentía de mostrar lo que realmente llevamos en la mochila: nuestras heridas, nuestras dudas que quitan el sueño y las fatigas de batallas que nadie ve. Mostrar la cicatriz no es victimismo; es la única honestidad posible que le da permiso al de al lado para dejar de fingir. Y junto a la herida, poner también la memoria. Necesitamos nombrar las acciones invisibles donde vimos a Dios caminando a nuestro lado: una fuerza inexplicable cuando todo se caía, un perdón inesperado, o el simple milagro de levantarnos un día más.

A la comunidad no le toca juzgar, ni corregir, ni dar recetas teológicas para arreglarle la vida a nadie. Le queda lo más humilde y sagrado: acompañar y compartir, poniendo nuestros pocos panes y peces sobre la mesa. Nadie tiene un banquete completo a estas alturas; solo tenemos fragmentos de fe, dudas compartidas y la historia de haber sobrevivido a la última noche oscura. Solo al vaciar los bolsillos de nuestra propia indigencia, en ese gesto de sentarnos juntos sin fingir, se produce el verdadero milagro: que Dios se apiade de nuestra pobre fe y vuelva a multiplicar la esperanza entre nosotros.

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