Spain…? ¿Dónde está España?
Trump quiere cortar con España (y no estábamos saliendo)
La escena, por desgraciada, no deja de ser un síntoma de los tiempos convulsos que nos toca habitar. En la cumbre de la OTAN en Ankara, con esa gesticulación tan suya que confunde la fuerza con la ordinariez, Donald Trump volvía a agitar el tablero internacional con un desaire directo: «¿Spain? ¿Dónde está España?». Un dardo dialéctico, fruto del enésimo calentón de quien entiende el mundo como una mesa de negociación mercantil y no como una casa común.
Pero esta vez el magnate no se ha quedado en la retórica. En una de sus habituales bravuconadas, ha ordenado formalmente a su secretario del Tesoro, Scott Bessent, cortar todo el comercio y las visitas con nuestro país tras calificar a Madrid de "socio terrible". ¿El motivo de la pataleta? El enfado mayúsculo de Washington ante la negativa del Gobierno de Pedro Sánchez a elevar el gasto militar al 5% del PIB para 2035, plantándose en un ya de por sí polémico 2,1%, y el resentimiento acumulado por no haber permitido que el ejército estadounidense usara las bases de Morón y Rota en sus ofensivas. El absurdo de la amenaza —como si España y Estados Unidos mantuvieran un noviazgo formal del que se pudiera romper de un portazo, ignorando que el comercio se teje entre entidades privadas y de forma centralizada en la Unión Europea— despierta la ironía colectiva. Trump quiere cortar con España, y lo gracioso es que ni siquiera estábamos saliendo.
Mientras la Moncloa reacciona con una calculada "tranquilidad y normalidad" y Bruselas cierra filas para recordar que no se puede singularizar a ningún Estado miembro, a quienes intentamos mirar la realidad con las gafas del Evangelio, con los ojos de una Iglesia que camina a pie de calle, la pregunta del magnate nos resuena de una manera completamente distinta. Nos obliga a detenernos y a responder con el corazón en la mano.
Una geografía que no se mide en millones de dólares
Mire usted, señor Trump. Si busca a España en los gráficos de barras de los presupuestos de defensa o en el aplauso sumiso a las lógicas de la guerra, es probable que le cueste encontrarla. Y, sinceramente, a muchos de nosotros nos alegra que así sea. La verdadera España, la que late en el pecho de sus gentes, no se localiza en los mapas del Pentágono.
Es verdad, y no conviene ocultarlo, que dentro de nuestras fronteras tenemos muchas cuestiones internas que resolver. España necesita mirarse al espejo, dialogar más, sanar polarizaciones políticas y sociales, y aterrizar de una vez compromisos urgentes en vivienda, empleo y cuidado de los márgenes. Tenemos demasiadas tareas pendientes en casa como para despistarnos. Pero, precisamente en política exterior, España ha optado por situarse en una posición que reivindica el multilateralismo, la prudencia diplomática y el rechazo a convertir la paz en un negocio de mercenarios. Incluso el propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, tuvo que salir en defensa del esfuerzo español reconociendo el gran paso dado al alcanzar el objetivo del 2%.
España está donde siempre ha estado el alma de este pueblo: en las trincheras de la solidaridad, en la calidez de la acogida y en la resistencia silenciosa de los más vulnerables. Para saber dónde está España no hace falta revisar los tratados de la OTAN. Basta con asomarse a tantas realidades cotidianas:
EN CÁRITAS Y EN LAS PARROQUIAS DE BARRIO, donde miles de voluntarios se parten la cara cada día para que a ninguna familia le falte el pan ni la dignidad, sin preguntar de dónde vienen ni qué lengua hablan.
EN LOS CENTROS DE ACOGIDA DE MIGRANTES, que, en lugar de levantar muros y concertinas de indiferencia, tienden puentes de humanidad para salvar vidas rotas por la geopolítica del descarte.
EN NUESTROS PUEBLOS Y CIUDADES, que, a pesar de las crisis y los ruidos mediáticos, siguen siendo espacios de vecindad, de plaza pública, de mesa compartida y de cuidado mutuo a nuestros mayores.
Cuando la discrepancia se convierte en descalificación
Lo preocupante no es solo el desacuerdo político. Entre aliados es legítimo discrepar sobre el nivel de gasto en defensa o sobre el uso de instalaciones militares. Lo inquietante es el tono elegido para expresar esa discrepancia. En Ankara, Donald Trump cruzó una línea al referirse a España como un «socio terrible» de la OTAN, acusarla de ser «particularmente hostil» y llegar a calificarla de «mala gente». Incluso afirmó que «España es una causa perdida» y, en un gesto tan improvisado como inédito, pidió públicamente a su secretario del Tesoro que «cortara todo el comercio con España» e incluso las visitas a nuestro país.
Es evidente que detrás de este estallido se encuentran dos decisiones del Gobierno español que Washington no ha digerido: la negativa de Pedro Sánchez a asumir el objetivo del 5 % del PIB en gasto militar, defendiendo un techo del 2,1 % para preservar el Estado del bienestar, y la decisión de no facilitar el uso de las bases de Morón y Rota para operaciones militares estadounidenses relacionadas con el conflicto con Irán. Son decisiones discutibles, como toda decisión política, pero ninguna de ellas justifica convertir la discrepancia entre aliados en una campaña de descalificaciones personales o amenazas comerciales.
La reacción de la Moncloa, apelando a la serenidad, y el inmediato respaldo de la Unión Europea —recordando que ningún presidente estadounidense puede romper unilateralmente las relaciones comerciales con un solo Estado miembro sin afectar al conjunto del mercado único— muestran que, más allá del ruido mediático, las instituciones siguen funcionando. Pero el episodio deja una pregunta incómoda: ¿qué tipo de liderazgo considera que la intimidación y el insulto son un lenguaje aceptable entre democracias?
El peligro de la deshumanización global
El verdadero peligro de discursos como el que hemos presenciado en Ankara no radica solo en el desprecio diplomático o en una amenaza económica estéril. Lo verdaderamente temerario es la mentalidad que subyace: una visión del planeta donde los países solo existen si sirven a los intereses del más fuerte, donde la paz se mide en base al número de ojivas nucleares y no al grado de justicia social. Es el triunfo de la deshumanización.
Trump se ha atrevido a vaticinar que España perderá mucho dinero y volverá corriendo a pedirle clemencia. Pero Trump mide la dignidad de una nación entera con el único rasero del bolsillo. Reducir la dignidad de un país a un balance comercial dice mucho de quien lo hace y muy poco del país al que pretende juzgar. Frente a la soberbia del calentón y el desdén, los cristianos, y los ciudadanos de bien, estamos llamados a reivindicar otra forma de presencia, aquella que se traduce en ser artesanos de la paz, como tantas veces nos recordó el papa Francisco. Su voz se apagó hace poco más de un año, pero su mensaje continúa vivo en la conciencia de quienes siguen creyendo que el Evangelio es, ante todo, una escuela de fraternidad.
Responder desde la dignidad
Por eso, ante su pregunta de «¿Dónde está España?», la respuesta no debería buscarse en grandes proclamas, sino en los gestos cotidianos de solidaridad, en el acompañamiento al que sufre y en el empeño por fortalecer la convivencia, tejiendo comunidad frente a quienes se empeñan en desgarrarla.
No nos busquen en el club de la fuerza ni en los ultimátums de despacho. Si todavía se preguntan «¿Dónde está España?», quizá la respuesta no se encuentre en un mapa militar, sino allí donde alguien tiende una mano, acoge al que llega y trabaja por la paz. Ese lugar no siempre aparece en los informes estratégicos, pero sigue siendo el mejor sitio donde un país puede ser encontrado.