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El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos

De la sumisión voluntaria a la fe adulta: por qué la verdadera fidelidad no pertenece a las instituciones ni a sus jerarquías, sino a la justicia, la libertad y la dignidad

La complicidad de los oprimidos. Cuando la obediencia traiciona la libertad

Existe una tentación tan antigua como la propia humanidad: la de ceder nuestra libertad para ahorrarnos la pesada carga que esta conlleva. Lo dejó escrito Simone de Beauvoir con una lucidez implacable: «El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos». Es una afirmación que escoce porque desplaza el foco del problema. Ya no se trata solo de señalar con el índice el pedestal donde se sientan los poderosos, sino de mirar hacia nuestras propias manos y preguntarnos por qué seguimos sosteniendo la estructura que nos doblega.

Tanto en la arena político-social como en el seno de las estructuras eclesiales, hemos perpetuado una dinámica perversa: la de sacralizar la autoridad hasta convertirla en un fin en sí misma. Olvidamos con pasmosa facilidad que el poder no es un atributo inherentemente reservado a las élites; el poder es una suma de cuotas de libertad que les cedemos voluntariamente los ciudadanos, los trabajadores, los fieles. Sin nuestra aquiescencia, sin nuestro consentimiento o aplauso acrítico y sin nuestro silencio acomodaticio, cualquier arquitectura de dominación se desploma por su propio peso.

A nivel político y social, nos hemos acostumbrado a asumir el papel de meros espectadores pasivos ante decisiones que estrangulan nuestras vidas. Cedemos nuestra capacidad de juicio a cambio de una falsa sensación de seguridad o por el simple confort de pertenecer al bando que domina. En el ámbito eclesial, el drama no es menor, sino quizás más doloroso para la conciencia. Durante siglos, el clericalismo ha pervertido la vocación original de servicio para transformarla en un ejercicio de vasallaje. Se ha confundido tramposamente la fidelidad al Evangelio con la obediencia ciega a la jerarquía, sacrificando el discernimiento personal en el altar de la disciplina institucional.

Es urgente recordar una verdad elemental que dinamita cualquier deriva autoritaria: la fidelidad del creyente es hacia Dios y su proyecto de reino, justicia y fraternidad, jamás hacia las personas ni hacia las instituciones que dicen representarlo.

Cualquier autoridad —sea el gobernante en su despacho o el jerarca en su cátedra— cuyo ejercicio deja de ser un servicio humilde para convertirse en una maquinaria de autopreservación, pierde de inmediato su legitimidad moral. Cuando un ministerio, un servicio pastoral o un mandato político degenera en privilegio, dogmatismo y control, seguir rindiendo pleitesía no es signo de virtud ni de piedad; es cobardía y complicidad.

El verdadero motor de transformación nunca ha habitado en las cúpulas, sino en la base. Reposa en los trabajadores que reconocen el valor de su dignidad frente al abuso; en la ciudadanía que exige cuentas y no se deja seducir por consignas; y en los fieles adultos que, lejos de una fe infantilizada o sumisa, asumen su condición de pueblo de Dios, con voz propia, conciencia crítica y capacidad para denunciar aquello que denigra al ser humano.

Ya Immanuel Kant, en su célebre opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, explicaba con asombrosa precisión por qué resulta tan difícil sacudirse esta servidumbre. Advertía el filósofo que la pereza y la cobardía son las causas por las que tantas personas permanecen a gusto en una perpetua «minoría de edad». Y por eso mismo —añadía— se les hace tan fácil a algunos erigirse en sus tutores. Unos tutores que primero atontan a su rebaño para asegurarse de que no dé un solo paso fuera del redil, y luego le recuerdan el peligro que le aguardaría si intentara caminar solo.

Liberarnos de la complicidad exige, precisamente, el coraje de dar ese paso fuera del redil y atrevernos a pensar. Exige asumir que la obediencia a la injusticia no nos hace leales, sino siervos. Si el opresor parece fuerte, es únicamente porque nosotros nos empeñamos en permanecer de rodillas. Recuperar la dignidad, tanto en la plaza pública como en la vivencia creyente, pasa por emanciparnos de esos tutores que han convertido el servicio en dominio. Las instituciones existen para las personas, no las personas para las instituciones; y la libertad no es una concesión benévola de las autoridades, sino un don sagrado que jamás debimos haber entregado.

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