«Querido profe, me invaden las tinieblas»: Aprender a mirar la muerte para atrevernos a vivir

Una tarde de lectura propiciada por la amistad se convierte en un viaje hacia nuestras preguntas más hondas y la valentía de habitar el presente

Querido profe, me invaden las tinieblas
Querido profe, me invaden las tinieblas

A veces, la vida te empuja a leer lo que necesitas, justo cuando crees que no tienes tiempo para nada. Eso me ha pasado esta semana. Mi buen amigo José llevaba días recomendándome con entusiasmo un libro: Querido profe, me invaden las tinieblas, de Enrique Bonete. Yo, atrapado en el torbellino de mis ocupaciones diarias y liado con otras cuestiones, lo iba postergando. Pero cuando otro gran amigo, Julio, insistió con el mismo ahínco, no pude sino rendirme. Pasé el archivo EPUB a PDF, me senté y me dispuse a leerlo de un tirón en la tarde de ayer.

Lo que iba a ser un vistazo rápido se convirtió en un viaje sin escalas. Hubo momentos en los que quise dejarlo, respirar y posponerlo, pero me fue enganchando irremediablemente el doloroso y bellísimo intercambio epistolar entre Nuria —esa antigua alumna de treinta y tres años confrontada de golpe a un cáncer agresivo— y su profesor. No es mi intención destripar el argumento ni hacer un spoiler innecesario que os arruine la experiencia, pero os aseguro que el libro te atrapa. Y no lo hace con fuegos artificiales ni con un lenguaje enrevesado, sino con todo lo contrario: con una sencillez desarmante que, al mismo tiempo, guarda una profundidad abismal.

El "ser-para-la-muerte" y el consuelo de los sabios

Es en los primeros compases de la correspondencia cuando Nuria abre su alma y nos regala esa confesión que muerde el corazón y que justifica todo el libro: el peso de una juventud truncada y ese sentimiento de no haber sabido vivir del todo, de no haber reparado en la belleza de la existencia hasta que el abismo se abre bajo los pies. Al leerla, no podía dejar de pensar en esa idea tan rotunda de Martin Heidegger: el ser humano es, esencialmente, un «ser-para-la-muerte» (Sein-zum-Tode). El filósofo alemán nos recordaba que desde el mismo instante en que nacemos somos ya lo suficientemente viejos como para morir. La enfermedad coloca a Nuria de golpe en esa verdad radical; la saca de la distracción cotidiana y la arroja a la angustia de las tinieblas. ¿Es posible vivir verdaderamente sin ninguna atadura?

Y es que Enrique Bonete acierta de lleno al rescatar esa gran verdad que unió a Séneca con Montaigne: que filosofar es, en esencia, aprender a morir. El sabio cordobés y el pensador francés nos enseñaron que prepararse para el final no es restarle valor a la existencia, sino todo lo contrario; es la única manera de perder el miedo y tomar las riendas de nuestra propia vida antes de que sea tarde.

Pero lo hermoso del libro de Enrique Bonete es que no se queda en el frío existencialismo de la nada. Ante el miedo de la alumna, el profesor acude al rescate bajando a los gigantes de la historia a la altura del corazón. Bonete entrelaza hilos de luz con autores que se complementan de forma magistral. Frente a la huida hacia el futuro que carcome el alma, rescata el estoicismo de Séneca y el realismo de Schopenhauer, recordándonos que la única vida real, segura y que nadie nos puede arrebatar es el hoy y el ahora. Frente al miedo cerval a dejar de ser, la obra nos invita a mirarnos en el "duro bregar" de Unamuno, cuya eterna batalla por la inmortalidad y la esperanza de que la muerte no tenga la última palabra late con fuerza en el trasfondo de estos diálogos.

No hay más pretensiones en estas líneas mías. Quienes me leen en Religión Digital saben que a veces comparto quejas o lamentos sobre la realidad que nos rodea. Por eso mismo, hoy toca cambiar el tercio y practicar la pura gratuidad de la gratitud. Cuando cae en tus manos un libro tan necesario, lo honesto es compartirlo.

Mirar la muerte para ensalzar la vida

Reflexionar sobre la muerte no es un ejercicio morboso ni deprimente; al contrario, es aprender a resaltar con fuerza la vida que tenemos por delante. La muerte es, sencillamente, la otra cara de la existencia. Como decía mi padre, que en paz descanse, con esa sabiduría popular tan aplastante: «Lo único que hace falta para morir es estar vivo». Una obviedad, claro que sí, pero una obviedad que olvidamos en el día a día.

No se trata solo de este dato biológico que todos conocemos. Se trata de desarrollar la capacidad de asumir que un día nos iremos, mientras que otros continuarán viviendo, naciendo y muriendo en un ciclo de vida-muerte que se nos escapa por completo a nivel racional. Aceptar este río continuo nos humaniza, nos baja de nuestros altares de soberbia y nos invita a exprimir el presente con una urgencia bendita. Pensar en el final purifica nuestras prioridades y nos enseña a amar mejor.

En este sentido, hay una verdad existencial aplastante que el libro nos recuerda implícitamente: nadie puede morir por nosotros. Nuestra propia muerte es inminente e intransferible; el acto de morir es el más rigurosamente nuestro y solitario que experimentaremos. Es verdad que uno puede dar la vida por alguien, puede ponerse físicamente en su lugar en un gesto de amor supremo, tal como hizo el padre Maximiliano Kolbe en el búnker del hambre de Auschwitz en la Segunda Guerra Mundial, ofreciéndose para salvar a un padre de familia. Se puede sustituir a otro en el sacrificio, pero el trago definitivo del propio morir, el paso de la consciencia al misterio, sigue siendo un abismo estrictamente individual. Nadie puede cruzar ese puente en nuestro nombre.

Es exactamente la misma intuición que dejó grabada Steve Jobs en su célebre discurso de graduación en la Universidad de Stanford. Él, que también miraba de frente a la enfermedad, afirmó de forma genial que «la muerte es, muy probablemente, el mejor invento de la vida». ¿Por qué? Porque actúa como un agente de cambio que hace caer todo lo accesorio. Jobs recordaba que ante la certeza de la muerte, el orgullo, el miedo al fracaso, las expectativas de los demás y las imágenes externas que tanto nos obsesionan se desvanecen por completo, dejando al desnudo solo lo que es verdaderamente importante. Recordar que vamos a morir es la mejor herramienta para no caer en la trampa de pensar que tenemos algo que perder. El miedo se disipa cuando asumimos que ya estamos desnudos ante nuestra propia verdad.

El plus de la fe y el misterio que envuelve el final

Sin embargo, como creyentes, contamos con un "plus" que lo cambia todo: la fe en Jesús de Nazaret y la esperanza en la Resurrección. Es verdad que no sabemos bien cómo será. Cuando intentamos racionalizarlo demasiado, confieso que a veces nos perturba; después de todo, la idea de volver a vivir resulta en cierto modo contranatural a lo que nuestros ojos humanos observan cada día en los cementerios.

Pero la fe opera en otra dimensión. Mis padres, mi abuela, mi hermano Manolo... sé que siguen estando conmigo. Están de otra forma, de otro modo que no puedo tocar pero que percibo con nitidez. ¿Puede ser algo meramente psicológico? No lo niego, podría serlo. Cada vez estoy más seguro de que sé menos cosas con certeza absoluta; el sentido común a veces nos encierra en lo tangible. Pero es precisamente al estar abiertos a la novedad, a la trascendencia, al Otro con mayúscula y a los otros, cuando nuestras experiencias se reconducen hacia un saber mucho más elevado.

Y esto entronca directamente con el desenlace del libro. Sin desvelar cómo se resuelve dramáticamente esta historia, la obra nos aboca en sus últimas páginas a un horizonte de absoluto misterio que dialoga cara a cara con esa revelación inicial de Nuria de no haber sabido vivir. El final nos plantea la gran encrucijada: si la existencia es un círculo cerrado que se agota en sí mismo o si, por el contrario, la última página de nuestra vida es en realidad el prólogo de algo mucho más grande. Es ahí, donde la palabra escrita se detiene y la filosofía llega a su límite, donde la esperanza cristiana se levanta para intuir que tras las tinieblas nos aguarda el abrazo definitivo.

Un tándem perfecto para Bachillerato

Tanto me ha tocado por dentro que, mientras devoraba las páginas, no dejaba de darle vueltas a una aplicación práctica: qué herramienta tan formidable sería este texto para los jóvenes. Estoy pensando seriamente en incluirlo como lectura para los alumnos de Bachillerato.

Creo que haría una pareja pedagógica y espiritual perfecta con la Biografía del silencio de Pablo d'Ors, otro "gran pequeño gran libro". Si la obra de d'Ors los enseña a pararse, a mirar hacia dentro y a habitar el presente desde la quietud del cuerpo, la de Enrique Bonete les ofrecería el armazón intelectual y humano para perderle el miedo a las grandes preguntas y a las zonas oscuras de la existencia. En una edad donde todo es ruido, velocidad y pantallas, ofrecerles a Bonete y a d'Ors es abrirles una ventana de madurez hacia la verdad de la vida.

Las claves para llevarse en la mochila del alma

Si a Enrique Bonete se le obligara a condensar en un par de párrafos las claves definitivas que Nuria —y cualquiera de nosotros— debe entender en sus días de vida, el mensaje sería meridianamente claro: vivir no consiste en acumular mañanas, sino en ensanchar el hoy. Que todos vamos a morir es una realidad evidente, inevitable e insoslayable; el desenlace final es exactamente el mismo para cada ser humano. Sin embargo, pertenece a cada uno, y a nadie más, la libertad de elegir cómo afrontar la muerte y, por lo mismo, cómo vivir la vida. Vivir es aprender a ser despojándose de las ataduras superficiales, aceptando que la finitud es el marco que le da valor al cuadro. No somos inmortales en la tierra, y morir no es un fracaso del sistema, sino el desenlace natural de nuestra condición de caminantes. Lo único que nos llevamos al cruzar el umbral es la hondura con la que hayamos amado y la paz con la que hayamos habitado nuestra propia verdad.

Ojalá no tengamos que esperar a que nos golpee una enfermedad grave para ser conscientes de todo ello. Pasamos la vida añorando una felicidad infantil y anestesiada, aquella que sentíamos de niños cuando todavía éramos inconscientes de lo dura, áspera y terrible que puede llegar a ser la realidad. Pero la madurez consiste precisamente en eso: en conquistar una alegría que no ignore el dolor, sino que lo atraviese; una felicidad madura que sabe que el sol sigue estando ahí detrás, aunque arrecie la tormenta.

Termino dando las gracias. A José y a Julio por ser esos amigos tan insistentes —exactamente igual que cuando yo me pongo pesado con ellos recomendándoles algún escrito o vídeo que verdaderamente merece la pena—; a Enrique Bonete por escribir desde el alma; y a la vida por recordarme, en una tarde de ayer que parecía ordinaria, que las tinieblas solo se disipan cuando nos atrevemos a mirarlas de frente con una buena luz entre las manos. Si no lo han leído, no se lo pierdan; se lee fácil, aunque la digestión es lenta…

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