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La prisa por existir: Por qué coleccionamos momentos en vez de vivirlos

La vida real ocurre en los intermedios: Aprender a vivir el presente

el gran Boom
el gran Boom

Vivimos a una velocidad que marea. Paradójicamente, cuanto más rápido pasa el tiempo, más nos obsesionamos con ralentizarlo a la fuerza, dejando "huellas" de que estuvimos aquí. Nos hemos convertido en coleccionistas de hitos, cazadores de lo extraordinario, fotógrafos de una vida que, a menudo, nos perdemos por estar ocupados encuadrándola. Tenemos una prisa loca por devorar etapas. Pareciera que la vida moderna es una lista de tareas invisibles pero implacables: el viaje idílico, el festival del año, el anuncio del compromiso, el embarazo perfecto, el fenómeno del Baby Boom. Todo tiene que ser un acontecimiento, una gran revelación con confeti y aplausos en diferido. Pero, ¿para quién estamos viviendo este gran espectáculo?

El filósofo Byung-Chul Han ha descrito bien este fenómeno: hemos convertido incluso el ocio en rendimiento. Ya no descansamos, producimos descanso. Ya no disfrutamos, generamos experiencias. La vida se convierte en una especie de proyecto que hay que optimizar. Y en ese proceso, lo cotidiano pierde valor. De ahí que lo ordinario —una conversación sin prisas, un paseo sin destino, un silencio compartido— nos resulte casi insuficiente. Necesitamos más. Más intensidad, más novedad, más impacto. Pero ese “más” rara vez nos satisface. Al contrario, nos vuelve más dispersos.

La trampa del modo Captura

Piensa en el último concierto al que fuiste, o en ese atardecer frente al mar el verano pasado. ¿Cuántas pantallas se interponían entre los ojos de la gente y la realidad? Necesitamos hacer muchas fotos, registrar cada evento extraordinario, registrar que estamos siendo felices. Es casi un acto de fe neurótico: “Si no hay foto, no pasó; si no lo comparto, no lo disfruté”.

El gran autoengaño consiste en que creemos que estamos guardando recuerdos para el futuro, pero en realidad estamos hipotecando el único momento donde la vida realmente ocurre: el presente. Al obsesionarnos con dejar constancia de que nuestra vida es plena, dinámica y llena de hitos, nos convertimos en espectadores de nuestra propia existencia. Miramos el mundo a través de un cristal de cinco pulgadas, editando la luz, buscando el ángulo, mientras el olor del café se enfría y la risa de la persona que tenemos enfrente se desvanece en el ruido y distracción de fondo.

En ese sentido, cobra especial fuerza aquella frase atribuida a John Lennon: “La vida es eso que pasa mientras hacemos otros planes”. Porque quizá ese sea el drama de nuestro tiempo: estamos tan ocupados en proyectar, registrar y demostrar, que se nos escapa precisamente aquello que queríamos salvar.

El Boom de las etapas aceleradas

Esta prisa se traslada también a nuestras decisiones vitales. Los procesos naturales y lentos de la vida —madurar, aburrirse, conocer a alguien, transitar el silencio— se han vuelto insoportables. También las decisiones importantes quedan atrapadas en esta lógica de urgencia. Relaciones que deben consolidarse rápido, proyectos vitales que no pueden esperar, incluso la experiencia de la maternidad o la paternidad vivida, en ocasiones, como una meta que hay que alcanzar antes de que sea tarde. Todo parece sometido a la presión del tiempo.

Queremos el boom de la boda, pero a veces nos asusta el matrimonio cotidiano. Queremos la foto del bebé con ropa combinada perfecta, pero nos cuesta sostener el agotamiento del llanto a las tres de la mañana sin pensar en cuándo pasará esa etapa. Y el éxito profesional inmediato, saltándonos el hermoso (y frustrante) proceso de aprender equivocándonos. Buscamos hitos porque los hitos son tangibles, se pueden mostrar, se pueden medir en interacciones. El presente, en cambio, es sutil, a veces aburrido, a veces incómodo. Y hoy en día, el aburrimiento o la normalidad se sienten como un fracaso.

Una mirada desde la atención y la espiritualidad

Y, sin embargo, la tradición espiritual —también la cristiana— apunta en otra dirección. Nos recuerda algo tan sencillo como exigente: la vida ocurre en el presente. No en la acumulación de momentos, sino en la profundidad con que habitamos cada uno de ellos.

Simone Weil lo expresó con claridad: la atención es la forma más pura de generosidad. Tal vez también sea la forma más auténtica de vivir. Porque atender de verdad implica detenerse, renunciar a la prisa, aceptar que no todo tiene que ser extraordinario para ser valioso. En el Evangelio, Jesús no invita a acumular experiencias, sino a mirar, a escuchar, a estar. Sus gestos son sencillos, sus encuentros aparentemente ordinarios. Y, sin embargo, en esa sencillez acontece lo esencial.

Aprender a caminar más despacio: El arte de no dejar huella

¿Qué pasaría si por un día decidiéramos no dejar constancia de nada? Si hiciéramos un viaje maravilloso y nadie se enterase. Si disfrutáramos de la sonrisa de nuestro hijo sin sacarle el teléfono de inmediato. Aprender a vivir el momento presente no es una frase escrita en los azucarillos del bar de la esquina; es un acto de rebeldía pura y dura. Significa entender que la vida ocurre en los intermedios, no en los grandes eventos, sino en los martes por la tarde, en el silencio compartido, en el camino hacia el trabajo.

Quizá ahí esté la clave. No se trata de renunciar a viajar, a celebrar o a fotografiar. Se trata de preguntarnos qué buscamos realmente en todo ello. ¿Queremos vivir o queremos construir la apariencia de una vida plena? ¿Buscamos profundidad o acumulación? Porque al final, la vida no se mide por la cantidad de momentos que reunimos, sino por la capacidad de dejarnos afectar por ellos. Tal vez no necesitamos más experiencias, sino más presencia. Tal vez no se trata de dejar huella, sino de dejarnos tocar.

La memoria real no es digital, puesto que los recuerdos que de verdad te sostienen cuando todo va mal no tienen filtros; son texturas, olores y miradas que guardaste en el pecho, no en la nube. La verdad es que no necesitas demostrar a nadie que existes: tu existencia ya es válida, hermosa y caótica sin necesidad de que sea un festival de momentos extraordinarios continuos. Vivamos más despacio. No para dejar una huella imborrable en el mundo o en las redes de los demás, sino para que el mundo deje una huella real en nosotros. Y quizá entonces, sin tanto esfuerzo por demostrar que vivimos, empecemos —por fin— a vivir de verdad.

Al final del camino, la mejor vida no será la que tenga el álbum de fotos más vistoso, sino aquella que hayamos estado lo suficientemente despiertos como para enterarnos de que la estábamos viviendo.

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