Hazte socio/a
Última hora:
Muere Maricarmen

¿Son los jóvenes de hoy más débiles que los de antes? El enigma de la salud mental

Entre el avance en el diagnóstico, la trampa de la sobremedicación y la búsqueda de sentido ante un sufrimiento que roza a niños de apenas diez años

Día de la Salud Mental: ¿más frágiles o más solos?

Hoy es el Día Mundial de la Salud Mental, y me resulta imposible mirar a nuestros jóvenes sin que se me encoja el alma y me asalten preguntas profundamente incómodas. En medio de tantas conversaciones sobre la ansiedad, la tristeza o el aislamiento que irrumpen en los hogares y en las aulas, flota un interrogante que rara vez nos atrevemos a verbalizar en voz alta: ¿son los chicos y chicas de hoy más débiles, menos enteros o menos resistentes que los de otras épocas? Plantear esto no nace de la voluntad de juzgarlos ni de la nostalgia condescendiente de quien cree que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino del deseo honesto de comprender si ha bajado el umbral de tolerancia al dolor en una sociedad volcada en el confort o si, sencillamente, la intemperie en la que les toca crecer es hoy infinitamente más compleja e inhóspita.

Es indiscutible que hemos ganado en lucidez y sensibilidad. Hoy disponemos de mejores técnicas, herramientas e instrumentos para el manejo del malestar emocional; se escucha más, se detecta mejor y los jóvenes acuden a pedir ayuda con un reconocimiento de su vulnerabilidad que sus padres o abuelos jamás imaginaron. En las escuelas y colegios se están habilitando distintos enfoques para acompañar este bienestar. Pero las cifras de la Organización Mundial de la Salud no dejan margen para la complacencia al recordar que uno o dos de cada siete jóvenes sufren algún trastorno mental. Y quienes trabajan en los hospitales, en las unidades de urgencias o en los centros materno-infantiles lo confirman con alarma: cada día reciben a chicas y chicos más jóvenes, llegando a casos de autolesiones, episodios depresivos o trastornos de la conducta alimentaria en edades tan tempranas como los diez, once o doce años, algo que antes parecía un tema inverosímil o restringido a la madurez.

A la vez que mejoran las herramientas de detección, rozamos con frecuencia el peligro de la sobremedicación. Hay una tendencia apresurada a anestesiar los malestares cotidianos, convirtiendo el fracaso, la incertidumbre, el duelo o la frustración en anomalías clínicas que deben resolverse con una prescripción farmacéutica. Y al hacer esto, corremos el riesgo de olvidar para qué sirve pasar por el sufrimiento. Sin caer jamás en un masoquismo esterilizante —porque el dolor por sí solo no perfecciona a nadie y, si no se acompaña, rompe el alma—, conviene recordar que la herida bien integrada fortalece la personalidad. El dolor nos confronta con el límite, destruye nuestras omnipotencias infantiles y abre la puerta a una empatía auténtica hacia la fragilidad ajena. Si hurtamos a los jóvenes cualquier vivencia del límite o del fracaso, no los estamos protegiendo, sino dejándolos desarmados para cuando la vida se vuelva inevitablemente dura.

Esta vulnerabilidad no surge de la nada; se alimenta de dinámicas que enferman a la juventud. Por un lado, la tiranía de las redes sociales y el entorno digital les somete a una comparación constante y a una exposición que erosiona su autoestima. Por otro, la falta de una educación afectivo-sexual seria y madura los deja a merced de referentes distorsionados y pornografía precoz, transformando el afecto, el cuerpo y el deseo en una fuente constante de culpa y desconcierto emocional.

Cuando la penumbra se instala, conviene decirlo con rotundidad compasiva: una persona con depresión no tiene ninguna culpa de lo que le ocurre. La depresión no es falta de voluntad, pereza ni debilidad moral, sino una patología que apaga la capacidad de ver el futuro. Exigirle a quien la padece que ponga de su parte es tan cruel como pedirle a alguien con una pierna rota que eche a correr. Y la consecuencia más sangrante de este abismo es el aumento alarmante del suicidio entre los más jóvenes, donde la mente agotada percibe erróneamente el fin de la vida como la única salida para cesar un dolor insoportable.

Frente a esta realidad, las personas que queremos a estas víctimas del sufrimiento no podemos quedarnos en la contemplación impotente. Nos toca actuar desde una presencia libre de juicios, escuchando sin prisa por dar consejos automáticos, sosteniendo la esperanza por ellos cuando no puedan verla y atreviéndonos a hablar del suicidio con rigor y delicadeza, porque nombrar la herida no la contagia, sino que abre una ventana por la que puede colarse la ayuda. Y en el plano profesional, legal y social, resulta urgente garantizar una atención a la salud mental pública, gratuita y de calidad sin listas de espera inhumanas, regular con firmeza el impacto de las plataformas digitales sobre la infancia y hacer de nuestras escuelas y comunidades espacios de acogida donde la fragilidad humana no sea un estigma, sino un motivo para el abrazo y el cuidado mutuo.

También te puede interesar

Lo último

Entre turistas en un centro de rescate amazónico

La selva desde fuera