Groenlandia, Trump, Geopolítica, Sta. Teresita
Groenlandia, Islandia... ¿Qué más da? Lo quiero todo
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Existe una frontera muy delgada entre la ambición de un líder y el delirio de un hombre que ha dejado de entender sus propios límites. Recientemente, hemos sido testigos de cómo Donald Trump, en diversas intervenciones, ha confundido repetidamente a Groenlandia con Islandia. Para algunos, es un simple desliz geográfico; para otros, una señal alarmante de una mente que ya no rinde como antes.
Sin embargo, si rascamos bajo la superficie de la anécdota, surge una realidad mucho más profunda y perturbadora.
La paradoja de Santa Teresita: Del espíritu al ego
Para entender este fenómeno, vale la pena rescatar una anécdota de Teresa de Lisieux en su libro Historia de un alma. Cuenta que, siendo niña, su hermana Leonia les ofreció a ella y a Celina una cesta con vestidos de muñecas para que eligieran. Mientras su hermana tomó solo un mazo de cintas, Teresa sentenció: "¡Yo lo elijo todo!", y se llevó la cesta entera. En Teresa, esa frase era el germen de una entrega absoluta a lo divino, una ambición espiritual por no dejar nada fuera del amor de Dios. Pero cuando esa misma frase se traslada al terreno de la política y el poder terrenal, la virtud se transforma en patología. Donde Teresa veía entrega, Trump ve posesión. La confusión entre Groenlandia e Islandia no es solo un error de memoria; es la manifestación de que, para él, el nombre del territorio es secundario. Lo que importa es el concepto de la propiedad.
¿Senilidad o Hibris?
El debate sobre la salud mental de los gobernantes es siempre un terreno minado. Si estamos ante una mente senil que confunde naciones como quien olvida dónde dejó las llaves, la ética más elemental dicta que debería apartarse. No por crueldad, sino por dignidad. Alguien que ha hecho de la burla sin compasión su principal arma política —caricaturizando la debilidad ajena con una saña casi deportiva— corre el riesgo de convertirse en la víctima de su propio veneno: ser el motivo y la causa de la burla pública global. Pero mi tesis es distinta. No creo que estemos solo ante un problema de deterioro cognitivo, sino ante una obsesión de expansión del yo. Esta es la base del narcisismo grandioso: una estructura donde el mundo real se sacrifica para alimentar una imagen interna de omnipotencia. Para el narcisista, no existen las reglas externas, solo su necesidad de ser admirado y poseer.
El problema no es que Trump no sepa dónde termina una isla y empieza la otra; el problema es que, en su cosmología personal, no existe una línea que separe el mundo de sus deseos. La ambición de "Hacer a Donald Trump Grande". Trump no quiere comprar Groenlandia o influir en Europa por un sentido del deber geopolítico. Lo quiere todo —Islandia, el continente americano, el tablero entero— porque su proyecto nunca fue "Hacer a América Grande otra vez" (“Make America Great Again”). Su proyecto real siempre ha sido "Hacer a Donald Trump Grande".
Estamos ante una ambición que desborda la política y entra de lleno en el campo de la psiquiatría o el psicoanálisis. Es el narcisismo elevado a categoría de Estado. Para el narcisista, el mapa no es un conjunto de naciones soberanas, sino un catálogo de bienes raíces. Si confunde los nombres, es porque los detalles son irrelevantes frente a la magnitud de su hambre. Es la búsqueda insaciable de llenar un vacío interior mediante la acumulación de poder.
El peligro de la cesta vacía
Al igual que la pequeña Teresa, Trump ha pedido la cesta entera. Pero a diferencia de la santa, su cesto no se llena con el espíritu, sino que es un pozo sin fondo de validación. Un líder que no reconoce las fronteras geográficas es peligroso, pero uno que no reconoce las fronteras de su propia psique es una amenaza para el equilibrio del mundo. Cuando la ambición de un hombre se vuelve tan grande que el mundo le queda pequeño, el resultado no es la grandeza, sino el caos.
Quizás sea hora de que la política deje paso a la clínica, antes de que el "quererlo todo" termine por dejarnos a todos sin nada.
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