La fe no habita en las ruinas del dogma (A propósito de las declaraciones del presidente de Colombia)
Dios no estaba en el terremoto, sino en la brisa suave: Por un Evangelio encarnado en el dolor, no en la soberbia del poder
El devastador terremoto de magnitud 7.4 que sacudió a Colombia el pasado 10 de agosto de 2026 dejó una estela trágica de pérdidas humanas y dolor colectivo en todo el territorio nacional. Sin embargo, la fractura más honda no la provocó únicamente el movimiento de la tierra, sino la desoladora lectura teológica del presidente Abelardo de la Espriella. Durante su primera alocución radiotelevisada el 17 de agosto —destinada a informar sobre el plan de reconstrucción—, el mandatario afirmó que «las cosas de Dios solo Dios las sabe», añadiendo que «Dios, en su sabiduría, lo hizo justo el día en que comenzó mi mandato» y que «Él decidió ponernos en esta prueba tan dura». Las reacciones reportadas han avivado un intenso debate público sobre la mezcla entre religión y gestión de emergencias.
Para las comunidades cristianas de base, teólogos y creyentes alineados con la propuesta de una fe madura y crítica, estas palabras resuenan como una dolorosa profanación del mensaje evangélico y un peligroso retroceso hacia las formas más arcaicas de manipulación religiosa.
La teología del castigo: Instrumentalizar a Dios para validar el poder
Presentar un desastre natural como una decisión de la «sabiduría divina» instrumentaliza el sufrimiento de miles de familias golpeadas en sus bienes y en la pérdida de sus seres queridos. Esta retórica resucita una concepción arcaica y punitiva del Absoluto: la de un Dios rígido que reparte desastres para evaluar la fortaleza de un mandatario o justificar un proyecto político.
Desde la perspectiva bíblica del Nuevo Testamento, Dios no envía el terremoto. El Dios revelado en Jesús de Nazaret no manipula las placas tectónicas para probar el temple de un gobernante ni para castigar a un pueblo. Dios habita, más bien, debajo de los escombros: en la mano del rescatista, en la lágrima de la madre que lo perdió todo y en la solidaridad inmediata que se despierta entre las víctimas. Mientras una teología del poder utiliza el dolor para justificar la providencia, un Evangelio encarnado en el dolor acompaña la herida, consuela y exige justicia.
Trascendencia política y social: Del mesianismo al desamparo
La gravedad de estas declaraciones supera el marco puramente conceptual o de debate ético y toca la estructura de la sociedad:
Deslinde de responsabilidad pública:
Asignar a la "sabiduría divina" las secuelas de un fenómeno natural desplaza la discusión sobre la gestión de riesgos, la infraestructura deficiente y la vulnerabilidad histórica de las regiones marginadas. Si la tragedia es un acto cósmico o una lección providencial, la responsabilidad política se diluye.
Mesianismo político:
Ubicar el drama colectivo en función de la propia figura del gobernante —como si la naturaleza y la divinidad conspiraran alrededor del inicio de un periodo presidencial— refleja una visión narcisista del ejercicio del poder. El dolor del pueblo deja de ser el centro y pasa a convertirse en el escenario de la épica del líder.
Fractura en el tejido ético:
Exhortar a la ciudadanía a aceptar la tragedia como un diseño sabio busca desactivar el reclamo social justo y anestesiar la compasión, promoviendo una resignación sumisa que contrasta con la indignación profética que el mensaje evangélico exige frente a la miseria.
Donde habita verdaderamente lo Sagrado: Del estruendo a la brisa
El poder político siempre ha sentido fascinación por los dioses del trueno y del espanto, porque en el terror de la catástrofe es fácil infundir la obediencia y proyectar una autoridad de corte mesiánico. Quien usa el estruendo de la tierra para amedrentar a un pueblo y bendecir su propio mandato confunde deliberadamente la fuerza bruta con el espíritu de Dios.
Esta manipulación no es nueva, pero encuentra su antídoto más profundo en la memoria profética del Antiguo Testamento. Cuando el profeta Elías buscó al Señor en el monte Horeb, se encontró con un viento huracanado que rompía las montañas, pero Dios no estaba en el viento; presenció un terremoto que sacudió los cimientos del suelo, pero Dios no estaba en el terremoto; vio consumir la tierra en un fuego devorador, pero Dios tampoco estaba en el fuego. Fue solo tras la tormenta cuando se hizo presente un murmullo apacible, una brisa suave y casi imperceptible: allí, en la delicadeza del silencio y en la fragilidad de lo cotidiano, estaba el Verdadero.
La retórica política pretende hacernos creer que Dios firma decretos desde el cataclismo, justificando la ruina como un diseño supremo. Sin embargo, la fe emancipada reconoce que el Dios de la vida no destruye para gobernar ni usa el sufrimiento humano como instrumento de propaganda. Dios no está en las frases estruendosas de los gobernantes ni en la violencia de las placas tectónicas; Dios habita en la brisa suave de la compasión, en la solidaridad quieta que limpia los escombros y en la mano anónima que se extiende para reconstruir la dignidad de un pueblo.
Si insiste el mandatario en que fue la mano divina la que decidió sacudir la tierra exactamente el día de su posesión, sus teólogos de cabecera deberían sugerirle un matiz menos complaciente: en la tradición profética, cuando la tierra se abre al paso de un rey, rara vez es para darle la bienvenida; suele ser, más bien, el primer aviso de la divinidad mostrando su profundo desacuerdo con el electo… Pero no vamos nosotros a caer en la trampa inversa, ¿verdad?