¿Hay una jerarquía del dolor también en lo religioso?

Frente a la tentación de pesar las cruces y burocratizar la compasión, urge la mística de la cercanía evangélica

Acompañar el dolor (gracias eleatell- Pixabay)
Acompañar el dolor (gracias eleatell- Pixabay)

Vivimos en la era del ranking. Medimos las audiencias, las economías, el éxito y, casi sin darnos cuenta, hemos empezado a medir también el sufrimiento. En el gran mercado de la empatía contemporánea, parece que algunas cruces cotizan más alto que otras. Nos conmovemos legítimamente ante las grandes tragedias colectivas, las catástrofes que abren los informativos o los dramas que encajan en nuestras narrativas ideológicas. Pero, ¿qué pasa con los dolores silenciosos? ¿Aquellos que no tienen fotogenia ni rédito político?

Y lo que es más preocupante para quienes intentamos mirar el mundo desde los ojos de la fe: ¿hemos contagiado esta jerarquía del dolor a nuestra vivencia religiosa?

La tentación de pesar las cruces

A veces, dentro de nuestras comunidades, caemos en la tentación sutil de clasificar el sufrimiento. Está el dolor con mayúsculas —la persecución religiosa, la pobreza extrema, la enfermedad terminal—, ante el cual nos movilizamos con justicia. Y luego, en una especie de vagón de segunda clase, quedan esos otros sufrimientos que la prisa de nuestra pastoral a veces despacha como menores: la profunda soledad del anciano en el banco de atrás, el vacío existencial del joven que lo tiene todo materialmente, pero nada que le dé sentido, la ruptura familiar, el agotamiento mental o la crisis de fe de quien ya no encuentra a Dios.

El peligro de establecer una “escala de Richter” para el sufrimiento humano es que terminamos burocratizando la compasión. Si el dolor de alguien no alcanza el mínimo requerido en nuestra escala mental, corremos el riesgo de mirar hacia otro lado o, peor aún, de culpabilizarlo por no ser suficientemente fuerte.

El baremo de Jesús de Nazaret

La propuesta de Jesús de Nazaret rompe por completo con cualquier intento de catalogar o etiquetar el sufrimiento humano. Al acercarnos a los Evangelios, descubrimos que Él se rebeló abiertamente contra la idea de que unas penas valen más que otras, tratándolas a todas con la misma seriedad y ternura. Para Jesús no existían categorías; se conmovió profundamente y lloró ante la pérdida íntima y familiar de su amigo Lázaro, pero también se detuvo conmovido ante el desamparo social e institucional que sufría la viuda de Naín. Con esa misma intensidad, fue capaz de restaurar el mundo interior de la mujer samaritana, cuya herida nacía del rechazo social y de un profundo vacío afectivo, o de salir al rescate de Pedro cuando este se hundía en el fango de sus propias culpas, miedos y contradicciones éticas. Esto nos demuestra que el criterio de Jesús para activar su compasión nunca dependía del origen o de la gravedad objetiva del problema, sino de la persona concreta que estaba sufriendo. Para el Maestro, el dolor que merecía atención urgente era, sencillamente, el de la persona que tenía delante en ese momento. En la lógica del Reino de Dios no caben las matemáticas ni las estadísticas del sufrimiento; la gracia divina no mide el volumen del dolor, sino que se vuelca de manera absoluta en la realidad cualitativa y única de cada ser humano.

Hacia una Iglesia que abrace sin medir

Cuando una Iglesia se vuelve demasiado institucional o excesivamente enredada en sus propios debates teológicos y de poder, corre el riesgo de volverse sorda a los dolores que no encajan en su agenda. Necesitamos recuperar con urgencia la mística de la cercanía, la pastoral del consuelo y de las lágrimas.

Esto exige transitar de una pastoral de eventos a una pastoral del acompañamiento auténtico, que se juega en dos dimensiones inseparables: la personal y la comunitaria.

En lo personal, el acompañamiento no es asesoría psicológica ni dirección rígida; es el arte de caminar al ritmo del otro, descalzándose ante la tierra sagrada de su sufrimiento, sin recetas prefabricadas ni respuestas hechas. Es saber sostener la mirada y el silencio cuando la herida supura. Pero este esfuerzo individual se vuelve estéril si no cuenta con un respaldo comunitario. La parroquia, el grupo o la comunidad no pueden ser meros clubes de perfectos o centros de gestión de sacramentos, sino una red de seguridad. El sufrimiento se vuelve destructivo cuando se vive en aislamiento; por eso, la comunidad cristiana está llamada a ser el espacio donde ningún dolor sea anónimo, un hogar donde el peso de la cruz se distribuye entre los hombros de todos.

Una comunidad verdaderamente cristiana no es la que decide qué cruz es más digna de ser cargada, sino la que, a imagen de Simón de Cirene, se agacha y comparte el peso de la que sea, simplemente porque un hermano o hermana se está quebrando bajo ella.

No hay dolores de primera ni de segunda, porque no hay seres humanos de primera ni de segunda. Ante el misterio del sufrimiento, la única respuesta evangélica no es el juicio ni la comparación, sino la presencia, el silencio respetuoso y el abrazo incondicional. Solo así podremos ser, en medio de un mundo fragmentado, ese hospital de campaña del que tanto nos hablaba el Papa Francisco, y que ahora tanto ha insistido León XIV: un lugar donde no se pide el historial clínico para empezar a curar las heridas.

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