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Crisis de Ceuta

Cuando la supervivencia y la ambición entran por la puerta del gobierno, las diferencias teológicas salen por la ventana (El pacto marroquí-israelí)

Más allá del dogma: El abrazo interesado entre Rabat y Tel Aviv

Marruecos-Israel
Marruecos-Israel

Este asunto me ha llamado la atención y he querido indagar un poco porque me parecía que no podía ser algo tan simple. Lo que verdaderamente chirría a primera vista —y lo que choca de lleno con cualquier esquema previo— es cómo dos Estados con identidades religiosas tan marcadas y confesiones teóricamente antagónicas pueden mostrar semejante sintonía y aprecio público en la escena internacional. Por un lado, un monarca alauí, Mohamed VI, que ostenta el título de Comandante de los Creyentes y preside el Comité para la defensa de Jerusalén; por el otro, el Estado judío, núcleo del histórico conflicto con el mundo árabe-musulmán.

Sin embargo, al rascar un poco bajo la superficie, se descubre que en la alta diplomacia las convicciones de fe suelen rendirse ante las frías exigencias del interés nacional y la pura estrategia de Estado.

Memoria compartida y diplomacia de los afectos

Para entender este fenómeno no basta con mirar a la política actual; hay que acudir a la historia. Marruecos ha albergado durante siglos a la comunidad judía más importante del mundo árabe. Tras la expulsión de 1492 en España, miles de judíos sefardíes encontraron refugio en las medinas de Fez, Marrakech o Mogador (Esauira).

Esa memoria de convivencia —que la propia Constitución marroquí de 2011 reconoce explícitamente como parte de su identidad plural— ha servido de relato integrador para suavizar un pacto puramente estratégico. Además, en Israel viven hoy cerca de un millón de ciudadanos de origen marroquí que mantienen vivos lazos culturales y gastronómicos con su tierra de origen, lo que ofrece una narrativa de reencuentro ideal para vestir de seda los acuerdos geopolíticos.

La grieta entre la calle marroquí y el Palacio Real

No obstante, esta diplomacia de los afectos se enfrenta a una grieta interna evidente. Mientras la Casa Real gestiona la política exterior con una visión puramente estatal, la sociedad civil marroquí mantiene un profundo arraigo con la causa palestina. Las constantes manifestaciones en las calles de Rabat o Casablanca ponen a prueba este relato, obligando al Palacio a desplegar una doble retórica: mantener una postura firme en favor de la solución de dos Estados en la escena pública árabe, mientras consolida a puerta cerrada los acuerdos de cooperación estratégica con Tel Aviv.

La moneda de cambio: El Sáhara Occidental

Detrás de la firma de los Acuerdos de Abraham, el verdadero motor no es teológico ni cultural, sino territorial. La prioridad absoluta del Palacio Real de Rabat desde hace casi medio siglo es el reconocimiento internacional de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.

Para Marruecos, la cuestión del Sáhara es un pilar de seguridad nacional, cohesión interna y legitimidad monárquica. Para lograr que las potencias validen sus tesis, Marruecos ha reorganizado sus alianzas globales, obteniendo de Israel tecnología de defensa avanzada (como los drones o sistemas de ciberseguridad), cooperación en inteligencia y un influyente canal de mediación ante el Congreso estadounidense.

El impacto en España: El factor Ceuta y Melilla

Este triángulo estratégico repercute de forma directa al otro lado del Estrecho. Para España, el fortalecimiento de su vecino del sur reconfigura el mapa de equilibrios en la región:

El giro de Madrid: La presión combinada y los nuevos apoyos internacionales de Rabat contribuyeron al cambio de posición del Gobierno español en 2022, respaldando el plan de autonomía marroquí para el Sáhara a fin de garantizar la estabilidad bilateral.

La mirada sobre Ceuta y Melilla: Los recientes episodios de tensión fronteriza en Ceuta son solo el reflejo más visible de una estrategia de fondo. La reivindicación sobre las dos ciudades autónomas españolas sigue latente en la agenda estratégica marroquí. Con la espalda cubierta por sus nuevos socios, Marruecos ejerce una presión sutil pero constante sobre las fronteras europeas mediante el control migratorio y las dinámicas comerciales.

Washington: La sombra del observador estratégico

En todo este tablero, Estados Unidos actúa como la gran potencia que supervisa el juego desde la distancia. Como si de buitres geopolíticos se tratara —esperando el momento oportuno para cobrar su pieza sobre los restos de viejos conflictos—, la diplomacia estadounidense en el Norte de África no se mueve por filantropía ni por principios religiosos, sino por puro cálculo estratégico.

Al vincular la carpeta del Sáhara a la normalización con Israel, Washington logró dos metas clave: 1. Reforzar la posición diplomática de Israel integrándolo en el entramado de seguridad norteafricano, y 2. Consolidar un bastión de influencia militar y comercial en una zona clave frente al Atlántico y el Mediterráneo, conteniendo de paso la penetración de otros actores globales en el Sahel.

Cuando el Estado es el verdadero dios [La religión al servicio de la estrategia]

Cuando el cálculo de supervivencia y la ambición de influencia entran por la puerta de los palacios de gobierno, las diferencias teológicas salen por la ventana. Marruecos e Israel han demostrado que la política exterior se rige por la utilidad y la oportunidad. La fe permanece en la mezquita y en la sinagoga; los mapas del poder se dibujan con la tinta del puro pragmatismo.

Tanto en la Torá como en el Corán se enseña que la justicia trasciende el interés de los poderosos; por eso resulta desolador comprobar cómo se apela a la fe no para buscar una paz sincera, sino para maquillar la pura ambición de Estado.

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