La sombra de los demonios y males contemporáneos
Una relectura del envío final de Jesús para sanar la parálisis, los venenos y el cansancio de nuestro tiempo
Existe una escena en el Evangelio de una carga dramática desgarradora y, a la vez, extrañamente luminosa: la mujer que habitaba la sinagoga atada por un espíritu de impotencia. Caminaba encorvada, incapaz por completo de levantar la vista al cielo o mirar de frente a quienes la rodeaban (Lc 13, 10-17). No era solo una dolencia en sus vértebras; era la escenificación transparente de una existencia aplastada, comprimida por el peso invisible del mundo.
Al final de su paso por la tierra, en ese umbral pascual del envío a los suyos antes de irse al Padre, el Maestro pronuncia un mandato que resuena hoy con la urgencia de una cirugía a corazón abierto: «Id por todo el mundo… en mi nombre expulsarán demonios, cogerán serpientes con sus manos y si beben algo mortífero, no les hará daño» (Mc 16, 15-18).
Durante siglos, hemos deslizado este encargo hacia los márgenes de lo ritual o el mero espectáculo milagrero. Sin embargo, en el lenguaje profundo del Evangelio, la misión no era un número de magia. Expulsar demonios y tomar serpientes no significa hacer exhibicionismo con reptiles venenosos ni invocar conjuros; es la vocación activa y valiente de desarticular toda fuerza opresora que degrada la dignidad humana. Es la tarea de entrar en las grietas de la vida cotidiana para liberar a las personas de aquello que las paraliza, las aísla y las priva del gozo fundamental de respirar en libertad.
Si nos detenemos un segundo en la realidad social de nuestros días, en los vagones del metro a primera hora o en la soledad de tantas habitaciones iluminadas solo por una pantalla, descubriremos que el paisaje humano está lleno de cuerpos y almas encorvadas. Los viejos males ya no se llaman Legión, pero sus efectos son idénticos.
Radiografía de los opresores invisibles
¿Cuáles son hoy esos demonios contemporáneos que colonizan nuestra mente y nos arrebatan la capacidad de erguir la cabeza?
- El demonio de la aceleración y la culpa por parar: Vivimos sometidos al yugo implacable de la productividad sin pausa. Este mal contemporáneo nos convence de que solo valemos por lo que rendimos, transformando el descanso en una falta de compromiso y el silencio en una amenaza. Mantiene al ser humano en un estado de alerta biológica continua, agotando las reservas del alma hasta dejarla seca.
- La sombra del aislamiento en la era de la conexión infinita: Nunca antes habíamos estado tan hipercomunicados y, al mismo tiempo, tan profundamente solos. La soledad no elegida y el desierto afectivo encorvan los cuellos sobre pantallas reflectantes, sustituyendo el abrazo y la mirada directa cara a cara por un desfile incesante de imágenes efímeras. Es el espíritu de orfandad comunitaria que fragmenta nuestras relaciones.
- El veneno del desencanto y el cinismo: La pérdida de sentido, el miedo al futuro y la sensación de inseguridad existencial actúan como una verdadera parálisis espiritual. Este mal genera una sociedad cansada que intenta anestesiar su vacío a través del consumo rápido. Cuando no hay una promesa o una esperanza hacia la cual caminar, la persona pierde su eje y se desploma sobre el suelo.
- La lógica del resentimiento y la polarización: Es el veneno que nos enseña a ver en el otro —en el que piensa distinto, en el extranjero o en el frágil— una amenaza en lugar de a un hermano. Un aire tóxico que corrompe la convivencia, endurece las entrañas y seca la compasión.
Tomar las serpientes sin dejar que envenenen el alma
El pasaje bíblico habla también de tomar serpientes y beber venenos sin sufrir daño. En la sabiduría de la Escritura, la serpiente y la ponzoña representan el engaño, la calumnia, el odio y la corrosión social.
Sostener la serpiente no es buscar el peligro; es la audacia de no huir de las realidades complejas de nuestro tiempo. Es aprender a convivir con los ambientes hostiles, con las críticas destructivas, con el ruido mediático y la agresividad del entorno sin dejar que nada de eso pudra nuestro interior. Significa que quien está profundamente enraizado en el amor y la verdad del Evangelio se vuelve inmunológicamente fuerte: puede atravesar la desconfianza del mundo sin volverse desconfiado, puede recibir odio sin devolver resentimiento.
La urgencia de erguir la vida
El mandato final de Jesús no es un repliegue defensivo hacia la comodidad del templo. Es una salida compasiva hacia donde la vida duele.
Expulsar los males de hoy no requiere fórmulas esotéricas, sino la fuerza de una presencia profundamente humanizadora. Requiere recuperar la pedagogía de la mirada de Jesús: detenerse ante quien camina encorvado, llamarlo por su nombre, sostener su fragilidad y ofrecerle una mano firme. Expulsar el demonio de la prisa es regalar tiempo sin pedir nada a cambio, devolviendo el valor sagrado a la escucha y a la gratuidad. Expulsar la soledad es abrir las puertas de nuestras casas y de nuestras comunidades para que nadie vuelva a sentirse invisible. Extirpar el veneno del odio es responder con la “terquedad bondadosa” del perdón, del cuidado real y de la búsqueda incansable de la justicia.
Liberar de las ataduras contemporáneas es la verdadera revolución del Evangelio. La misión de quien sigue hoy esos pasos es ponerse en medio de la calle, mirar al que ha perdido la fe en sí mismo y decirle con la vida entera: «Levántate, endereza la espalda, vuelve a respirar; el cielo sigue estando sobre tu cabeza».