El secuestro de la compasión: la nueva ideología antisolidaria que coloniza las aulas
Cuando las redes adoctrinan y la libertad se convierte en el derecho a ignorar al otro
Algo está pasando... Llevo años frente a una pizarra —bueno, y ahora frente a un cañón y pantallas digitales que iluminan sus rostros cada mañana—, en ese espacio sagrado que intentan ser las clases de Filosofía, Ética o Religión, y he visto cómo el aire se iba espesando. Lo que antes era un terreno fértil para hablar del compromiso con el prójimo o de esas tutorías donde la vulnerabilidad tenía un lugar, se ha convertido hoy en un territorio extraño, casi hostil. No es la típica falta de atención adolescente; es algo mucho más profundo y orquestado. Siento, de unos años a esta parte, que se ha levantado un muro de sospecha entre el pupitre y la palabra "solidaridad". Es una señal inequívoca de que algo en nuestra estructura social se está quebrando, pues el aula no es más que un botón de muestra de la sociedad que está naciendo; un espejo que nos devuelve, con una crudeza aumentada, el rostro de un mundo que viene.
Hoy, hablar de igualdad de género o de derechos humanos en el aula es, para muchos de mis alumnos, como mentar al demonio. Me doy cuenta en sus gestos: ese bufido cuando llega el día de la violencia de género, esa sonrisa cínica cuando intentamos analizar por qué es necesario ayudar a quien se queda atrás. Es como si el lenguaje que antes nos servía para construir justicia hubiera sido secuestrado. Los nuevos amos del mundo digital —esos youtubers y referentes de una ultraderecha que vive en sus móviles— han colonizado sus mentes, robándole a la izquierda ideológica la bandera de la rebeldía. Ahora, ser "rebelde" ya no es luchar por los derechos de todos, sino abrazar una antisolidaridad militante y burlarse de lo que ellos llaman "lo/s progre/s".
Lo que observo en primera persona es el triunfo de un neoliberalismo sin freno que ha calado hasta los huesos. Es la libertad entendida al modo de los discursos de Ayuso en la Comunidad de Madrid: una libertad que no admite límites ni responsabilidades hacia la comunidad. Para estos jóvenes, la libertad ya no es la facultad de elegir el bien común, sino el derecho a que nada ni nadie "aprisione" sus deseos individuales. Han interiorizado que el "yo" está por encima del grupo, que si "yo puedo" es mérito mío y que, por tanto, cualquier ayuda social o defensa de los derechos humanos es un estorbo que intenta frenar su éxito personal.
Me estremece ver cómo la identidad se ha vuelto para ellos una especie de talismán, una banderita que se cuelgan no para unirse a otros, sino para marcar distancia frente al "enemigo". Ya no se definen por sus sueños de futuro, sino por sus rechazos de hoy. En las horas de clase o en los espacios de pastoral, nos encontramos con chavales que ven la compasión como una debilidad. Es una crisis de humanidad donde el otro ha dejado de ser un hermano para convertirse en un competidor o en un obstáculo para su propia libertad.
Si me detengo a pensar en la parábola del sembrador, me asalta una duda punzante: ¿en qué clase de tierra cae la palabra hoy? Siento que, a menudo, la semilla intenta germinar en un suelo que se ha vuelto pedregoso por el cinismo o que está asfixiado por los espinos de una ideología digital que todo lo devora.
Sin embargo, sería injusto decir que la batalla está perdida. A pesar de esta corriente generalizada, siguen saliendo chicos y chicas que se resisten a ese cinismo, jóvenes que aún se ilusionan por forjar un mundo más humano y amable. Siguen ahí, esperando un mensaje que les dé sentido, pero para llegar a ellos ya no sirven las fórmulas de siempre. Hoy tenemos que redoblar los esfuerzos para ser capaces de tocarles el corazón. No podemos dar por hecho, ni por sabido, lo que es el a b, c de cualquier democracia.
Cuando consigamos normalizar y habilitar lo que hoy se cuestiona con tanta naturalidad: el derecho, la justicia y la caridad, quizá y solo quizá podamos entonces hablarles de amar al enemigo y perdonar al que nos injuria... pero, tal y como está el patio, ese horizonte queda todavía muy lejos.